domingo, 13 de diciembre de 2009

ÉTICA, ESTÉTICA


En un mundo extraño, como este mundo, suceden cosas extrañas. Hace unos días, por ejemplo, un espectador denunció a un músico de jazz por no tocar jazz. Al menos, esta es la conclusión a la que llegó el citado espectador ante la música de Larry Ochs y su grupo, Rova Quartet, en el transcurso de su concierto en el V Festival de Jazz de Sigüenza. El espectador, indignado, justificó su actitud alegando que la música del saxofonista no era jazz sino “música contemporánea”, genero que el denunciante tiene “contraindicado psicológicamente”. No es broma. Para complicar aún más las cosas, uno de los dos números de la Guardia Civil, que se presentaron en el concierto, llegó a una conclusión coincidente con la del denunciante. Y, claro, Larry Ochs no salía de su asombro. “Yo creía haberlo visto todo –declaró Larry-, pero es obvio que estaba equivocado”. Jazz, o “música contemporánea”, la cuestión es un ejemplo más de las complejas discusiones sobre las distintas opciones estéticas (y éticas). Porque imagino que Larry estará convencido de que hace bien su trabajo, de que toca buen jazz, de que es bueno en lo suyo. Y que el denunciante, por su parte, estará convencido de que obró correctamente, de que hizo lo que debía, de que su opción era la buena. Ambas perspectivas, como en la descripción de Wittgenstein, en la Investigaciones Filosóficas, se superponen y dejan una imagen paradójica y borrosa. “Y si aún llevamos más lejos la comparación –escribió Wittgenstein-, está claro que el grado en el que la figura nítida puede asemejarse a la borrosa depende del grado de borrosidad de la segunda: Pues imagínate que debes dibujar una figura nítida correspondiente a una borrosa. En esta hay un rectángulo rojo difuso; tú pones en su lugar uno nítido. Ciertamente se pueden trazar muchos de esos rectángulos nítidos que corresponden a los difusos. -Pero si en el original los colores se entremezclan sin indicio alguno de su límite -¿no se convertirá en una tarea desesperada trazar una figura nítida que corresponda a la confusa? ¿No tendrás entonces que decir: Aquí yo podría igualmente bien haber trazado un círculo que un rectángulo o una forma de corazón; pues todos los colores se entremezclan. Vale todo y vale nada. -Y en esta posición se encuentra, por ejemplo, quien en ética o en estética busca definiciones que correspondan a nuestros conceptos. Pregúntate siempre ante esta dificultad: ¿Cómo hemos aprendido el significado de esta palabra (‘bueno’, por ejemplo)? ¿A partir de qué ejemplos; en qué juegos de lenguaje? Verás entonces fácilmente que la palabra ha de tener una familia de significados”. Y es que, en un mundo extraño, como este mundo, suceden cosas muy extrañas.

domingo, 6 de diciembre de 2009

M.


“Hay una mariposa Monarca muerta en la acera de Ozona. La brisa se la lleva de acá para allá. Durante todo el día han estado estrellándose contra mi parabrisas, dejando salpicaduras rosadas y doradas en el cristal. He visto a una de ellas que caía a plomo desde el cielo y chocaba contra el asfalto de la Highway 10 East. Debe de ser la época del año en la que tienen que morir”.

Sam Shepard
Crónicas de motel

jueves, 3 de diciembre de 2009

WILCO


Algunos calambres mentales son provocados por los cambios climáticos o por los excesos de la topografía. Es el medio ambiente, que se rebela, pero también el eterno retorno de lo mismo: el riesgo de las interpretaciones, el miedo a las repeticiones, el sabor de los cigarrillos. El frío crepuscular ahoga a un pájaro ciego mientras contemplas, absorto, el arte incomprensible de las manos en los bolsillos, de las viejas autopistas, y de los callejones infinitos. Y el abandono de las palabras sin sentido, que no se corresponden con la vida, te hace buscar en un espejo roto o en un cajón vacío. Cuando la conversación es privada todo se vuelve más difícil. Humildemente, no tengo nada que decir al respecto, aunque esto es lo que escucho, esto es lo que hago, esto es lo que pienso. Ahora, el silencio deja paso a la maquinaria del ruido (un excelente título). Y a Jeff Tweedy, en ocasiones, le duele la cabeza. “A algunos –escribió Wittgenstein- la música les parece un arte primitivo por sus pocos tonos y ritmos. Pero sólo su superficie es sencilla, en tanto que el cuerpo que posibilita la interpretación de ese contenido manifiesto posee toda la complejidad infinita que se nos indica en lo externo de las otras artes y que la música calla. En cierto sentido es la más refinada de todas las artes”. Y también: “Entender una oración del lenguaje se parece mucho más de lo que se cree a entender un tema en música. Pero con ello quiero decir lo siguiente: que entender una oración lingüística se acerca más de lo que se cree a lo que usualmente se llama entender un tema musical. ¿Por qué tienen que desarrollarse justamente de esta manera la intensidad y el ritmo? Quisiéramos decir: ‘Porque sé lo que significa todo esto’. ¿Pero qué significa? No sabría decirlo. Para explicarlo podría compararlo con otra cosa que tuviera el mismo ritmo (quiero decir, el mismo desarrollo). (Decimos: ‘¿No ves? Es como si sacáramos una conclusión’, o bien: ‘Esto es como un paréntesis’, etc. ¿Cómo se justifican tales comparaciones? –Hay justificaciones de muy diversos tipos.)”. La lógica o la magia de la música. La lógica o la magia de la música según Tweedy: “Sencillamente, no la entiendo. He interiorizado muchos conocimientos, pero eso no significa que la entienda por completo. Y la parte que no entiendo es, seguramente, la más importante. Es ésa sobre la cual lo único que podemos hacer es guardar silencio. Ésa es justamente la razón por la que la música existe: no podemos explicarla con palabras”.

domingo, 15 de noviembre de 2009

LA PALABRA, LO INEFABLE


Es la tensión que apunta al límite. Es la intuición oscura que anuncia una presencia, una necesidad, un deseo. Avanzamos por el pasaje del silencio, pero lo hacemos con prisa, a la carrera, y lo dejamos atrás convencidos de que todo (o casi todo) puede y debe ser expresado. ¿Quién, y qué, o el qué, debería quedar fuera del límite, al otro lado, si somos nosotros precisamente los que damos vida, de una manera u otra, a lo que queda dentro, y nos da nombre, y a lo que queda fuera, y nos inquieta? Lo inefable es aquello que no puede ser expresado con palabras. ¿Cómo entonces? En la tensión que apunta al límite, podemos expresarlo todo: lo que pensamos, imaginamos; incluso lo que soñamos. Y seguro que intentaremos, llegado el caso, expresar lo inexpresable con palabras. Y será nuestra expresión lo más aproximada posible a lo expresado; y lo inefable se mostrara, desnudo, ante nosotros. Y quizás luego se oculte de nuevo, durante un tiempo. Y quizás regrese, con nosotros, al pasaje del silencio. Lo inefable, como bien sabía el primer Wittgenstein, quedaba justo al otro lado del límite. Y sobre ello, paradójicamente, sobre lo más importante, no nos dejaba otra salida que el silencio. “De lo que no se puede hablar –escribió Wittgenstein- hay que callar”. Pero, en verdad, ¿cuándo calló Wittgenstein en su tarea de mostrarnos aquello que, precisamente, no debía de ser nombrado con palabras? Lo que no podía ser expresado con palabras, se expresaba, curiosamente, con ellas (ya desde el propio prólogo del Tractatus). Y nosotros entendíamos perfectamente el mensaje. Y lo inefable permanecía inalterable, aunque mucho más familiar, mucho más cercano. A su manera poética, así lo expresa Jaime Siles en su poema Conversación con Wittgenstein: “¿Qué es lo expresado? Esto: lo inexpresable. Porque lo inexplicable es lo único que nosotros podemos expresar. Lo demás, como sabe muy bien, sólo es lenguaje”. Y es que, quizás, el lugar apropiado para lo inefable sea el arte. “El juego de lo inefable”, como lo definió un día el artista conceptual Joseph Kosuth. Por ejemplo, 4’33’’, de John Cage, sería una descripción posible del silencio que, en ocasiones, asociamos a lo inefable. Pero el poeta, mientras tanto, prepara su corazón a manera de una página en blanco donde la divina sabiduría formará los caracteres que traspasarán el límite. Y seguro que intentaremos, llegado el caso, expresar lo inexpresable con palabras. Y será nuestra expresión lo más aproximada posible a lo expresado; y lo inefable se mostrara, desnudo, ante nosotros. El gran maestro murciano Ibn Arabi, desde la mística sufi, lo expresó, ciertamente, de esta manera: “No calla quien calla, solamente calla quien no calla”.

domingo, 8 de noviembre de 2009

CARTOGRAFÍAS


Lo primero fue desempolvar la vieja metáfora del explorador para dar cuenta de una imagen o un concepto a tener siempre en cuenta: “Imagínate que llegas como explorador a un país desconocido con un lenguaje que te es completamente extraño. ¿Bajo qué circunstancias dirías que la gente de allí da ordenes, entiende órdenes, obedece, se rebela contra órdenes, etcétera? El modo de actuar humano común es el sistema de referencia por medio del cual interpretamos un lenguaje extraño (IF I, 206)”. De acuerdo que, el primer viaje, quizás el más importante, es un viaje interior, un viaje íntimo, secreto; pero ya podía explicarle a Atxaga que el explorador se encontraba ahora en un excelente estado de ánimo; y que aquel metro cuadrado de tristeza que todos ocupamos en determinadas circunstancias era en este momento un espacio de concentración y de calma; y que podía decirse, sin temor a equivocaciones, que las cosas habían cambiado de manera concluyente. El explorador se observaba y luego salía al exterior, a tomar el aire fresco, con su cuaderno de notas y la energía del conocer intacta. Y hacía los viajes y traslados que consideraba oportunos en busca de ejemplos o en busca de las reglas que utilizan otros exploradores. Exploradores que quizás hicieron su primer viaje interior, íntimo, secreto; pero que un buen día decidieron salir al exterior y compartir su experiencia con los demás exploradores. El resultado de los trabajos era una cartografía completa de la condición humana: “testimonios de hombres y mujeres concretas, cuya vida concreta –en tiempos y lugares no menos concretos- otros hombres y mujeres fueron a conocer de cerca. Seres humanos estudiando seres humanos, conociendo y dándose a conocer, recolectando tecnologías y sabidurías ajenas y lejanas, aprendiendo de gentes que siempre sabían más que quienes les estudiaban”. Y el conjunto nos mostraba el sentido de esos días irrecuperables posándose como una bandada de pájaros imaginarios. Y todo ello nos dejaba en compañía de la sabiduría infinita y de la duda cotidiana, de la extraña sencillez del día a día y de la magnífica familiaridad de lo exótico. A algunos de estos exploradores se les reconoce como “antropólogos”. Claude Lévi-Strauss era uno de ellos. De acuerdo que, el primer viaje, quizás el más importante, es un viaje interior, un viaje íntimo, secreto; pero luego se sale al exterior, a tomar el aire fresco, y el mundo se muestra al descubierto. Y se viaja en sus sendas con la eterna sensación de lo infinito. Y se descubre el sonido de la música exacta del tiempo. Y se desvelan ejemplos, paisajes, preguntas y reglas. Y se comparten caricias, poemas, miradas y espejos.

