domingo 28 de junio de 2009

ENIGMA


Imagina que vamos a viajar al pasado, a un país extranjero. Imagina que vamos a disfrutar de una tradición nuestra, muy nuestra, que se ha perdido en la noche de los tiempos, pero que aún se puede rastrear en la memoria, y que se puede visitar con la imaginación sin apenas esfuerzo. Una tradición de nuestra tierra. Alguno pensará que estoy escribiendo una tontería, en estos tiempos; pero para entender esto hay que hacerse a la idea de que yo estoy pensando en el historiador Americo Castro, en el escritor Juan Goytisolo, y en el filólogo Miguel Asín Palacios. “El pasado –escribió Leslie Pole Hartley- es un país extranjero: allí las cosas se hacen de manera diferente”. ¿Vamos a hacer nosotros las cosas, al menos por una vez, de manera diferente? ¿A qué Oráculo podrás preguntar para poder intentar descifrar el enigma? Hace cerca de mil años un poeta sufí decía del sufismo que era un sabor, porque su objeto y su fin podrían definirse como una sabiduría directa de verdades trascendentales, más comparable con las experiencias de los sentidos que con el conocimiento que procede de la mente. “¿Donde está la sabiduría que perdimos con el conocimiento?”, anotaría para el caso un poeta de Occidente. Imagina que vamos a visitar un lugar donde todo está preparado para el placer de los sentidos. Un lugar donde el protagonista del “enigma” es un elemento de la naturaleza imprescindible para nuestra supervivencia. Un lugar construido por el hombre para tocar las estrellas y poder conversar con ellas. Para guardar silencio y discutir, en silencio, con uno mismo. Donde alcanzar el paraíso mientras el cuerpo se sumerge en una embriagadora sucesión de movimientos. O permanece quieto, muy quieto, sobre la piedra fría. O refresca sus ideas con el vino de los dioses que brota de las paredes. O se queda en un rincón, indiferente, observando la llama que se agita, que respira, o la quietud imposible de la llama. Imagina que vamos a disfrutar de suaves cambios de temperatura: caliente, templado, frío. Y que si cierras los ojos, y buscas un color para colorear el mapa asombrado de tus impresiones, te encontrarás con el azul, con toda la gama de azules, como esas impresiones fotográficas rescatadas por Walid Raad de los escombros del Líbano. Y, en un momento dado, cambiarás de estancia, y unas manos anónimas escribirán sobre tu piel el poema más hermoso con el elixir de la tinta perfumada por el viento del desierto y el aroma de los pétalos, dulces y delicados, de las flores sagradas. Y yo me encargaré después de leer ese poema con mis labios, para no dejar ni rastro, y tu piel seguirá siendo la misma, pero habrá cambiado para siempre. Y entonces, si tú quieres, escucharemos a los poetas, recostados contra el barro fresco de las paredes. Al poeta Rumi: “Si la locura le encuentra, él la toma por sabiduría”. Al poeta Ibn Arabi: “No hay bondad en un amor si la razón lo gobierna”. Al poeta Ibn al Farid: “No hay lugar digno en el mundo para quien vive sobrio, pues el saber le escapa a quien ebrio no muere”. Y jugaremos a rescatar nuestra mente liberándola de tal modo que el espíritu (en inspiración), tras dejar de caminar, pueda experimentar los movimientos espontáneos de la intuición, de la misma manera que un cuerpo sumergido en el “enigma” se libera de los gestos espontáneos de sus miembros, agitándose sin aferrarse a nada. “Serena tu espíritu y aprende a nadar”, decia Alí al Yamal a propósito del estado de perplejidad, de quietismo, de alumbramiento, que busca el iniciado. Y “Aquellos que no son peces pronto se cansan en el agua”, escribió Rumi, en un instante poético o en la intuición del instante. Y luego ya tendremos tiempo para la Tariqa, para la unión de los cuerpos: carne-espíritu, entraña-luz. Y los dos habremos viajado al pasado, a un país extraño, extranjero. Y los dos habremos viajado por el tiempo. Y nada debe preocuparte, porque este lugar ha sido levantado para celebrar las virtudes del placer y del conocimiento. Como escribió el místico quietista Miguel de Molinos, en su Guía espiritual: “Lo que tú has de hacer será no hacer nada, procura sumergirte... Lo que importa es preparar tu corazón a manera de un blanco papel, donde la divina sabiduría pueda formar los caracteres a su gusto”.

