domingo, 4 de octubre de 2009

DECONSTRUYENDO A DYLAN


Imagina, por una vez en tu vida, cómo fueron realmente las cosas. Haz el esfuerzo de imaginarte, la memoria como un desordenado laberinto, los sentimientos y emociones como golpes incomprensibles de placer o desconcierto. Y el texto se rebela entonces como un maldito misterio. Tú mismo, o tu propio personaje, apenas si te recuerdas. Y el juego se muestra como un estúpido enigma. Y, bueno, nadie te invitó a la fiesta. Y luego estabas allí, rodeado de gente, acumulando experiencias; y todo daba vueltas y vueltas y vueltas. Y alguien te preguntó qué hacías dejando constancia de todo aquello: los signos, las marcas; acumulando la crónica extraña de un viaje de ida y vuelta. Quizás, un día, Todd Haynes, escuchó cantar a Bob Dylan: “Don’t ask me nothing about nothing, I just might tell you the Truth”: “No me preguntes nada de nada, podría llegar a decirte la verdad”. Y pensó que tenía ante sí una excelente historia: mostrar el lado oculto de esa historia, el otro rostro de una moneda que, curiosamente, lleva la misma inscripción en sus dos caras. En I’m not there (2007), Todd Haynes filma una extraordinaria visión de las aventuras y desventuras del músico y poeta norteamericano, a través de personajes y claves de su vida y de su obra que conforman una versión sorprendente y cautivadora donde, como en la vida misma, nada es lo que parece. Un niño negro, de nombre Woody Guthrie, huido de su hogar, que recorre el país en tren como un vagabundo, inventando, una y otra vez, su lugar de procedencia, cantando canciones de la depresión del 29’ y de los sindicatos de la época, y que sólo tiene en mente una ineludible certeza: triunfar en el mundo de la música. Un músico folk, que se convierte en emblema de su generación y de su época, y que se transforma en evangelista. Un poeta, Rimbaud, que declara ante la Justicia en el incomprensible idioma de los poetas. Un actor mujeriego siempre en la carretera. Un joven andrógino (Cate Blanchett) estrella del rock, que abandona el folk provocando un cataclismo (inolvidable la escena en la que un enfurecido Pete Seeger’s intenta, con la ayuda de un hacha, acabar con la diabólica electricidad en el Newport Folk Festival) y luchando constantemente consigo misma y con su entorno. Un fugitivo, ya viejo y cansado, milagrosamente vivo, que vuelve a escapar de nuevo... Y Bob Dylan, supongo que en todo ello, Bob Dylan. Pero, ¿quién es realmente Bob Dylan? En Herencias de Derrida, Cristina de Peretti, a propósito de la “deconstrucción” y del concepto de “espectro”, escribe: “El espectro, al igual que la ceniza, el resto o la ruina, queda, permanece, pero también puede desaparecer. El espectro no está ni vivo ni muerto o, mejor dicho, está vivo y muerto a la vez; su forma de existir (sin existir) no se deja, pues, asimilar con la existencia, como tampoco su forma de estar en un lugar sin ocuparlo se deja reducir a una simple dicotomía de presencia/ausencia; finalmente, su forma de ver sin ser visto, de acechar, entraña inevitablemente la posibilidad de que el espectro sea siempre otro radicalmente distinto, lo cual -además de resultar, si cabe, todavía más alarmante- contamina definitivamente la ya de por sí maltrecha identidad del espectro”. Seguramente Todd Haynes, cuando filmó I’m not there, no estaba pensando en la deconstrucción o en Derrida. Pero dio vida a un personaje tan imprevisible e inquietante que, como todo bajo el prisma de Derrida, ya estaba allí y, a la vez, estaba por llegar todavía. En un completo desajuste del tiempo, del presente, del acontecimiento. En una deconstrucción permanente. Docenas y docenas de la mejor poesía norteamericana de todos los tiempos hacen posible que todo sea posible, que todos los sentidos esperen su momento, y que sólo se nos muestre lo imposible. Curiosamente, hace unos días Dylan fue detenido por la policía de New Jersey después de que los vecinos denunciaran la “actitud sospechosa de un viejo con aspecto excéntrico y desaliñado”. La agente que lo detuvo no lo reconoció y se lo llevó en la patrulla policial. “Like a complete unknown”, como reza la letra de su tema “Like a rolling stone”. Bob Dylan fue detenido y debió pasar por una humillante situación en New Jersey, donde se encontraba tras dar un concierto con Jhon Mellencamp y Willie Nelson. Estar en un lugar sin ocuparlo no deja de tener cierto riesgo. Lo que nunca sabremos del todo es si la policía detuvo al verdadero Bob Dylan. O al misterio inefable de Dylan. O al espectro inquietante de Dylan.