domingo, 25 de octubre de 2009

CARRETERA DEL TRUENO


Algunas canciones son como relámpagos ciegos. Algunas canciones son como anillos del tiempo que giran alrededor del cuerpo; como serpientes de memoria que se enroscan con una fuerza endiablada, asfixiándonos; como osos de los bosques que nos abrazan, tercamente, hasta perder la conciencia; como sombras voladoras que surcan por encima de nuestras cabezas, y que viajan con nosotros, de un lado a otro, y que nos persiguen obstinadas en los sueños, y en la vigilia, y en los tensos arrebatos de la huída. Cuando se habla de canciones se habla de encuentros, de aniversarios, de eternidades, y de objetos que permanecen con la extraña habilidad de la insistencia. “Puedes esconderte debajo de las mantas –escribe Springsteen en Thunder Road- y estudiar tu dolor”. Pero... Sí, puedes esconderte si quieres, o cerrar los ojos con fuerza, más allá del horizonte; pero siempre regresan las canciones. “Recuerdo estar escuchado esta canción en 1975 –escribe Nick Hornby en 31 canciones- y que me encantaba; recuerdo estar escuchando esta canción y que me encantaba casi lo mismo hace muy poco, hace unos pocos meses”. Thunder Road. Carretera del Trueno. “Pero en esta canción hay algo más –añade June Skinner Sawyer en Más duro que los demás-, cuando las notas lastimeras de una armónica abren la canción. ¿Cuál es el destino de ‘Thunder Road’? La tierra prometida, donde quiera que esté. ¿Se trata de un lugar físico? ¿O es producto de la imaginación? Springsteen no lo dice. Todo lo que sabemos es que está en alguna parte, en otro lugar. Y son estos sueños, que están en otro lugar, los que motivan a sus personajes y les permiten creer que quizá existe un lugar mejor. Ahí afuera. En alguna parte”. Porque algunas canciones son carreteras del odio, pero también motivo de esperanza. Porque algunas canciones sólo nos muestran la incógnita, ahora más nuestra que nunca, y viajan con nosotros, y nos persiguen; pero también nos protegen y nos nombran. “Puede ser que la razón por la que ‘Thunder Road’ se mantiene para mí –concluye Hornby- es que, a pesar de su energía y volumen y coches veloces y cabellos, consigue de algún modo sonar a elegía, y cuanto más viejo me hago más puedo escucharla. Y si es cuestión de eso, supongo que yo también creo que la vida es algo trascendental y triste pero que no destruye toda esperanza, y puede que esto me convierta en un depresivo que exagera su papel o puede que en un idiota feliz, pero en cualquier caso ‘Thunder Road’ sabe cómo me siento y quién soy, y eso, en definitiva, es uno de los consuelos del arte”.

domingo, 4 de octubre de 2009

DECONSTRUYENDO A DYLAN


Imagina, por una vez en tu vida, cómo fueron realmente las cosas. Haz el esfuerzo de imaginarte, la memoria como un desordenado laberinto, los sentimientos y emociones como golpes incomprensibles de placer o desconcierto. Y el texto se rebela entonces como un maldito misterio. Tú mismo, o tu propio personaje, apenas si te recuerdas. Y el juego se muestra como un estúpido enigma. Y, bueno, nadie te invitó a la fiesta. Y luego estabas allí, rodeado de gente, acumulando experiencias; y todo daba vueltas y vueltas y vueltas. Y alguien te preguntó qué hacías dejando constancia de todo aquello: los signos, las marcas; acumulando la crónica extraña de un viaje de ida y vuelta. Quizás, un día, Todd Haynes, escuchó cantar a Bob Dylan: “Don’t ask me nothing about nothing, I just might tell you the Truth”: “No me preguntes nada de nada, podría llegar a decirte la verdad”. Y pensó que tenía ante sí una excelente historia: mostrar el lado oculto de esa historia, el otro rostro de una moneda que, curiosamente, lleva la misma inscripción en sus dos caras. En I’m not there (2007), Todd Haynes filma una extraordinaria visión de las aventuras y desventuras del músico y poeta norteamericano, a través de personajes y claves de su vida y de su obra que conforman una versión sorprendente y cautivadora donde, como en la vida misma, nada es lo que parece. Un niño negro, de nombre Woody Guthrie, huido de su hogar, que recorre el país en tren como un vagabundo, inventando, una y otra vez, su lugar de procedencia, cantando canciones de la depresión del 29’ y de los sindicatos de la época, y que sólo tiene en mente una ineludible certeza: triunfar en el mundo de la música. Un músico folk, que se convierte en emblema de su generación y de su época, y que se transforma en evangelista. Un poeta, Rimbaud, que declara ante la Justicia en el incomprensible idioma de los poetas. Un actor mujeriego siempre en la carretera. Un joven andrógino (Cate Blanchett) estrella del rock, que abandona el folk provocando un cataclismo (inolvidable la escena en la que un enfurecido Pete Seeger’s intenta, con la ayuda de un hacha, acabar con la diabólica electricidad en el Newport Folk Festival) y luchando constantemente consigo misma y con su entorno. Un fugitivo, ya viejo y cansado, milagrosamente vivo, que vuelve a escapar de nuevo... Y Bob Dylan, supongo que en todo ello, Bob Dylan. Pero, ¿quién es realmente Bob Dylan? En Herencias de Derrida, Cristina de Peretti, a propósito de la “deconstrucción” y del concepto de “espectro”, escribe: “El espectro, al igual que la ceniza, el resto o la ruina, queda, permanece, pero también puede desaparecer. El espectro no está ni vivo ni muerto o, mejor dicho, está vivo y muerto a la vez; su forma de existir (sin existir) no se deja, pues, asimilar con la existencia, como tampoco su forma de estar en un lugar sin ocuparlo se deja reducir a una simple dicotomía de presencia/ausencia; finalmente, su forma de ver sin ser visto, de acechar, entraña inevitablemente la posibilidad de que el espectro sea siempre otro radicalmente distinto, lo cual -además de resultar, si cabe, todavía más alarmante- contamina definitivamente la ya de por sí maltrecha identidad del espectro”. Seguramente Todd Haynes, cuando filmó I’m not there, no estaba pensando en la deconstrucción o en Derrida. Pero dio vida a un personaje tan imprevisible e inquietante que, como todo bajo el prisma de Derrida, ya estaba allí y, a la vez, estaba por llegar todavía. En un completo desajuste del tiempo, del presente, del acontecimiento. En una deconstrucción permanente. Docenas y docenas de la mejor poesía norteamericana de todos los tiempos hacen posible que todo sea posible, que todos los sentidos esperen su momento, y que sólo se nos muestre lo imposible. Curiosamente, hace unos días Dylan fue detenido por la policía de New Jersey después de que los vecinos denunciaran la “actitud sospechosa de un viejo con aspecto excéntrico y desaliñado”. La agente que lo detuvo no lo reconoció y se lo llevó en la patrulla policial. “Like a complete unknown”, como reza la letra de su tema “Like a rolling stone”. Bob Dylan fue detenido y debió pasar por una humillante situación en New Jersey, donde se encontraba tras dar un concierto con Jhon Mellencamp y Willie Nelson. Estar en un lugar sin ocuparlo no deja de tener cierto riesgo. Lo que nunca sabremos del todo es si la policía detuvo al verdadero Bob Dylan. O al misterio inefable de Dylan. O al espectro inquietante de Dylan.

domingo, 27 de septiembre de 2009

DEISCRIZIONE


Yo soy el texto, el lenguaje, el acontecimiento. Alguien escribió sobre mí los signos y luego trató de descifrarlos. Me otorgó la existencia y la categoría de inscripción, de interpretación, de mensaje. Y dejó mis ojos abiertos para que pudiera leer, y escribir, e interpretar el mundo. Y unirme a mí mismo, y a mi gesto, en un solo gesto. ¿Sabes, acaso, qué significa mi insistencia? Puedes leerlo con facilidad; está delante de ti, a escasos metros. ¿Sabes, acaso, qué significa mi prudencia? Un juego de lenguaje entre otros juegos. O, ahora que hablamos de Derrida: una palanca de intervención activa. Al deconstruir el acontecimiento no encontrarás más que materia para nuevas deconstrucciones. Tendrás que arañar mi piel, los signos, y debajo de esa piel, y de esos signos, aparecerán estratos, sedimentos, piel regenerada que guarda también su secreto, signos dibujados por la misma mano que dibujó los primeros signos. ¿Y el lenguaje? ¿Cuándo deja de ser simple horizonte de pensamiento? ¿Cuándo pierde su carácter constituyente para convertirse en objeto constituido? “La lengua viviente –escribe Rocco Ronchi, en La verdad en el espejo- en cuyo flujo estamos inmersos en una identificación pretemática, se convierte gracias a esta reflexión en objeto a disposición de una mirada desencarnada, extra-lingüística, es decir, se transforma en aquel ‘juego’ del que hablaba Wittgenstein para el que el filósofo, como un explorador en tierra extranjera, quiere fijar una lista de reglas. Para una adecuada comprensión de la frase-guía de Wittgenstein es esencial el inciso: ‘al menos nosotros los llamamos juegos’; la lengua se convierte en juego, ‘lenguaje’, a la luz de esta transformación”. ¿Y la verdad, y el valor de la verdad misma, qué papel asume en todo este asunto? “Interpretación –añade Ronchi-, una palabra en absoluto inofensiva desde el momento en que expresa, para el filósofo alemán (Nietzsche) la esencia misma de la vida en cuanto injustificada voluntad de poder. Interpretar es, en efecto, adueñarse mediante violencia de un sistema preexistente y, al ponerlo de relieve, imponerle una dirección, plegarlo a una voluntad nueva y hacerlo entrar en otro juego”. Signos, estratos, sedimentos: una palanca de intervención activa. Un juego de lenguaje entre otros juegos.