viernes 19 de junio de 2009

EL SECRETO MEJOR GUARDADO


He entendido que no cruzaré línea alguna. Hay una línea recta que es, a la vez, límite y frontera, y por ella camino. A veces parece que lo hago sobre un alambre fino, a punto de quebrarse, como un equilibrista, y a veces cruzo a un lado u otro lado con la curiosidad nerviosa de un niño. Mi visión de las cosas, entonces, se parte en dos y, en ocasiones, me ataca la inquietud, la desazón, el desasosiego; pero nada parece que pueda llegar a descifrar el enigma. Vivo así con ello, entre la razón de las luces y las sombras de la noche. Y busco la intensidad de un amanecer inverosímil donde pueda convencerme a mí mismo que puedo comenzar de nuevo y descubrir la vida. La oscuridad, sin embargo, es un falso espejismo que se cura con la ayuda de una inteligente conversación y de un cálido abrazo. Hasta llegar hasta ello, hasta llegar hasta ese lugar donde uno se debate entre un estado de extrañeza y la lucha por superar dicho estado; hasta llegar a ese lugar donde no se trata de ser fiel a nuestro “yo”, sino al “yo” que aún no somos y que únicamente conoceremos por medio de la presencia del otro, en el otro, que nos concederá una medida más exacta de nuestras posibilidades, sólo hace falta seguir la única línea recta, la línea de la autopista. Y luego dejarse envolver por el juego encantado de la delgadez de los cuerpos y de la unión elemental de los sentidos. Y luego jugar al juego que con el habías soñado antes, mucho antes, y que ahora se hace realidad y desnudez a un mismo tiempo. Después, más tarde, desaparece como siempre la ceniza de los ojos y éstos vuelven a tener la luminosidad de aquellos que saben y esperan lo imposible. Y hay que encender un cigarrillo, y escuchar la música; y las hebras del tabaco resbalan por los labios todavía húmedos, mientras todo el humo compartido inunda los pulmones de estelas de un placer desconocido y de un polvo de estrellas llameantes y nubes de artificio. Luego, yo me quedo mirándola, observándola, y pienso en la extrañeza, la fantasía, lo cotidiano. Mientras la miro, mientras mis ojos recorren las curvas delicadas de su cuerpo, me pregunto: ¿Por qué cuesta tanto desprenderse de la belleza? ¿Por qué esta criatura me lo da todo, absolutamente todo, a cambio, apenas, de nada? Y entonces, yo debería leer un poema, de un libro de poemas que ha viajado hasta allí conmigo: Buda y otros poemas, de Jack Kerouac. Pero debo volver a la autopista y el lugar, además, no es el apropiado. Así que lo leemos en silencio, y yo estoy a punto de besarla, y lo dejamos todo, porque todo lo que llega hasta un final procede de un principio. Escrito originalmente en francés, y traducido al inglés por Allen Ginsberg, el poema es de un tal Jean-Louis Incogniteau, y dice: “Mi muy amada cuya voluntad es la de no amarme: Mi propia vida que no puede amarme: Yo seduzco a ambas. Ella con mis besos redondos... (En la sonrisa de mi amada la aprobación del cosmos) La vida es mi arte... (Escudo frente a la muerte) Por lo tanto vivo sin castigos. (¡Qué infeliz teodicea!) Uno no sabe. Uno tiene deseos. Que es la suma”. Mientras la miro, mientras mis ojos recorren las curvas delicadas de su cuerpo, me pregunto: ¿Por qué cuesta tanto desprenderse de la belleza? Uno no sabe. Uno tiene deseos. Hay una línea recta que es, a la vez, límite y frontera, y por ella camino. A veces me encuentro con serpientes, venenosas, y a veces me encuentro con diamantes. Y sigo caminando.