domingo, 27 de septiembre de 2009

DEISCRIZIONE


Yo soy el texto, el lenguaje, el acontecimiento. Alguien escribió sobre mí los signos y luego trató de descifrarlos. Me otorgó la existencia y la categoría de inscripción, de interpretación, de mensaje. Y dejó mis ojos abiertos para que pudiera leer, y escribir, e interpretar el mundo. Y unirme a mí mismo, y a mi gesto, en un solo gesto. ¿Sabes, acaso, qué significa mi insistencia? Puedes leerlo con facilidad; está delante de ti, a escasos metros. ¿Sabes, acaso, qué significa mi prudencia? Un juego de lenguaje entre otros juegos. O, ahora que hablamos de Derrida: una palanca de intervención activa. Al deconstruir el acontecimiento no encontrarás más que materia para nuevas deconstrucciones. Tendrás que arañar mi piel, los signos, y debajo de esa piel, y de esos signos, aparecerán estratos, sedimentos, piel regenerada que guarda también su secreto, signos dibujados por la misma mano que dibujó los primeros signos. ¿Y el lenguaje? ¿Cuándo deja de ser simple horizonte de pensamiento? ¿Cuándo pierde su carácter constituyente para convertirse en objeto constituido? “La lengua viviente –escribe Rocco Ronchi, en La verdad en el espejo- en cuyo flujo estamos inmersos en una identificación pretemática, se convierte gracias a esta reflexión en objeto a disposición de una mirada desencarnada, extra-lingüística, es decir, se transforma en aquel ‘juego’ del que hablaba Wittgenstein para el que el filósofo, como un explorador en tierra extranjera, quiere fijar una lista de reglas. Para una adecuada comprensión de la frase-guía de Wittgenstein es esencial el inciso: ‘al menos nosotros los llamamos juegos’; la lengua se convierte en juego, ‘lenguaje’, a la luz de esta transformación”. ¿Y la verdad, y el valor de la verdad misma, qué papel asume en todo este asunto? “Interpretación –añade Ronchi-, una palabra en absoluto inofensiva desde el momento en que expresa, para el filósofo alemán (Nietzsche) la esencia misma de la vida en cuanto injustificada voluntad de poder. Interpretar es, en efecto, adueñarse mediante violencia de un sistema preexistente y, al ponerlo de relieve, imponerle una dirección, plegarlo a una voluntad nueva y hacerlo entrar en otro juego”. Signos, estratos, sedimentos: una palanca de intervención activa. Un juego de lenguaje entre otros juegos.

domingo, 13 de septiembre de 2009

APRENDIENDO DEL POP


A lo largo del viaje imaginario, elijo los espacios para una mitología del presente que me permite seguir imaginando. Me es completamente indiferente que mi ciudad exista o no exista, que yo esté pensando en un salto vertiginoso hacia adelante, que yo visite zonas que aún no he visitado, pero que me sé completamente de memoria, que puedo describir sin esfuerzo como la palma de mi mano. Sabiduría pop donde la filosofía permanece aparentemente al margen, pero donde su influencia se deja entrever en la necesidad acuciante de comprenderse a sí mismo. Nadie confía en sus fuerzas hasta que desafía el protocolo, la buena educación, las buenas formas. Y la dicotomía “hecho” y “valor” es aún un tema pendiente. De momento, “disolver” en lugar de “deconstruir”, claridad en lugar de laberinto, para entender el mundo. Masco chicle, y escucho a Nick Drake, y escupo maldiciendo cuando me miro, insolente, en el espejo. Y luego me peino orgulloso como los músicos que escriben los poemas que no figuran en los libros. Rastros de Carmín, que diría Greil Marcus. Una brecha generacional, cultural, a pesar de que no existe apenas diferencia de años. Y el descubrimiento de que Ralph Waldo Emerson sabía a la perfección que “las costumbres que están agotadas o que pueden estarlo, o los hechos que se estabilizan no pueden contener todo lo que es cierto de esta brava mansión donde está alojado el hombre, y en la cual todas sus facultades hallan ejercicio apropiado e infinito”. Denise Scott Brown, Aprendiendo del pop: “Las Vegas, Los Ángeles, Levittown, los marchosos solteros de Westheimer Strip, los complejos de campos de golf, los clubes náuticos, Co-op City, los decorados domésticos de las telenovelas, los anuncios de televisión y los de las revistas de gran tirada, las vallas publicitarias y la Ruta 66 son la fuente para un cambio en la sensibilidad arquitectónica. Las nuevas fuentes se buscan cuando las viejas formas se vuelven caducas y la salida no está clara. Si los arquitectos de estilo no producen lo que la gente quiere o necesita, ¿quién lo está haciendo y que podemos aprender de ellos?”. Si no golpeas con fuerza, encima de la mesa, nadie va a hacerte caso. Que tu sensibilidad por el ser humano no se pierda en disquisiciones estúpidas. Vivo dónde y cuándo quiero, a lo largo del viaje imaginario. Una mujer, de sensibilidad extrema, tiene la piel tatuada con el secreto infinito de todas las caricias. Una ciudad es un juego donde sólo los audaces sobreviven. Un hombre se asoma a la ventana, fuma en silencio, acaricia las alas de un insecto, y contempla la noche.