domingo, 13 de septiembre de 2009

APRENDIENDO DEL POP


A lo largo del viaje imaginario, elijo los espacios para una mitología del presente que me permite seguir imaginando. Me es completamente indiferente que mi ciudad exista o no exista, que yo esté pensando en un salto vertiginoso hacia adelante, que yo visite zonas que aún no he visitado, pero que me sé completamente de memoria, que puedo describir sin esfuerzo como la palma de mi mano. Sabiduría pop donde la filosofía permanece aparentemente al margen, pero donde su influencia se deja entrever en la necesidad acuciante de comprenderse a sí mismo. Nadie confía en sus fuerzas hasta que desafía el protocolo, la buena educación, las buenas formas. Y la dicotomía “hecho” y “valor” es aún un tema pendiente. De momento, “disolver” en lugar de “deconstruir”, claridad en lugar de laberinto, para entender el mundo. Masco chicle, y escucho a Nick Drake, y escupo maldiciendo cuando me miro, insolente, en el espejo. Y luego me peino orgulloso como los músicos que escriben los poemas que no figuran en los libros. Rastros de Carmín, que diría Greil Marcus. Una brecha generacional, cultural, a pesar de que no existe apenas diferencia de años. Y el descubrimiento de que Ralph Waldo Emerson sabía a la perfección que “las costumbres que están agotadas o que pueden estarlo, o los hechos que se estabilizan no pueden contener todo lo que es cierto de esta brava mansión donde está alojado el hombre, y en la cual todas sus facultades hallan ejercicio apropiado e infinito”. Denise Scott Brown, Aprendiendo del pop: “Las Vegas, Los Ángeles, Levittown, los marchosos solteros de Westheimer Strip, los complejos de campos de golf, los clubes náuticos, Co-op City, los decorados domésticos de las telenovelas, los anuncios de televisión y los de las revistas de gran tirada, las vallas publicitarias y la Ruta 66 son la fuente para un cambio en la sensibilidad arquitectónica. Las nuevas fuentes se buscan cuando las viejas formas se vuelven caducas y la salida no está clara. Si los arquitectos de estilo no producen lo que la gente quiere o necesita, ¿quién lo está haciendo y que podemos aprender de ellos?”. Si no golpeas con fuerza, encima de la mesa, nadie va a hacerte caso. Que tu sensibilidad por el ser humano no se pierda en disquisiciones estúpidas. Vivo dónde y cuándo quiero, a lo largo del viaje imaginario. Una mujer, de sensibilidad extrema, tiene la piel tatuada con el secreto infinito de todas las caricias. Una ciudad es un juego donde sólo los audaces sobreviven. Un hombre se asoma a la ventana, fuma en silencio, acaricia las alas de un insecto, y contempla la noche.

domingo, 6 de septiembre de 2009

ENCUENTROS


El juego de la tentativa me enfrenta a un vasto campo, a un horizonte de grietas, laberintos, interferencias, espacios interiores y exteriores, diálogos, lecturas y escrituras. “El mundo es un texto”, escribió Merleau-Ponty. Y en ese texto complejo, escurridizo, múltiple, unitario, paradójico, contradictorio, los seres humanos tienen su morada, los seres humanos habitan, hablan, leen, y escriben. El juego de la tentativa parte de premisas heredadas de zonas del texto que han dejado huellas indelebles, que han abierto brechas en la telaraña misma de la brecha, que viajan en el equipaje de las nuevas exploraciones, que forman parte de la propia autobiografía, es decir, de la propia filosofía. “Yo pienso con mi lapicera –escribió Wittgenstein-. Lo sé porque frecuentemente mi cabeza desconoce aquello que mi mano está escribiendo”. ¿Sistemas, pues, independientes? ¿Pluralidad de sentidos de la escritura vedados al habla al ser ésta prisionera de la temporalidad irreversible del sonido? ¿Experiencias no lineales, en busca de sentido? ¿Estructuras en abismo? Una única interpretación, denegada, por las “máquinas de leer” humanas. ¡Quién sabe! Pero el juego de la tentativa apunta en esta dirección y nos invita a seguir este camino. Nada nuevo, por otra parte; ninguna novedad que nos asombre. Encuentros. Borges y Derrida. O Derrida y Borges. Uno puede imaginar la conversación, quizás llevada a cabo en el aeropuerto de Ithaca, de retorno de una conferencia en la Universidad de Cornell, de vuelta a New York. O uno puede imaginar la conversación en el texto, es decir, en cualquier lugar del mundo. Imagino a Derrida venciendo su timidez y presentándose como un lector y admirador del argentino. Al parecer, Borges tenía la costumbre de declarar su ignorancia sobre la obra de sus interlocutores. Quizás Derrida le hizo la siguiente confesión a Borges: “Me gustaría escribir con unas formas o unas experiencias de la lengua, de la frase o de la puesta en el texto con las que sueño desde hace tiempo y que nunca he podido poner a prueba ya sea por desfallecimiento o impotencia personal, ya porque, al ceder demasiado a otras urgencias precisamente, he retrasado el momento de encerrarme con ese experimento de escritura. Pensar y escribir, hacer que, por medio del pensamiento y de la escritura, llegue algo que hasta ahora se ha anunciado quizás pero jamás se ha mostrado como tal”. Y tal vez Borges, después de escuchar atentamente, y recurriendo a su prodigiosa memoria, contestara a Derrida con unas líneas exactas de “El informe de Brodie”: “La palabra nrz, por ejemplo, sugiere la dispersión o las manchas; puede significar el cielo estrellado, un leopardo, una bandada de aves, la viruela, lo salpicado, el acto de desparramar o la fuga que sigue a la derrota. Hrl, en cambio, indica lo apretado o lo denso; puede significar la tribu, un tronco, una piedra, un montón de piedras, el hecho de apilarlas, el congreso de los cuatro hechiceros, la unión carnal y un bosque. Pronunciada de otra manera o con otros visajes, cada palabra puede tener un sentido contrario. No nos maravillemos en exceso; en nuestra lengua, el verbo to cleave vale por hendir y adherir. Por supuesto, no hay oraciones, ni siquiera frases truncas”. El juego de la tentativa también permite imaginar encuentros, diálogos, alterar la metáfora de la propia historia, alterar la historia de la propia metáfora. La versión del maestro se superpone a la del alumno dejando entrever un olvido que regresa con la fuerza de un tornado. Aún puedo recordar la biblioteca y extraviarme, de nuevo, en el viejo jardín de los senderos que se bifurcan. En el fondo, y dejando de lado el ejemplo, todo es posible en el mundo, es decir, en el texto.

domingo, 30 de agosto de 2009

LO FANTÁSTICO EN FILOSOFÍA


Apunte. Tan breve y enigmático como una breve y enigmática tarde de domingo. It’s a Wonderful Life, de Frank Capra. Un Cohiba Siglo II. Un sencillo cambio de planes. Anochece, ya en casa, después de tanto viaje, y ahora viaja la mente. La seguridad extraordinaria de que un nuevo curso empieza. Admiración, expresión y sentimiento. Y la sensación, seductora, de que es mucho más lo desconocido que lo que ya conoces. La decisión es tuya (no puede ser de otra manera) y tú eliges: una tradición, un continente, una literatura y una filosofía. Y como estos cuatro elementos, irrenunciables, tendrán que enfrentarse a tradiciones, continentes, literaturas y filosofías, la lógica aparición de las fuentes en el imaginario Cuaderno de Apuntes. “¿Qué podría presagiar –se pregunta Stanley Cavell- sobre la literatura de una cultura el que sus obras fundacionales sean obras de lo fantástico?”. La cuestión de si vemos la humanidad de los otros bajo la sombra de ideas tales como las de viaje imaginario, especialmente en busca del yo; e ideas tales como las de encontrarse en algún límite o umbral, como entre lo imposible y lo posible; e ideas de la confrontación de la otredad; y de algún tipo de reacción adversa a la sensibilidad científica moderna. “¡Qué de seres más diferentes –escribe Thoreau en Walden- y distantes entre sí contemplan lo mismo, en el mismo momento, desde las numerosas mansiones del Universo!... ¿Quién se atrevería a decir qué perspectiva ofrece la vida a otro? ¿Podría ocurrir milagro mayor que el de que nos fuera dado ver con los ojos de otro por un instante?”. Y, anticipándome, y a propósito de lectura y escritura (y esta vez Cavell): “Pero el milagro de ver cada uno de nosotros con los ojos del otro constituye también una descripción thoreauniana de lo que el autor de Walden entiende por escritura: anticiparse a los ojos de su lector, y ofrecerle a éste los suyos. De modo que el hecho de escribir, de la posibilidad del lenguaje como tal, es el milagro, lo fantástico. En consecuencia, el peso de la prueba de que los otros existen cae sobre la escritura y la lectura (cualquier cosa que éstas puedan ser) o, digamos, sobre lo literario, sobre el hecho de su existencia entre nosotros, constituyéndonos –es decir, mientras dure lo genuinamente literario, la conversación, el intercambio, de palabras genuinas”. Y el sol no es más que una estrella de la mañana (hay lugar para la esperanza, para la “buena vida”). Mientras tanto, poco a poco, casi sin esfuerzo, Wittgenstein y su amigo W. Eccles, hacen volar su cometa sobre el cielo plomizo de Glossop.