miércoles 3 de junio de 2009

ADICCIONES


He entendido que debo cruzar una línea. Esta es una historia tan vieja como las historias que cuentan los jefes de la tribu para sugerir que el juego al que se juega es el juego correcto, para insinuar cuál es el papel de cada uno en el momento oportuno, para señalar cuáles son los deberes, los derechos y las obligaciones, para recordar, cuidadosamente, en qué se basa la vida, la dirección, y el juego. Uno toma el periódico de un lunes por la mañana y se encuentra con un pretexto, con una metáfora, o con una versión aceptable de lo que ha estado pensando, de lo que piensa momentos antes de leer estas palabras, de lo que acabó pensando estando allí en el momento preciso, de lo que ahora se muestra a lo largo de la línea por la que camina, la única línea recta, la línea de la autopista. “Cuando en el cine –escribe Begoña Gómez, en ADN- un director quiere explicar sin gastar mucho metraje que un personaje está en plena búsqueda/huída de sí mismo, ¿qué hace? Lo coloca en un coche y a éste en una carretera solitaria”. La imagen es una imagen tan sencilla como compleja. La imagen es la misma imagen de siempre; pero nadie puede escapar a sus fantasmas. Espero que Walter Salles lleve, finalmente, En la carretera, a las pantallas. Pero estas líneas no tratan, curiosamente, de este tema. Estas líneas hablan, precisamente, del jefe de la tribu. Del jefe de la tribu Huaroani, por ejemplo, “Mincayani”, el jefe que enseña todo lo que un hombre, en edad adulta, debe saber: que es preciso matar con una lanza para preservar la vida, o morir bajo la lanza de otro guerrero; pero que también es posible abandonar la violencia, y amar a la tribu enemiga, que en otro tiempo provocó la extrañeza. En plena búsqueda/huída de mí mismo, mientras converso, tomo notas que mañana, sin duda, cobrarán sentido. ¿Adicciones? “Todas las sustancias capaces de generar adicción, ya sean euforizantes, sedantes, estimulantes, relajantes, energizantes, desinhibidoras o apaciguadoras, tanto naturales como de diseño, tienen en común una cierta capacidad para estimular la liberación de dopamina en el núcleo accumbens cerebral. Es el área de la recompensa y del placer, donde desembocan los efectos del sexo, la comida, la bebida y también del consumo de drogas adictivas. En todos los casos se potencia una liberación de dopamina por parte de las neuronas del área ventral tegmental, que penetran en el núcleo accumbens provocando euforia y un refuerzo de la conducta que ha desencadenado el estímulo. De esa función derivan asimismo las dependencias psicológicas”. Aunque, desde el “otro lado”, desde el horizonte fronterizo donde, nos guste o no nos guste, estamos condenados –maravillosamente condenados- a convivir con los textos filosóficos, los textos filosóficos que ya, de alguna manera, hemos heredado, los textos filosóficos que, a pesar de todo, de todas las dificultades, hemos hecho nuestros, con la esperanza de que, alguien, algún día, a su vez, herede nuestros textos, las palabras del filósofo, Stanley Cavell, muestran la correspondencia, evidente, y la otra cara del asunto: “Algo de lo que pensamos entra en el área de competencia de un agente moral como tal (...) es lo mismo que entra en lo que concebimos como competencia en conocerse a uno mismo y que entra, en consecuencia, en lo que entendemos por tener un yo (de modo que la moralidad encuentra una fundamentación en el conocimiento)”. ¡Menos mal que, a estas alturas, mientras todo empieza, “Mincayani” y yo nos fumamos, cara a cara, un par de cigarrillos! ¡Menos mal que, mientras todo pasa, y todo termina, unas líneas del periódico se muestran como un pretexto, como una versión aceptable, como una metáfora!