domingo, 6 de septiembre de 2009

ENCUENTROS


El juego de la tentativa me enfrenta a un vasto campo, a un horizonte de grietas, laberintos, interferencias, espacios interiores y exteriores, diálogos, lecturas y escrituras. “El mundo es un texto”, escribió Merleau-Ponty. Y en ese texto complejo, escurridizo, múltiple, unitario, paradójico, contradictorio, los seres humanos tienen su morada, los seres humanos habitan, hablan, leen, y escriben. El juego de la tentativa parte de premisas heredadas de zonas del texto que han dejado huellas indelebles, que han abierto brechas en la telaraña misma de la brecha, que viajan en el equipaje de las nuevas exploraciones, que forman parte de la propia autobiografía, es decir, de la propia filosofía. “Yo pienso con mi lapicera –escribió Wittgenstein-. Lo sé porque frecuentemente mi cabeza desconoce aquello que mi mano está escribiendo”. ¿Sistemas, pues, independientes? ¿Pluralidad de sentidos de la escritura vedados al habla al ser ésta prisionera de la temporalidad irreversible del sonido? ¿Experiencias no lineales, en busca de sentido? ¿Estructuras en abismo? Una única interpretación, denegada, por las “máquinas de leer” humanas. ¡Quién sabe! Pero el juego de la tentativa apunta en esta dirección y nos invita a seguir este camino. Nada nuevo, por otra parte; ninguna novedad que nos asombre. Encuentros. Borges y Derrida. O Derrida y Borges. Uno puede imaginar la conversación, quizás llevada a cabo en el aeropuerto de Ithaca, de retorno de una conferencia en la Universidad de Cornell, de vuelta a New York. O uno puede imaginar la conversación en el texto, es decir, en cualquier lugar del mundo. Imagino a Derrida venciendo su timidez y presentándose como un lector y admirador del argentino. Al parecer, Borges tenía la costumbre de declarar su ignorancia sobre la obra de sus interlocutores. Quizás Derrida le hizo la siguiente confesión a Borges: “Me gustaría escribir con unas formas o unas experiencias de la lengua, de la frase o de la puesta en el texto con las que sueño desde hace tiempo y que nunca he podido poner a prueba ya sea por desfallecimiento o impotencia personal, ya porque, al ceder demasiado a otras urgencias precisamente, he retrasado el momento de encerrarme con ese experimento de escritura. Pensar y escribir, hacer que, por medio del pensamiento y de la escritura, llegue algo que hasta ahora se ha anunciado quizás pero jamás se ha mostrado como tal”. Y tal vez Borges, después de escuchar atentamente, y recurriendo a su prodigiosa memoria, contestara a Derrida con unas líneas exactas de “El informe de Brodie”: “La palabra nrz, por ejemplo, sugiere la dispersión o las manchas; puede significar el cielo estrellado, un leopardo, una bandada de aves, la viruela, lo salpicado, el acto de desparramar o la fuga que sigue a la derrota. Hrl, en cambio, indica lo apretado o lo denso; puede significar la tribu, un tronco, una piedra, un montón de piedras, el hecho de apilarlas, el congreso de los cuatro hechiceros, la unión carnal y un bosque. Pronunciada de otra manera o con otros visajes, cada palabra puede tener un sentido contrario. No nos maravillemos en exceso; en nuestra lengua, el verbo to cleave vale por hendir y adherir. Por supuesto, no hay oraciones, ni siquiera frases truncas”. El juego de la tentativa también permite imaginar encuentros, diálogos, alterar la metáfora de la propia historia, alterar la historia de la propia metáfora. La versión del maestro se superpone a la del alumno dejando entrever un olvido que regresa con la fuerza de un tornado. Aún puedo recordar la biblioteca y extraviarme, de nuevo, en el viejo jardín de los senderos que se bifurcan. En el fondo, y dejando de lado el ejemplo, todo es posible en el mundo, es decir, en el texto.