viernes, 21 de agosto de 2009

UNDERGROUND


Hay ciudades que, aunque pudiera parecer lo contrario, ya no existen. Uno las visita a destiempo, a contratiempo, y puede comprobar que ya no están allí los motivos que justificaban el viaje, que los tiempos, irremediablemente, han cambiado, que ciertas palabras conservan el sonido mítico que las hizo tan atractivas en el pasado, pero que nada parece estar ya en su sitio, en el sitio imaginado, y aunque todo se llama por su nombre ya nada parece como antes. Si hubo un antes, y una ciudad que ocupaba el espacio de ese antes, es asunto de dudosa certidumbre. Pero uno ha llegado hasta aquí respondiendo a una llamada (¿London Calling?) y ahora se ve en la obligación de observar las gentes, las cosas, los objetos, intentando encontrar una respuesta a una pregunta que aún se resiste, intentando encontrar explicaciones entre voces distintas que se dirigen a ti en un idioma que tú desconoces. En el lenguaje, piensas, quizás aún en el lenguaje... “Nuestro lenguaje –escribió Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas- puede verse como una vieja ciudad: una maraña de callejas y plazas, de viejas y nuevas casas, y de casas con anexos de diversos períodos; y esto rodeado de un conjunto de barrios nuevos con calles rectas y regulares y con casas uniformes”. Pero el lenguaje te lleva hasta lugares donde también se confunden los signos, las señales, donde tampoco es posible resolver el enigma sencillo de esta historia. Y ya sólo te queda el consuelo de cantar, casi en silencio, la canción de las sombras que se asoman, de las marcas que te indican en las calles direcciones imposibles o insalvables, que te invitan a perderse en laberintos, en cenizas de recuerdos que se muestran en mensajes y edificios familiares, en galaxias que se enfrentan a tu paso y te hacen comprender reglas y juego: Abbey Road; Carnaby Street; Brixton. Y tú recorres estos nombres ayudado con una guía, con un mapa, porque la ciudad inexistente se ha convertido ahora en museo, y tu guía no es más que otro catálogo infame, el catálogo obligado de espectáculos, eventos, y exposiciones. Y como otros asistentes a la fiesta buscas hueco entre los escalones de la fuente de Eros, en Piccadilly, y miras los anuncios de neón hasta quedarte ciego. Y luego te encaminas hacia Camden Market, más al norte, y descubres la pirámide invisible que lo protege todo, la gran pirámide invisible protectora de todos los museos, el gran lugar sagrado donde descansan los objetos muertos. Porque hay ciudades que, aunque pudiera parecer lo contrario, ya no existen. Y la prueba más evidente es que, en lugar de vivir estas ciudades, uno las recorre con un mapa; que, en lugar de vivir estas ciudades, uno escribe sobre ellas; que en lugar de vivir estas ciudades, uno está aquí tan sólo para encontrar el muro, un muro que quizás esté aquí, en esta ciudad extraña, o en otra ciudad cualquiera. Hay ciudades que, aunque pudiera parecer lo contrario, ya no existen. Dejaron de existir hace tiempo, mucho tiempo; ya nadie las recuerda. Y dejaron de existir para siempre. Y una parte de ti con ellas.



Lancaster Court Hotel
202/204 Sussex Gardens
Hyde Park London W2 3UA
16-09-2009

domingo, 9 de agosto de 2009

EL PRELUDIO


Viajando. Nadie se ha dejado nada en el camino. Ni el tiempo pasado en Asbury Park, New Jersey, jugando con las atracciones de feria, ni el viaje de ida y vuelta, escrito en el viento, han servido para olvidar o para cortar, de algún modo, el límite o frontera de este viaje. Uno, como todas las mañanas, se levanta de la cama y, sin poder evitarlo, ya está pensando. Y ya está haciendo de nuevo filosofía, a su manera, con las herramientas del tiempo, con los objetos de la vida, con la mirada perdida en el horizonte o en un punto fijo, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía de nuevo en marcha. Quizás entre las Estaciones de Paddington y de Lancaster Gate, en Londres, porque el próximo destino es Londres. Quizás entre las Estaciones de Paddington y de Lancaster Gate, una mañana cualquiera, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía, Joe Strummer, mirando hacia el futuro, tuvo esta idea: “El pensamiento es la razón para levantarse por la mañana”. Y, en ese preciso momento, toda la visión cobró vida al instante. Y todos los objetos, y los seres humanos, comenzaron a moverse en un laberinto invisible donde no había ni entrada ni salida, donde ya estabas dentro, desde el principio, en una esquina cualquiera, y había simplemente que moverse. Wittgenstein, a la altura de Sussex Gardens, recordaba lo sencillo (lo sorprendente) que resulta a veces todo: “Imaginemos un lenguaje –apuntaba en su cuaderno azul, o quizás marrón- en el que, en lugar de decir ‘No encontré a nadie en el cuarto’, uno dijera ‘Encontré en el cuarto al Sr. Nadie’. ¡Qué problemas filosóficos plantearía dicha convención!”. Y a sólo unos metros, encaramado en un árbol llamado sinsentido, en un rincón perdido de Hyde Park o de Kensington Gardens, El Gato de Cheshire aclaraba a Alicia lo sorprendente (lo sencillo) que resulta a veces todo: “Pero si yo no quiero estar entre locos... comentaba Alicia”. “Ah, pero eso no puedes evitarlo –contestaba el Gato-: aquí estamos todos locos. Yo estoy loco. Y tú también”. Uno, como todas las mañanas, se levanta de la cama y, sin poder evitarlo, ya está pensando. Y ya está haciendo de nuevo filosofía, a su manera, con las herramientas del tiempo, con los objetos de la vida, con la mirada perdida en el horizonte o en un punto fijo, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía de nuevo en marcha.

lunes, 3 de agosto de 2009

TRABAJANDO EN UN SUEÑO


Un sueño dura lo que dura un sueño. Un sueño puede durar muchos años, casi toda la vida, pero cuando intentas expresarlo queda reducido a nada. Es como esta lluvia, a la salida de la Estación, tonta y helada, que te moja el cuerpo por completo, lentamente, pero que según pasan las horas desaparece por arte de magia; abandona los hilos extraños de tu pelo engominado; desaparece de tus botas tejanas de sucia punta de acero. Un sueño dura lo que dura un sueño. 1978 queda tan lejos como la última vez que besaste a Wendy, ¿recuerdas? Porque un sueño puede mantenerte con vida, sostenerte engañado; pero un sueño como ese también puede matarte. Lo que la vida te da, la vida te quita; es la ley de la selva, y no sirve darle vueltas. Un sueño es esta ciudad triste, desangelada, que tú has elegido para contarnos tus sueños. Aquí estamos los que crecimos con ellos, los que sentamos a Wendy en nuestras rodillas mientras The River sonaba en un vinilo negro donde también llovía, en una habitación iluminada apenas por una luz roja, mientras las manos acariciaban unos muslos jóvenes y tiernos, cuando los besos aún sabían a cerveza y al sudor caliente del verano. ¿Recuerdas? Un sueño es tan oscuro como esa oscuridad al borde de la ciudad de la que tú me hablabas. Un sueño era una droga perfecta en el momento oportuno y una carrera a ciegas por autopistas de hierro, porque la vida es sólo un sueño, y un sueño dura lo que dura un sueño. Pienso en todo ello en la 415 de un Hotel frío y moderno donde, al menos, puedo fumar, y tomar coca-cola. Apenas faltan un par de horas para el concierto. Tumbado sobre la cama miro hacia el techo, vacío y silencioso, impersonal y sombrío. Me imagino nubes negras y una lluvia que me moja en la 415; y sonrío. Después enciendo un cigarrillo y miro a través de la ventana. Edificios como todos los edificios del mundo y campos húmedos que se van secando con el sol rebelde de la tarde. Ya en el Estadio, me gano a codazos el respeto de los que aspiran a verte de cerca, a compartir tu espacio. Y comprendo que las reglas, a veces, están para ser respetadas; y comprendo que las reglas, a veces, están para saltárselas. Cuando comienzas con Badlands es cuando la sensación de sueño se vuelve más intensa. Ahí estás, de un lado para otro, con tu guitarra al hombro, pero parece que fueras otro. Pero la sensación pasa, y tú no paras en 3 horas, y yo tengo 3 horas para escuchar la música de toda una vida, mi vida, y yo dispongo de 3 horas para ver una imagen continua, infinita, donde me veo y nos vemos conforme pasan los años; donde Wendy no aparece y yo no corro a buscarla; donde todo cambia y todo permanece porque un sueño, colega, es como un sueño. Y, bueno, nunca te tuve tan cerca y no creo que volvamos a encontrarnos. ¿Para qué engañarnos? Ya no somos unos niños, y tú seguirás con tus cosas, y yo tengo mucho trabajo por delante. Tan sólo darte las gracias, tío, por la energía, por el espíritu. Y por uno de los sueños musicales más intensos, y honestos, que he escuchado en mi vida. Ahora los dos debemos volver a la autopista, al camino. Ahora los dos debemos continuar trabajando este sueño.

Valladolid, 1 de agosto de 2009.
Bruce Springsteen and the E Street Band.
Working on a dream Tour.