domingo 24 de mayo de 2009

LA MALLA


Quiero creer que a un científico del pop (Nacho Cano dixit) como Antonio Vega no le hubiera disgustado una analogía como ésta: “Imaginemos –escribió Wittgenstein describiendo su particular visión del conocimiento científico de la realidad- una superficie blanca con manchas negras irregulares. Al margen de la imagen de conjunto que adopten, siempre podremos aproximarnos a ella con toda la exactitud que queramos cubriéndola con una malla tan fina como sea necesario y anotando en cada espacio si es blanco o negro. De esta manera habremos impuesto una estructura uniforme en la descripción de la superficie”. Evidentemente, la malla tendría las características que permitirían un acercamiento lo más exacto posible a esa superficie blanca con manchas negras irregulares que aquí, en estas líneas de escritura, no es más que una metáfora de la vida. Y la malla del científico del pop sería el componente subjetivo, o el elemento a priori kantiano; mientras que la superficie blanca con manchas negras irregulares, es decir, la realidad del mundo y de la vida a la que nosotros podemos tener acceso, sería el elemento objetivo, o el elemento a posteriori kantiano. A través de la malla que anteponía entre él y el mundo, Antonio alcanzaba el conocimiento de la blancura más intensa y de la oscuridad más negra; del claro amanecer de la esperanza y de las noches en vela. Y quiero creer que así se acercaba a la realidad Antonio, a la vida; y que así componía sus canciones, en un ejercicio de sensibilidad extrema, de precisión y de síntesis que las hacía casi perfectas. Y no creo que todas lo fueran (ni tenían porqué serlo); pero media docena de ellas, al menos, las que todos tenemos en mente, expresan lo extraordinario y lo sencillo de las cosas cotidianas; la bendita maldición de la belleza y el símbolo perverso del abismo; las virtudes y los vicios que insinúan la compleja identidad de un ser humano. A través de la malla de Antonio aún se pueden ver los signos de una historia que no se diferencia demasiado de otras historias: una tarde de lluvia, en Malasaña; una copa helada de absenta; un beso robado en la penumbra del “Penta”; pero que en manos de Antonio, en la voz de Antonio, nos recuerdan que se trata de nuestra propia historia, de quienes fuimos entonces y de cómo recorrimos el camino, de quienes somos ahora y porqué nos persiguen los fantasmas. Dejándonos desnudos ante la incógnita implacable de un espejo. Dejándonos a solas con la extrañeza inexplicable de un recuerdo. Que una simple canción consiga todo esto no dejará de asombrar a algunos. Que la cultura de masas sea la responsable de la banda sonora de una vida no debería sorprender a nadie. El rock es sólo basura, pensarán algunos; pero como la Suzanne de Leonard Cohen siempre ha caminado entre la basura y las flores. Y algunas de las flores más hermosas son hijas de la lucidez y el ruido. Y algunas de las flores más hermosas, más sublimes, aparecen donde nadie las espera. Como escribe Nöell Carroll en Una filosofía del arte de masas: “La tarea de condenar o alabar el arte de masas en virtud de su propia naturaleza me parece quijotesca. Como la mayoría de las prácticas humanas, el arte de masas involucra ejemplos dignos e indignos (moral, política y estéticamente), y la alabanza o condena parece apropiada al nivel de los ejemplos particulares. Supongo que podría decirse en su defensa que es valioso porque pone la experiencia estética al alcance de mucha gente; pero yo creo que la auténtica defensa consiste en que ha producido obras de gran calidad”. Aquellos jóvenes muchachos de 1980 olvidaron los nombres de Kierkegaard, Nietzsche, Flaubert, dejando de lado todo lo que significaba la cultura con mayúsculas. Pero, en cambio, memorizaron e hicieron suya una nueva cultura que incluía el aprendizaje de nombres rarísimos: Siouxsie & the Banshees, Echo & the Bunnymen, Joy Division. Y aquellos jóvenes muchachos leyeron a William Blake, una tarde plomiza de otoño: “Los caminos del exceso conducen al palacio de la sabiduría”. Y compartieron el elixir de la eterna juventud olvidándose del resto. Y se hicieron sabios, o al menos lo intentaron, a pesar del riesgo. Bob Spitz, crítico musical, que hizo balance de los 10 años de democracia y música pop para la revista Rolling Stone en 1985, afirmó que aquella generación buscaba emociones en lugar de soluciones. A través de la malla de Antonio se adivinan los signos de una historia que no se diferencia demasiado de nuestra propia historia. A través de la malla de Antonio no se vislumbran soluciones; pero nunca falta el amor, la emoción, el enigma.

