
Viajando. Nadie se ha dejado nada en el camino. Ni el tiempo pasado en Asbury Park, New Jersey, jugando con las atracciones de feria, ni el viaje de ida y vuelta, escrito en el viento, han servido para olvidar o para cortar, de algún modo, el límite o frontera de este viaje. Uno, como todas las mañanas, se levanta de la cama y, sin poder evitarlo, ya está pensando. Y ya está haciendo de nuevo filosofía, a su manera, con las herramientas del tiempo, con los objetos de la vida, con la mirada perdida en el horizonte o en un punto fijo, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía de nuevo en marcha. Quizás entre las Estaciones de Paddington y de Lancaster Gate, en Londres, porque el próximo destino es Londres. Quizás entre las Estaciones de Paddington y de Lancaster Gate, una mañana cualquiera, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía, Joe Strummer, mirando hacia el futuro, tuvo esta idea: “El pensamiento es la razón para levantarse por la mañana”. Y, en ese preciso momento, toda la visión cobró vida al instante. Y todos los objetos, y los seres humanos, comenzaron a moverse en un laberinto invisible donde no había ni entrada ni salida, donde ya estabas dentro, desde el principio, en una esquina cualquiera, y había simplemente que moverse. Wittgenstein, a la altura de Sussex Gardens, recordaba lo sencillo (lo sorprendente) que resulta a veces todo: “Imaginemos un lenguaje –apuntaba en su cuaderno azul, o quizás marrón- en el que, en lugar de decir ‘No encontré a nadie en el cuarto’, uno dijera ‘Encontré en el cuarto al Sr. Nadie’. ¡Qué problemas filosóficos plantearía dicha convención!”. Y a sólo unos metros, encaramado en un árbol llamado sinsentido, en un rincón perdido de Hyde Park o de Kensington Gardens, El Gato de Cheshire aclaraba a Alicia lo sorprendente (lo sencillo) que resulta a veces todo: “Pero si yo no quiero estar entre locos... comentaba Alicia”. “Ah, pero eso no puedes evitarlo –contestaba el Gato-: aquí estamos todos locos. Yo estoy loco. Y tú también”. Uno, como todas las mañanas, se levanta de la cama y, sin poder evitarlo, ya está pensando. Y ya está haciendo de nuevo filosofía, a su manera, con las herramientas del tiempo, con los objetos de la vida, con la mirada perdida en el horizonte o en un punto fijo, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía de nuevo en marcha.
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