domingo, 26 de julio de 2009

SHENANDOAH


Viajando. Un viaje oculto dentro de un viaje, antes de un viaje, después del viaje. Trozos de vida repartidos en conceptos, en objetos, en fotografías; restos de imaginación para traslados imposibles, países inexistentes, continentes falsos. Y, sin embargo, viajas en busca de ese espíritu que no tiene nombre; y esta vez lo quieres cerca, muy cerca, lo más cerca posible. Y quieres que te posea como esa roca redonda y viajera que es su santo y seña, como esa roca que se escupe con orgullo en los momentos amargos, como esa roca que se celebra bendecida en los días de gloria, en la memoria de los días pasajeros, en la ceremonia de la autopista infinita, en el sabor inolvidable de un beso. Viajando. “Las vísperas del viaje –escribió Borges en su Atlas- son una preciosa parte del viaje”. Aunque yo no estoy seguro de si estoy haciendo el equipaje, ahora, o es él, como un fantasma, quien me hace. Extraños recuerdos, oxidados, cuando abro la vieja maleta, desde no se sabe cuando. Trozos de vida que se muestran en conceptos, en objetos, en sombras desconcertantes. Y que se unen, absurdos, a las piezas elegidas para este nuevo viaje. Y que traen al presente, a la memoria, un aroma a caricias extranjeras, un perfume aún caliente a rosas rojas y secas: una guía de una ciudad en la que estuviste hace años; una pinza para el pelo de una mujer que se despidió a tiempo; un libro de poemas que dejaste allí, olvidado, porque quizá te enseñó la verdad terrible del cuento. Viajando. La caja de especias de la tierra. Leonard Cohen: “Eres valiente”, le dije a la Bella Durmiente, al subir esos escalones hasta mi casa, “pero siento que tu hombre, El Príncipe Beso, se haya ido”. “Tú no entiendes del cuento que soy”, dijo ella, “los dos sabemos quién vive en el jardín”. “Pero, a pesar de todas las noches siguientes, nunca supo llamarme Bestia o Cisne”. Y cuando cierras el libro te cortarías un dedo o te beberías el océano. Y al final dejas el libro en la maleta, al fondo, al lado de otros libros; y vuelves a pensar en el espíritu, en el viaje: en esa guía inservible de una ciudad misteriosa; en esa pinza del pelo de una mujer que no existe. “Los objetos más prosaicos –escribe Jorge Santayana, en Filosofía del viaje-, las gentes y los incidentes más corrientes, vistos como un panorama de movimientos coordinados, de viajes perpetuos de día y de noche, a través de cien tempestades, de miles de puentes y de túneles, adquieren una grandeza épica, y el mecanismo se mueve con tanta agilidad que parece vivir. Es tan subyugador para mí como las proas que parten el agua, las ruedas que giran, los planetas que se remontan en el cielo, y luego descienden, cosas todas ellas que no tienen vida en sí, pero que son amigas de la vida y nos prometen seguridad en movimiento, fuerza en el arte y novedad en lo necesario”. Viajando. Un viaje oculto dentro de un viaje, antes de un viaje, después del viaje. Trozos de vida que se muestran en conceptos, en objetos, en sombras desconcertantes. Y que se unen, absurdos, a las piezas elegidas para este nuevo viaje. Y que traen al presente, a la memoria, un aroma a destinos inverosímiles, un aliento rebelde que se funde con el mundo, un perfume aún caliente a carne joven y fresca.

(Según Brice Matthieussent “El espíritu rock” sería transhistórico, irrigando no sólo a ciertas obras trascendentes de la literatura anglosajona reciente, en armonía con el contexto musical rock de su época, sino también a libros mucho más antiguos. De este modo, cogidos en un bucle temporal a la Philip K. Dick o a la Lewis Carroll, estas ficciones o estos poemas habrían a su vez sufrido la influencia del rock... Cita Matthieussent, entre otras obras, el Tristram Shandy de Laurence Sterne, En las puertas de la percepción de Aldous Huxley, o en el resplandeciente Matrimonio del cielo y el infierno de William Blake. “¿Y, porqué no –se pregunta Matthieussent-, en la novela fundadora de la literatura norteamericana que es Huckleberry Finn de Mark Twain...?”. “En su última novela –escribe Matthieussent- Mason y Dixon, situada en la América prerevolucionaria de fines del siglo XVIII, Thomas Pynchon celebra el nacimiento de la lengua norteamericana, -fluida, caprichosa, vigorosa, arrebatada, imaginativa, espontánea- en resumen, barroca, así como la emergencia de una nueva música inaudita en la que “los aires populares se convierten en cánticos, y las canciones para beber en himnos (...). ¿No es acaso el Ritmo mismo de las Máquinas, el Clamor de los Molinos, el Vaivén de los Océanos, las Rocas que ruedan?, y bien, si uno desea darle un nombre... - ¡Rock and Roll!, exclama De-Pugh”. Para Pynchon, el rock no nace ni con Chuck Berry, ni con Elvis Presley, sino hacia 1770 y, al mismo tiempo, nos asegura, que los Estados Unidos, el ketchup y la pizza inglesa...”)

(Shenandoah es una palabra nativa de los indios de Norte América cuyo significado ha sido muy discutido. Entre las diversas traducciones dadas podemos encontrar: “hija de las estrellas”; “el ciervo en el bosque”, nombre de uno de los jefes de los indios iroqueses; o “el río que corre a través de elevados cerros y montañas”. También se dice que el término Shenandoah tiene su origen en la lengua de los indios algonquinos, en la que significa “hermosa hija estrella”, “la corriente bordeada de abetos” (picea) o “la vasta pradera”. Otra de las teorías dice que el Valle Shenandoah, en Virginia, fue bautizado con este nombre por Jacob Oliver Roads, “hija de las estrellas”, y la explicación sería los intereses de éste en el carbón de la zona).

domingo, 12 de julio de 2009

GIRL OF THE NORTH COUNTRY


Ella lo llamaba “vaquero” y supo desde el primer momento que estaba completamente loco. Él la llamaba “diamante”, por el brillo de sus ojos, y porque sabía que era una joya preciosa que no estaba a su alcance. Él se acercaba a ella porque era consciente de que allí encontraría la sabiduría. Ella se vistió de negro, y encendió unas velas, y ordenó a las golondrinas que bajaran a las praderas. Y en un ocasión extendió los brazos, y cerró los ojos, y ofreció su cuerpo de ángel, mientras él fumaba en la habitación de al lado, y el deseo golpeaba contra los muros de piedra. Él soñaba con escribir un poema escrito en el siglo XXX, y no creía en los milagros, pero apretaba los dientes. Un día, viajó hasta allí en la 625. Había nubes grises, en el cielo plomizo, y nubes negras o rocas negras en las verdes montañas. Se bañaron desnudos en el lago de hielo y luego guardaron silencio. Después, la noche se hizo profunda y oscura y los labios se secaron y las estrellas mostraron el camino de vuelta. Desde la ciudad de las tinieblas, él construyó un espejismo, y rezó para que las palabras tuvieran sentido. Cada humilde regalo era la letra de un texto, quizás del texto del mundo; pero no siempre el mundo se construye con letras, y tuvo que aprender a leer entre líneas, aceptando que el destino ya estaba escrito, y que había que vivir sin más, sin hacerse preguntas. Y en los rascacielos de la ciudad estudiaron anatomía y la extraña maldición de las ciencias exactas. Y compartieron suspiros, placeres y caricias, mientras alrededor las luces eran signos de extrañeza, y el rumor de la ciudad la canción cansada de la ausencia. Y ella puso en sus manos “Niebla” y “Del sentimiento trágico de la vida”; pero él no era más que un chico de la calle, y su mística de cuero un cuerpo agujerado por las balas, y su única misión sobre la tierra vagar curioso como un perro. Un día le confesó de dónde procedía y le susurró al oído una frase que aprendió de Bruce Springsteen: “Y juro que encontré la llave del universo en el motor de un viejo coche aparcado”. Y le enseñó lo mejor de sí mismo, pero también, mientras la ciudad dormía, le mostró su lado más oscuro. Y no pudieron compartir el amanecer (una segunda oportunidad, un nuevo día) y el rascacielos de los sueños se vino abajo como un castillo de naipes. A la mañana siguiente, ella se levantó nerviosa, y dio vueltas y vueltas y más vueltas alrededor de la cama. Después, recogió sus cosas, observó el color de las señales, y decidió regresar a las montañas. Y él se tomó sus drogas, como hacía cuando el alma le dolía, buscando el paraíso de lo eterno. Y besó los labios de “diamante”, y supo que se estaba despidiendo, y pensó que la vida era mentira, y escuchó una puerta que se cierra.

MUCHACHA DEL NORTE
Bob Dylan

Si viajas por la tierra del norte
Donde los vientos azotan la frontera
Dale recuerdos a una chica que allí vive
En otro tiempo ella fue mi amor

Si llegas cuando arrecia la nevada
Cuando los ríos se hielan y el verano acaba
Por favor, averigua si tiene un buen abrigo
Que la proteja contra el aullido del viento

Dime si aún cae su larga melena
Como una cascada contra su pecho
Dime si aún cae su larga melena
Así la guardo en mi recuerdo

Me pregunto si aún me recuerda
Muchas veces lo he suplicado
En la oscuridad de mi noche
En el resplandor de mi día

De modo que si viajas por la tierra del norte
Donde los vientos azotan la frontera
Dale recuerdos a una chica que allí vive
En otro tiempo ella fue mi amor

domingo, 5 de julio de 2009

DIAMANTE


Mejor así, ¿verdad? Un enigma, como un juego de niños, para poder inventar un mundo. Un enigma, como una ceremonia, o un ritual inocente, para poder expresar la vida. Estaciones, y trenes, a la hora prevista, con besos y flores secas; y habitaciones de hotel con terraza. Y la ciudad a nuestros pies, abajo, caliente, nerviosa, como un laberinto de piedra donde se esconden las palabras. Imágenes del tiempo que ha pasado y que ahora se vuelven extrañas, confusas, borrosas, porque las cosas son así, extrañas, confusas, borrosas. Y nos pasamos la vida intentando responder a las preguntas. Y nos pasamos la vida jugando en habitaciones insólitas, desconocidas, o entre la multitud exaltada que celebra el hedonismo de la carne, orgullosa, al descubierto, y la locura violenta de la música. Estaciones, y trenes, a la hora prevista, con besos y flores secas; y juguetes de papel con letras, amables, profundas, para seguir leyendo. Imágenes del tiempo que ahora se vuelven pasado, presente, futuro, en un círculo mágico, secreto, que siempre regresa a su centro. Para volver a girar de nuevo cuando menos lo esperamos; para dejar a todos en su sitio, de nuevo, extrañados, volteando al borde mismo del abismo, o en esa metafísica o poética del eterno retorno. Y sudamos perlas de mercurio, en el baño turco, mientras las imágenes vuelven. Y las imágenes vuelven porque sólo tu deseo es más fuerte, y sabes que deseas ese aliento, o que ese aliento te desea. Y todo da vueltas y vueltas en el viejo hammam de la memoria. Y todo da vueltas y vueltas, mientras llueve en nuestros cuerpos, y yo la siento cercana. Y todo da vueltas y vueltas, mientras llueve en mi memoria, y deseo empezar de nuevo. Mejor así, ¿verdad? Un enigma, como un juego de niños, para inventar un mundo. Un enigma, como una ceremonia, o un ritual inocente, para expresar la vida. “Debes dar vida a tus imágenes –escribió Rainer Maria Rilke-. Son el futuro esperando venir al mundo... No temas su extrañeza. El futuro debe entrar en ti mucho antes de manifestarse”. Y unos ojos, pequeños y curiosos, que me miran a los ojos, y que ahora serán para siempre. Y unos labios, que ahora beso en el vacío, en la añoranza, cuando la soledad me llama. Y unas manos, unos dedos delgados y afilados, que acarician el regalo de los dioses, mientras diamante se estremece.