domingo, 30 de agosto de 2009

LO FANTÁSTICO EN FILOSOFÍA


Apunte. Tan breve y enigmático como una breve y enigmática tarde de domingo. It’s a Wonderful Life, de Frank Capra. Un Cohiba Siglo II. Un sencillo cambio de planes. Anochece, ya en casa, después de tanto viaje, y ahora viaja la mente. La seguridad extraordinaria de que un nuevo curso empieza. Admiración, expresión y sentimiento. Y la sensación, seductora, de que es mucho más lo desconocido que lo que ya conoces. La decisión es tuya (no puede ser de otra manera) y tú eliges: una tradición, un continente, una literatura y una filosofía. Y como estos cuatro elementos, irrenunciables, tendrán que enfrentarse a tradiciones, continentes, literaturas y filosofías, la lógica aparición de las fuentes en el imaginario Cuaderno de Apuntes. “¿Qué podría presagiar –se pregunta Stanley Cavell- sobre la literatura de una cultura el que sus obras fundacionales sean obras de lo fantástico?”. La cuestión de si vemos la humanidad de los otros bajo la sombra de ideas tales como las de viaje imaginario, especialmente en busca del yo; e ideas tales como las de encontrarse en algún límite o umbral, como entre lo imposible y lo posible; e ideas de la confrontación de la otredad; y de algún tipo de reacción adversa a la sensibilidad científica moderna. “¡Qué de seres más diferentes –escribe Thoreau en Walden- y distantes entre sí contemplan lo mismo, en el mismo momento, desde las numerosas mansiones del Universo!... ¿Quién se atrevería a decir qué perspectiva ofrece la vida a otro? ¿Podría ocurrir milagro mayor que el de que nos fuera dado ver con los ojos de otro por un instante?”. Y, anticipándome, y a propósito de lectura y escritura (y esta vez Cavell): “Pero el milagro de ver cada uno de nosotros con los ojos del otro constituye también una descripción thoreauniana de lo que el autor de Walden entiende por escritura: anticiparse a los ojos de su lector, y ofrecerle a éste los suyos. De modo que el hecho de escribir, de la posibilidad del lenguaje como tal, es el milagro, lo fantástico. En consecuencia, el peso de la prueba de que los otros existen cae sobre la escritura y la lectura (cualquier cosa que éstas puedan ser) o, digamos, sobre lo literario, sobre el hecho de su existencia entre nosotros, constituyéndonos –es decir, mientras dure lo genuinamente literario, la conversación, el intercambio, de palabras genuinas”. Y el sol no es más que una estrella de la mañana (hay lugar para la esperanza, para la “buena vida”). Mientras tanto, poco a poco, casi sin esfuerzo, Wittgenstein y su amigo W. Eccles, hacen volar su cometa sobre el cielo plomizo de Glossop.