domingo, 28 de junio de 2009

ENIGMA


Imagina que vamos a viajar al pasado, a un país extranjero. Imagina que vamos a disfrutar de una tradición nuestra, muy nuestra, que se ha perdido en la noche de los tiempos, pero que aún se puede rastrear en la memoria, y que se puede visitar con la imaginación sin apenas esfuerzo. Una tradición de nuestra tierra. Alguno pensará que estoy escribiendo una tontería, en estos tiempos; pero para entender esto hay que hacerse a la idea de que yo estoy pensando en el historiador Americo Castro, en el escritor Juan Goytisolo, y en el filólogo Miguel Asín Palacios. “El pasado –escribió Leslie Pole Hartley- es un país extranjero: allí las cosas se hacen de manera diferente”. ¿Vamos a hacer nosotros las cosas, al menos por una vez, de manera diferente? ¿A qué Oráculo podrás preguntar para poder intentar descifrar el enigma? Hace cerca de mil años un poeta sufí decía del sufismo que era un sabor, porque su objeto y su fin podrían definirse como una sabiduría directa de verdades trascendentales, más comparable con las experiencias de los sentidos que con el conocimiento que procede de la mente. “¿Donde está la sabiduría que perdimos con el conocimiento?”, anotaría para el caso un poeta de Occidente. Imagina que vamos a visitar un lugar donde todo está preparado para el placer de los sentidos. Un lugar donde el protagonista del “enigma” es un elemento de la naturaleza imprescindible para nuestra supervivencia. Un lugar construido por el hombre para tocar las estrellas y poder conversar con ellas. Para guardar silencio y discutir, en silencio, con uno mismo. Donde alcanzar el paraíso mientras el cuerpo se sumerge en una embriagadora sucesión de movimientos. O permanece quieto, muy quieto, sobre la piedra fría. O refresca sus ideas con el vino de los dioses que brota de las paredes. O se queda en un rincón, indiferente, observando la llama que se agita, que respira, o la quietud imposible de la llama. Imagina que vamos a disfrutar de suaves cambios de temperatura: caliente, templado, frío. Y que si cierras los ojos, y buscas un color para colorear el mapa asombrado de tus impresiones, te encontrarás con el azul, con toda la gama de azules, como esas impresiones fotográficas rescatadas por Walid Raad de los escombros del Líbano. Y, en un momento dado, cambiarás de estancia, y unas manos anónimas escribirán sobre tu piel el poema más hermoso con el elixir de la tinta perfumada por el viento del desierto y el aroma de los pétalos, dulces y delicados, de las flores sagradas. Y yo me encargaré después de leer ese poema con mis labios, para no dejar ni rastro, y tu piel seguirá siendo la misma, pero habrá cambiado para siempre. Y entonces, si tú quieres, escucharemos a los poetas, recostados contra el barro fresco de las paredes. Al poeta Rumi: “Si la locura le encuentra, él la toma por sabiduría”. Al poeta Ibn Arabi: “No hay bondad en un amor si la razón lo gobierna”. Al poeta Ibn al Farid: “No hay lugar digno en el mundo para quien vive sobrio, pues el saber le escapa a quien ebrio no muere”. Y jugaremos a rescatar nuestra mente liberándola de tal modo que el espíritu (en inspiración), tras dejar de caminar, pueda experimentar los movimientos espontáneos de la intuición, de la misma manera que un cuerpo sumergido en el “enigma” se libera de los gestos espontáneos de sus miembros, agitándose sin aferrarse a nada. “Serena tu espíritu y aprende a nadar”, decia Alí al Yamal a propósito del estado de perplejidad, de quietismo, de alumbramiento, que busca el iniciado. Y “Aquellos que no son peces pronto se cansan en el agua”, escribió Rumi, en un instante poético o en la intuición del instante. Y luego ya tendremos tiempo para la Tariqa, para la unión de los cuerpos: carne-espíritu, entraña-luz. Y los dos habremos viajado al pasado, a un país extraño, extranjero. Y los dos habremos viajado por el tiempo. Y nada debe preocuparte, porque este lugar ha sido levantado para celebrar las virtudes del placer y del conocimiento. Como escribió el místico quietista Miguel de Molinos, en su Guía espiritual: “Lo que tú has de hacer será no hacer nada, procura sumergirte... Lo que importa es preparar tu corazón a manera de un blanco papel, donde la divina sabiduría pueda formar los caracteres a su gusto”.

viernes, 19 de junio de 2009

EL SECRETO MEJOR GUARDADO


He entendido que no cruzaré línea alguna. Hay una línea recta que es, a la vez, límite y frontera, y por ella camino. A veces parece que lo hago sobre un alambre fino, a punto de quebrarse, como un equilibrista, y a veces cruzo a un lado u otro lado con la curiosidad nerviosa de un niño. Mi visión de las cosas, entonces, se parte en dos y, en ocasiones, me ataca la inquietud, la desazón, el desasosiego; pero nada parece que pueda llegar a descifrar el enigma. Vivo así con ello, entre la razón de las luces y las sombras de la noche. Y busco la intensidad de un amanecer inverosímil donde pueda convencerme a mí mismo que puedo comenzar de nuevo y descubrir la vida. La oscuridad, sin embargo, es un falso espejismo que se cura con la ayuda de una inteligente conversación y de un cálido abrazo. Hasta llegar hasta ello, hasta llegar hasta ese lugar donde uno se debate entre un estado de extrañeza y la lucha por superar dicho estado; hasta llegar a ese lugar donde no se trata de ser fiel a nuestro “yo”, sino al “yo” que aún no somos y que únicamente conoceremos por medio de la presencia del otro, en el otro, que nos concederá una medida más exacta de nuestras posibilidades, sólo hace falta seguir la única línea recta, la línea de la autopista. Y luego dejarse envolver por el juego encantado de la delgadez de los cuerpos y de la unión elemental de los sentidos. Y luego jugar al juego que con el habías soñado antes, mucho antes, y que ahora se hace realidad y desnudez a un mismo tiempo. Después, más tarde, desaparece como siempre la ceniza de los ojos y éstos vuelven a tener la luminosidad de aquellos que saben y esperan lo imposible. Y hay que encender un cigarrillo, y escuchar la música; y las hebras del tabaco resbalan por los labios todavía húmedos, mientras todo el humo compartido inunda los pulmones de estelas de un placer desconocido y de un polvo de estrellas llameantes y nubes de artificio. Luego, yo me quedo mirándola, observándola, y pienso en la extrañeza, la fantasía, lo cotidiano. Mientras la miro, mientras mis ojos recorren las curvas delicadas de su cuerpo, me pregunto: ¿Por qué cuesta tanto desprenderse de la belleza? ¿Por qué esta criatura me lo da todo, absolutamente todo, a cambio, apenas, de nada? Y entonces, yo debería leer un poema, de un libro de poemas que ha viajado hasta allí conmigo: Buda y otros poemas, de Jack Kerouac. Pero debo volver a la autopista y el lugar, además, no es el apropiado. Así que lo leemos en silencio, y yo estoy a punto de besarla, y lo dejamos todo, porque todo lo que llega hasta un final procede de un principio. Escrito originalmente en francés, y traducido al inglés por Allen Ginsberg, el poema es de un tal Jean-Louis Incogniteau, y dice: “Mi muy amada cuya voluntad es la de no amarme: Mi propia vida que no puede amarme: Yo seduzco a ambas. Ella con mis besos redondos... (En la sonrisa de mi amada la aprobación del cosmos) La vida es mi arte... (Escudo frente a la muerte) Por lo tanto vivo sin castigos. (¡Qué infeliz teodicea!) Uno no sabe. Uno tiene deseos. Que es la suma”. Mientras la miro, mientras mis ojos recorren las curvas delicadas de su cuerpo, me pregunto: ¿Por qué cuesta tanto desprenderse de la belleza? Uno no sabe. Uno tiene deseos. Hay una línea recta que es, a la vez, límite y frontera, y por ella camino. A veces me encuentro con serpientes, venenosas, y a veces me encuentro con diamantes. Y sigo caminando.

miércoles, 3 de junio de 2009

ADICCIONES


He entendido que debo cruzar una línea. Esta es una historia tan vieja como las historias que cuentan los jefes de la tribu para sugerir que el juego al que se juega es el juego correcto, para insinuar cuál es el papel de cada uno en el momento oportuno, para señalar cuáles son los deberes, los derechos y las obligaciones, para recordar, cuidadosamente, en qué se basa la vida, la dirección, y el juego. Uno toma el periódico de un lunes por la mañana y se encuentra con un pretexto, con una metáfora, o con una versión aceptable de lo que ha estado pensando, de lo que piensa momentos antes de leer estas palabras, de lo que acabó pensando estando allí en el momento preciso, de lo que ahora se muestra a lo largo de la línea por la que camina, la única línea recta, la línea de la autopista. “Cuando en el cine –escribe Begoña Gómez, en ADN- un director quiere explicar sin gastar mucho metraje que un personaje está en plena búsqueda/huída de sí mismo, ¿qué hace? Lo coloca en un coche y a éste en una carretera solitaria”. La imagen es una imagen tan sencilla como compleja. La imagen es la misma imagen de siempre; pero nadie puede escapar a sus fantasmas. Espero que Walter Salles lleve, finalmente, En la carretera, a las pantallas. Pero estas líneas no tratan, curiosamente, de este tema. Estas líneas hablan, precisamente, del jefe de la tribu. Del jefe de la tribu Huaroani, por ejemplo, “Mincayani”, el jefe que enseña todo lo que un hombre, en edad adulta, debe saber: que es preciso matar con una lanza para preservar la vida, o morir bajo la lanza de otro guerrero; pero que también es posible abandonar la violencia, y amar a la tribu enemiga, que en otro tiempo provocó la extrañeza. En plena búsqueda/huída de mí mismo, mientras converso, tomo notas que mañana, sin duda, cobrarán sentido. ¿Adicciones? “Todas las sustancias capaces de generar adicción, ya sean euforizantes, sedantes, estimulantes, relajantes, energizantes, desinhibidoras o apaciguadoras, tanto naturales como de diseño, tienen en común una cierta capacidad para estimular la liberación de dopamina en el núcleo accumbens cerebral. Es el área de la recompensa y del placer, donde desembocan los efectos del sexo, la comida, la bebida y también del consumo de drogas adictivas. En todos los casos se potencia una liberación de dopamina por parte de las neuronas del área ventral tegmental, que penetran en el núcleo accumbens provocando euforia y un refuerzo de la conducta que ha desencadenado el estímulo. De esa función derivan asimismo las dependencias psicológicas”. Aunque, desde el “otro lado”, desde el horizonte fronterizo donde, nos guste o no nos guste, estamos condenados –maravillosamente condenados- a convivir con los textos filosóficos, los textos filosóficos que ya, de alguna manera, hemos heredado, los textos filosóficos que, a pesar de todo, de todas las dificultades, hemos hecho nuestros, con la esperanza de que, alguien, algún día, a su vez, herede nuestros textos, las palabras del filósofo, Stanley Cavell, muestran la correspondencia, evidente, y la otra cara del asunto: “Algo de lo que pensamos entra en el área de competencia de un agente moral como tal (...) es lo mismo que entra en lo que concebimos como competencia en conocerse a uno mismo y que entra, en consecuencia, en lo que entendemos por tener un yo (de modo que la moralidad encuentra una fundamentación en el conocimiento)”. ¡Menos mal que, a estas alturas, mientras todo empieza, “Mincayani” y yo nos fumamos, cara a cara, un par de cigarrillos! ¡Menos mal que, mientras todo pasa, y todo termina, unas líneas del periódico se muestran como un pretexto, como una versión aceptable, como una metáfora!

domingo, 24 de mayo de 2009

LA MALLA


Quiero creer que a un científico del pop (Nacho Cano dixit) como Antonio Vega no le hubiera disgustado una analogía como ésta: “Imaginemos –escribió Wittgenstein describiendo su particular visión del conocimiento científico de la realidad- una superficie blanca con manchas negras irregulares. Al margen de la imagen de conjunto que adopten, siempre podremos aproximarnos a ella con toda la exactitud que queramos cubriéndola con una malla tan fina como sea necesario y anotando en cada espacio si es blanco o negro. De esta manera habremos impuesto una estructura uniforme en la descripción de la superficie”. Evidentemente, la malla tendría las características que permitirían un acercamiento lo más exacto posible a esa superficie blanca con manchas negras irregulares que aquí, en estas líneas de escritura, no es más que una metáfora de la vida. Y la malla del científico del pop sería el componente subjetivo, o el elemento a priori kantiano; mientras que la superficie blanca con manchas negras irregulares, es decir, la realidad del mundo y de la vida a la que nosotros podemos tener acceso, sería el elemento objetivo, o el elemento a posteriori kantiano. A través de la malla que anteponía entre él y el mundo, Antonio alcanzaba el conocimiento de la blancura más intensa y de la oscuridad más negra; del claro amanecer de la esperanza y de las noches en vela. Y quiero creer que así se acercaba a la realidad Antonio, a la vida; y que así componía sus canciones, en un ejercicio de sensibilidad extrema, de precisión y de síntesis que las hacía casi perfectas. Y no creo que todas lo fueran (ni tenían porqué serlo); pero media docena de ellas, al menos, las que todos tenemos en mente, expresan lo extraordinario y lo sencillo de las cosas cotidianas; la bendita maldición de la belleza y el símbolo perverso del abismo; las virtudes y los vicios que insinúan la compleja identidad de un ser humano. A través de la malla de Antonio aún se pueden ver los signos de una historia que no se diferencia demasiado de otras historias: una tarde de lluvia, en Malasaña; una copa helada de absenta; un beso robado en la penumbra del “Penta”; pero que en manos de Antonio, en la voz de Antonio, nos recuerdan que se trata de nuestra propia historia, de quienes fuimos entonces y de cómo recorrimos el camino, de quienes somos ahora y porqué nos persiguen los fantasmas. Dejándonos desnudos ante la incógnita implacable de un espejo. Dejándonos a solas con la extrañeza inexplicable de un recuerdo. Que una simple canción consiga todo esto no dejará de asombrar a algunos. Que la cultura de masas sea la responsable de la banda sonora de una vida no debería sorprender a nadie. El rock es sólo basura, pensarán algunos; pero como la Suzanne de Leonard Cohen siempre ha caminado entre la basura y las flores. Y algunas de las flores más hermosas son hijas de la lucidez y el ruido. Y algunas de las flores más hermosas, más sublimes, aparecen donde nadie las espera. Como escribe Nöell Carroll en Una filosofía del arte de masas: “La tarea de condenar o alabar el arte de masas en virtud de su propia naturaleza me parece quijotesca. Como la mayoría de las prácticas humanas, el arte de masas involucra ejemplos dignos e indignos (moral, política y estéticamente), y la alabanza o condena parece apropiada al nivel de los ejemplos particulares. Supongo que podría decirse en su defensa que es valioso porque pone la experiencia estética al alcance de mucha gente; pero yo creo que la auténtica defensa consiste en que ha producido obras de gran calidad”. Aquellos jóvenes muchachos de 1980 olvidaron los nombres de Kierkegaard, Nietzsche, Flaubert, dejando de lado todo lo que significaba la cultura con mayúsculas. Pero, en cambio, memorizaron e hicieron suya una nueva cultura que incluía el aprendizaje de nombres rarísimos: Siouxsie & the Banshees, Echo & the Bunnymen, Joy Division. Y aquellos jóvenes muchachos leyeron a William Blake, una tarde plomiza de otoño: “Los caminos del exceso conducen al palacio de la sabiduría”. Y compartieron el elixir de la eterna juventud olvidándose del resto. Y se hicieron sabios, o al menos lo intentaron, a pesar del riesgo. Bob Spitz, crítico musical, que hizo balance de los 10 años de democracia y música pop para la revista Rolling Stone en 1985, afirmó que aquella generación buscaba emociones en lugar de soluciones. A través de la malla de Antonio se adivinan los signos de una historia que no se diferencia demasiado de nuestra propia historia. A través de la malla de Antonio no se vislumbran soluciones; pero nunca falta el amor, la emoción, el enigma.

martes, 12 de mayo de 2009

NO ME IRÉ MAÑANA


“Pero vigila el enigma de los jóvenes muchachos”.
Pausanias, Descripción de Grecia

domingo, 10 de mayo de 2009

INTERFERENCIAS


Imagina que la vida es así. Una larga autopista, recta y silenciosa, apenas habitada. Una línea imaginaria donde transitar hacia adelante, sin apenas equipaje, y donde todo, absolutamente todo, es posible. Ya te lo dije, ¿recuerdas?: la filosofía no es más que un estilo de vida. Un día, crees haber encontrado al maestro perfecto, al educador virtuoso, que va a señalarte las reglas, los valores, que pueden guiar tus días. Pero, de repente, se producen interferencias, inexplicables, y todo cambia. Los seres humanos cambian, van viajando en línea recta y van cambiando. Y lo que un día tuvo un valor relevante, imprescindible, de pronto nos parece extraño. Y entonces, hay que cambiar la manera de mirar, y de vivir; y eso es todo. Y en eso consiste la vida. Y en eso consiste la autopista, silenciosa, incomprensible. Y en eso consiste la filosofía. Cuando decides hablar por ti mismo, cuando decides que la tradición es sólo un lastre, un peso inútil, debes oír tu propia voz, entre la voz de todos, y apreciar su intensidad, su extrañeza; y debes también acostumbrarte. “Ser inteligible para uno mismo –escribe Stanley Cavell- es como descubrir cuál de entre todas las voces que compiten por expresar tu naturaleza, es de la que debes apropiarte aquí, ahora”. ¿Y que ha hecho que decidas hablar por ti mismo? ¿Por qué has considerado, en determinado momento, el mundo externo como un problema, un sentimiento de insatisfacción con lo que somos, lo que tenemos, y has pensado, vanidoso, que merecemos más, mucho más, de lo que ahora disponemos? Estoicismo, me dices. Retiro y aislamiento. Pero yo soy el cowboy de medianoche (escucho música de carretera) y sería capaz de todo por una buena cerveza. Y ésta es también una manera de establecer una relación genuina con el mundo que puede venir provocada por una pérdida o por una certeza. Y ésta es también una forma de hacer filosofía, mi propia filosofía, al margen, y en contra de todos. Porque yo agotaría el color de una mirada, de tu mirada, sin importarme el mundo. Y me hundiría en los placeres de la carne, de tu carne, hasta volverme loco. Porque si me alejo demasiado del mundo, y de la vida, si me pierdo en “Ninguna Parte”, pierdo lo que da sentido a la existencia; me pierdo a mí mismo. Y esto da lugar a un problema filosófico, a la amenaza del escepticismo; pero ahora las interferencias no me permiten establecer las bases para poder explicar todo esto. Y yo prefiero seguir escuchando música de carretera. Y prefiero seguir soñando con una excelente cerveza. “Y el universo –como escribió Emerson- brilla para cada uno de nosotros”. Y no es éste el momento de perder el rumbo, ni de perder el tiempo. Los “señores de la vida” emersonianos pueden señalar la senda y pueden dibujar el mapa para que el explorador se pierda, de nuevo, o siga su camino con firmeza. Categorías –como señala Cavell- que no experimentan objetos particulares del mundo, sino que experimentan el mundo como totalidad: “Ilusión, temperamento, sucesión, superficie, sorpresa, realidad, subjetividad... he aquí los hilos del telar del tiempo, los señores de la vida”. Y al final, cuando intento nombrar una ciudad (Buenos Aires, por ejemplo), para sellar un pacto, es otra la ciudad que se interpone, o que presenta sus credenciales, en el juego delicado de un dilema. Paris, me dices; y como yo todavía ando despistado (aún tengo en la cabeza música de carretera) me digo a mí mismo: ¡Ah, claro; Paris, Texas! Porque yo soy entonces el cowboy de medianoche y no consigo escapar a la extrañeza. Porque la vida es así, una autopista silenciosa, o una burla eterna, en la que nos movemos como ilusos para no quedarnos quietos. En la que echaríamos el ancla, en algún sitio, pero el fondo es de arenas movedizas. Donde nos comportamos como idiotas por esa necesidad que tenemos de que los estados de ánimo, y los objetos, se sucedan. Pero en la que nada, absolutamente nada, es demasiado fuerte para nosotros. Y en donde nuestro amor por lo real nos lleva a lo permanente. Y la circulación, y el exceso, a la salud del cuerpo.