viernes, 21 de agosto de 2009

UNDERGROUND


Hay ciudades que, aunque pudiera parecer lo contrario, ya no existen. Uno las visita a destiempo, a contratiempo, y puede comprobar que ya no están allí los motivos que justificaban el viaje, que los tiempos, irremediablemente, han cambiado, que ciertas palabras conservan el sonido mítico que las hizo tan atractivas en el pasado, pero que nada parece estar ya en su sitio, en el sitio imaginado, y aunque todo se llama por su nombre ya nada parece como antes. Si hubo un antes, y una ciudad que ocupaba el espacio de ese antes, es asunto de dudosa certidumbre. Pero uno ha llegado hasta aquí respondiendo a una llamada (¿London Calling?) y ahora se ve en la obligación de observar las gentes, las cosas, los objetos, intentando encontrar una respuesta a una pregunta que aún se resiste, intentando encontrar explicaciones entre voces distintas que se dirigen a ti en un idioma que tú desconoces. En el lenguaje, piensas, quizás aún en el lenguaje... “Nuestro lenguaje –escribió Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas- puede verse como una vieja ciudad: una maraña de callejas y plazas, de viejas y nuevas casas, y de casas con anexos de diversos períodos; y esto rodeado de un conjunto de barrios nuevos con calles rectas y regulares y con casas uniformes”. Pero el lenguaje te lleva hasta lugares donde también se confunden los signos, las señales, donde tampoco es posible resolver el enigma sencillo de esta historia. Y ya sólo te queda el consuelo de cantar, casi en silencio, la canción de las sombras que se asoman, de las marcas que te indican en las calles direcciones imposibles o insalvables, que te invitan a perderse en laberintos, en cenizas de recuerdos que se muestran en mensajes y edificios familiares, en galaxias que se enfrentan a tu paso y te hacen comprender reglas y juego: Abbey Road; Carnaby Street; Brixton. Y tú recorres estos nombres ayudado con una guía, con un mapa, porque la ciudad inexistente se ha convertido ahora en museo, y tu guía no es más que otro catálogo infame, el catálogo obligado de espectáculos, eventos, y exposiciones. Y como otros asistentes a la fiesta buscas hueco entre los escalones de la fuente de Eros, en Piccadilly, y miras los anuncios de neón hasta quedarte ciego. Y luego te encaminas hacia Camden Market, más al norte, y descubres la pirámide invisible que lo protege todo, la gran pirámide invisible protectora de todos los museos, el gran lugar sagrado donde descansan los objetos muertos. Porque hay ciudades que, aunque pudiera parecer lo contrario, ya no existen. Y la prueba más evidente es que, en lugar de vivir estas ciudades, uno las recorre con un mapa; que, en lugar de vivir estas ciudades, uno escribe sobre ellas; que en lugar de vivir estas ciudades, uno está aquí tan sólo para encontrar el muro, un muro que quizás esté aquí, en esta ciudad extraña, o en otra ciudad cualquiera. Hay ciudades que, aunque pudiera parecer lo contrario, ya no existen. Dejaron de existir hace tiempo, mucho tiempo; ya nadie las recuerda. Y dejaron de existir para siempre. Y una parte de ti con ellas.



Lancaster Court Hotel
202/204 Sussex Gardens
Hyde Park London W2 3UA
16-09-2009

domingo, 9 de agosto de 2009

EL PRELUDIO


Viajando. Nadie se ha dejado nada en el camino. Ni el tiempo pasado en Asbury Park, New Jersey, jugando con las atracciones de feria, ni el viaje de ida y vuelta, escrito en el viento, han servido para olvidar o para cortar, de algún modo, el límite o frontera de este viaje. Uno, como todas las mañanas, se levanta de la cama y, sin poder evitarlo, ya está pensando. Y ya está haciendo de nuevo filosofía, a su manera, con las herramientas del tiempo, con los objetos de la vida, con la mirada perdida en el horizonte o en un punto fijo, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía de nuevo en marcha. Quizás entre las Estaciones de Paddington y de Lancaster Gate, en Londres, porque el próximo destino es Londres. Quizás entre las Estaciones de Paddington y de Lancaster Gate, una mañana cualquiera, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía, Joe Strummer, mirando hacia el futuro, tuvo esta idea: “El pensamiento es la razón para levantarse por la mañana”. Y, en ese preciso momento, toda la visión cobró vida al instante. Y todos los objetos, y los seres humanos, comenzaron a moverse en un laberinto invisible donde no había ni entrada ni salida, donde ya estabas dentro, desde el principio, en una esquina cualquiera, y había simplemente que moverse. Wittgenstein, a la altura de Sussex Gardens, recordaba lo sencillo (lo sorprendente) que resulta a veces todo: “Imaginemos un lenguaje –apuntaba en su cuaderno azul, o quizás marrón- en el que, en lugar de decir ‘No encontré a nadie en el cuarto’, uno dijera ‘Encontré en el cuarto al Sr. Nadie’. ¡Qué problemas filosóficos plantearía dicha convención!”. Y a sólo unos metros, encaramado en un árbol llamado sinsentido, en un rincón perdido de Hyde Park o de Kensington Gardens, El Gato de Cheshire aclaraba a Alicia lo sorprendente (lo sencillo) que resulta a veces todo: “Pero si yo no quiero estar entre locos... comentaba Alicia”. “Ah, pero eso no puedes evitarlo –contestaba el Gato-: aquí estamos todos locos. Yo estoy loco. Y tú también”. Uno, como todas las mañanas, se levanta de la cama y, sin poder evitarlo, ya está pensando. Y ya está haciendo de nuevo filosofía, a su manera, con las herramientas del tiempo, con los objetos de la vida, con la mirada perdida en el horizonte o en un punto fijo, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía de nuevo en marcha.