domingo, 3 de mayo de 2009

MODELOS DE EXTRAÑEZA


Me escribe Magda, desde Veracruz, México. Y, como no son buenas noticias (a estas alturas, todos sabemos qué está ocurriendo en México), me obliga a enfrentar la reflexión con el mundo cotidiano de los hechos, de las implicaciones, de las sospechas, de los sentimientos y de los miedos humanos; me obliga a mirar al mundo, cara a cara, en esta actualidad extraña de pandemia, máscaras protectoras, intereses económicos y datos científicos. ¿Ontología de la actualidad? ¡Quién sabe! El mundo es como una esfera extraordinaria, insólita, donde la extrañeza se muestra como una amenaza, y donde salvar la piel, un día –como escribe Carlos Marzal, el poeta, en Los países nocturnos-, es un milagro. El número de muertos, o infectados, en la gélida y estúpida estadística, dibuja con las cifras de lo exacto el signo informativo de las horas. Felipe Calderón, el presidente, pide a los ciudadanos no salir de casa durante cinco días. Y algunos mexicanos, obligados a elegir entre el exilio universal o la rebelión cósmica, acaban convencidos de que la peste del terror apocalíptico y de la inmovilidad, que la peste de la estupidez humana, es mucho más peligrosa que la peste vírica. Aunque, a estas alturas, quizás ya debería yo haber formulado la primera pregunta; pero la cuestión se me antoja tan oscura que, en principio, no consigo encontrar la pregunta correcta. La anatomía del virus, por ejemplo, genoma del H1N1, me informa de lo siguiente: “los virus de la gripe tienen sus 11 genes repartidos en 8 fragmentos, lo que facilita su variabilidad cuando dos virus infectan una misma célula. El virus H1N1 del brote mexicano es el más complejo estudiado hasta ahora por los científicos”. Y en el Editorial de un medio de formación de masas leo también lo siguiente: “Alerta muy seria, sí. Alarma teñida de dramatismo, no”. Esta es la advertencia de la Organización Mundial de la Salud a los Gobiernos. Y es a partir de aquí, de este concepto, donde la primera pregunta, indiscreta, acierta a expresar una duda: ¿Qué significado posible tiene que estemos, en este preciso momento, en estado de alerta? ¿Qué significa buscar significados más allá de lo que todos, en condiciones normales, damos por suficiente? ¿Por qué tenemos la sensación, en ocasiones, de estar en continuo peligro, o amenazados, o en estado de alerta? Al parecer, según cierta visión del mundo (Mike Davis, The Guardian), el monstruoso poder de la industria ganadera sería el responsable de la gripe porcina. En el cieno fecal de una gorrinera industrial, en las instalaciones de la filial de una importante transnacional, en Veracruz, precisamente, estaría el epicentro del problema. Y esta denuncia nos advierte, además, ante la posibilidad de que los árboles (o el espectáculo) nos impidan ver el bosque; porque lo más importante sería el bosque, es decir: la fracasada estrategia antipandémica de la OMS, el progresivo deterioro de la salud pública mundial, la mordaza aplicada por las grandes transnacionales farmacéuticas a medicamentos vitales y la catástrofe planetaria que es una producción pecuaria industrializada y ecológicamente desquiciada. Pero volvamos de nuevo a las preguntas. ¿Quién se beneficia, al fin y al cabo, de nuestra desinformación, de nuestro miedo, de nuestra indiferencia? Naomi Klein, en La doctrina del sock, también nos ofrece su visión alarmante del mundo. “Este libro –señala la canadiense- es un desafío a la afirmación central y más valorada en la historia oficial: que el triunfo del capitalismo desregulado nació de la libertad, y que los mercados libres irrestrictos van mano en mano con la democracia. En su lugar, mostraré que esta forma fundamentalista de capitalismo ha sido consistentemente traída a la vida por las formas más brutales de coerción, infligidas al cuerpo político colectivo, así como a innumerables cuerpos individuales”. La visión de Naomi Klein, esa hipótesis en forma de venenosa metáfora, descubre los materiales ocultos que van construyendo nuestra historia. Y esta esfera especial, insólita, donde todo lo extraño acaba teniendo un nombre, y toda la extrañeza su elemental concepto, comienza a girar de manera descontrolada, se alborota, y comienza a girar con fuerza. Las sociedades modernas –según Naomi Klein-, son sometidas a verdaderos electroshocks que permiten ablandarlas y someterlas a la aplicación de políticas neoliberales sin anestesia. La idea es que una matanza, un desastre natural, o cualquier hecho que provoque una conmoción importante abre paso a la posibilidad que ciertas políticas neoliberales ponen como condición para que se aplique la política del shock a una sociedad domesticada por el terror y el miedo. “La doctrina del choque, como todas las doctrinas –afirma Klein-, es una filosofía de poder, una filosofía sobre cómo lograr sus propios objetivos políticos y económicos”. La cuestión sería la siguiente: ante una crisis, un desastre, o un choque imprevisto, la sociedad entera se ablanda, se disloca; y la gente, entonces, se desorienta. Al final, se abre una ventana, exactamente como la ventana en la cámara de un interrogatorio. Y en esa ventana, se puede introducir lo que los economistas llaman la “terapia de choque económico”. “Es una especie –concluye Klein- de extrema cirugía de países enteros”. Y, llegados a este punto, observadas con detalle las diferentes metáforas, y las distintas versiones o modelos de extrañeza, ya dispongo de ciertas respuestas, aunque nunca olvido que una respuesta a una cuestión filosófica fácilmente puede resultar incorrecta; no así su liquidación mediante otra pregunta. La escritora mexicana Vivian Abenshushan, por ejemplo, propone ésta: “¿Y entonces de qué sirvió que Duchesne descubriera hace más de un siglo la penicilina?”. Y Vivian Abenshushan contesta: “de nada sirve frente a las alergias provocadas por las condiciones ambientales de la sociedad industrial; de nada sirve si las bacterias se ríen de la penicilina cada vez que se la inyectan a un cerdo enfermo por hacinamiento”. La economía del desgaste biológico se expresa, finalmente, en esa sobredosis de antibióticos y hormonas inyectadas en las venas de animales hacinados, descabezados, en los campos de concentración de las granjas agrícolas. ¿Ontología de la actualidad? ¡Quién sabe! La vida es como un cruce de caminos, inquietante, donde aprendemos las palabras, y las cosas, que dan sentido a la vida. El mundo es esta esfera cotidiana, misteriosa, donde lo extraño se muestra como una amenaza, y donde salvar la piel, un día, es un milagro.

domingo, 26 de abril de 2009

NUESTRO DESTINO MÁS AUTÉNTICO


Una primera impresión, o un juicio equivocado, pueden ser los síntomas de una comprensión precipitada o de una panorámica incompleta. Me cuesta contextualizar determinados asuntos, pero esto también revela cierta forma de leer o de trabajar los textos. Me cuesta leer determinados textos porque, en ocasiones, carezco de la información suficiente y, en otros casos, debo vencer determinados prejuicios. Pero un juicio equivocado debe ser también juzgado o, cuando menos, puesto en tela de juicio. Aunque tampoco tengo claro que determinados juicios, por precipitados, yerren obligatoriamente. Y podría ser que, gracias a la rapidez con la que se emite el juicio, se acertara en algo que, hasta ese momento, pasaba por inadvertido, limitándose a ocupar un cómodo lugar en el consenso de todos y en la conformidad de todos. Si de lo que se trata, además, acertadamente o no, es de opiniones, siempre podemos recordar lo que escribió Thomas Jefferson: “Una opinión equivocada puede ser tolerada donde la razón es libre de combatirla”. Y si, oportunamente, logramos traspasar la tupida red de la opinión, ya amenazada, para ingresar en el mundo desconcertante del concepto, no habremos perdido el tiempo. Las cosas, nos obstante, siempre se pueden decir de muchas maneras. Y si el tono no me gusta, o considero que el desprecio es exagerado, o injustificado, buscaré la fórmula correcta para describir lo que acepto, o aquello que más se acerque a la descripción que acepto. Karl Popper, por ejemplo, lo expresó en los siguientes términos: “El problema entre el racionalismo y el tradicionalismo autoritario puede también describirse como aquél entre, por un lado, la fe en el hombre, en la bondad humana y en la razón humana y, por el otro, desconfianza en el hombre, en su bondad y en su razón”. Cuando de lo que se trata, además, es de hablar de mando y obediencia, de autoridad y sumisión, de señores y súbditos, uno debe estar alerta y, aun a riesgo de equivocarse, tomar determinadas precauciones. Y no debe temer, ni mucho menos, una primera impresión o un juicio equivocado, porque es mucho, muchísimo, lo que está en juego. Y no tendré problema, llegado el momento, en estar de acuerdo con Ortega y Gasset cuando éste dice: “Para mí, nobleza es sinónimo de vida esforzada, puesta siempre a superarse a sí misma, a trascender de lo que ya es hacia lo que se propone como deber y exigencia”; ni cuando señala cuál debe ser “nuestro destino más auténtico”. Será como reconocer de nuevo la “vida buena” en el imperativo pindárico “llega a ser lo que eres”; o en la exigencia wittgensteiniana de “para llegar a ser bueno sigue trabajando”. Pero seguiré tomando precauciones cuando Ortega, más adelante, señale: “Un hombre de selección, para sentirse perfecto, necesita ser especialmente vanidoso, y la creencia en su perfección no está consustancialmente unida a él, no es ingenua, sino que llega de su vanidad, y aun para él mismo tiene un carácter ficticio, imaginario y problemático”. ¿Una primera impresión, de nuevo, una opinión equivocada, un juicio precipitado? A veces, en ocasiones, ocurren estas cosas, y podríamos ahora estar ante ello; pero uno debe asumir ciertos riesgos. “Ensucio todo con mi vanidad”, escribió Wittgenstein. Y también: “Desearía ser un hombre mejor y tener una mente mejor. En realidad estas cosas son una y la misma”.