martes 12 de mayo de 2009

NO ME IRÉ MAÑANA


“Pero vigila el enigma de los jóvenes muchachos”.
Pausanias, Descripción de Grecia

domingo 10 de mayo de 2009

INTERFERENCIAS


Imagina que la vida es así. Una larga autopista, recta y silenciosa, apenas habitada. Una línea imaginaria donde transitar hacia adelante, sin apenas equipaje, y donde todo, absolutamente todo, es posible. Ya te lo dije, ¿recuerdas?: la filosofía no es más que un estilo de vida. Un día, crees haber encontrado al maestro perfecto, al educador virtuoso, que va a señalarte las reglas, los valores, que pueden guiar tus días. Pero, de repente, se producen interferencias, inexplicables, y todo cambia. Los seres humanos cambian, van viajando en línea recta y van cambiando. Y lo que un día tuvo un valor relevante, imprescindible, de pronto nos parece extraño. Y entonces, hay que cambiar la manera de mirar, y de vivir; y eso es todo. Y en eso consiste la vida. Y en eso consiste la autopista, silenciosa, incomprensible. Y en eso consiste la filosofía. Cuando decides hablar por ti mismo, cuando decides que la tradición es sólo un lastre, un peso inútil, debes oír tu propia voz, entre la voz de todos, y apreciar su intensidad, su extrañeza; y debes también acostumbrarte. “Ser inteligible para uno mismo –escribe Stanley Cavell- es como descubrir cuál de entre todas las voces que compiten por expresar tu naturaleza, es de la que debes apropiarte aquí, ahora”. ¿Y que ha hecho que decidas hablar por ti mismo? ¿Por qué has considerado, en determinado momento, el mundo externo como un problema, un sentimiento de insatisfacción con lo que somos, lo que tenemos, y has pensado, vanidoso, que merecemos más, mucho más, de lo que ahora disponemos? Estoicismo, me dices. Retiro y aislamiento. Pero yo soy el cowboy de medianoche (escucho música de carretera) y sería capaz de todo por una buena cerveza. Y ésta es también una manera de establecer una relación genuina con el mundo que puede venir provocada por una pérdida o por una certeza. Y ésta es también una forma de hacer filosofía, mi propia filosofía, al margen, y en contra de todos. Porque yo agotaría el color de una mirada, de tu mirada, sin importarme el mundo. Y me hundiría en los placeres de la carne, de tu carne, hasta volverme loco. Porque si me alejo demasiado del mundo, y de la vida, si me pierdo en “Ninguna Parte”, pierdo lo que da sentido a la existencia; me pierdo a mí mismo. Y esto da lugar a un problema filosófico, a la amenaza del escepticismo; pero ahora las interferencias no me permiten establecer las bases para poder explicar todo esto. Y yo prefiero seguir escuchando música de carretera. Y prefiero seguir soñando con una excelente cerveza. “Y el universo –como escribió Emerson- brilla para cada uno de nosotros”. Y no es éste el momento de perder el rumbo, ni de perder el tiempo. Los “señores de la vida” emersonianos pueden señalar la senda y pueden dibujar el mapa para que el explorador se pierda, de nuevo, o siga su camino con firmeza. Categorías –como señala Cavell- que no experimentan objetos particulares del mundo, sino que experimentan el mundo como totalidad: “Ilusión, temperamento, sucesión, superficie, sorpresa, realidad, subjetividad... he aquí los hilos del telar del tiempo, los señores de la vida”. Y al final, cuando intento nombrar una ciudad (Buenos Aires, por ejemplo), para sellar un pacto, es otra la ciudad que se interpone, o que presenta sus credenciales, en el juego delicado de un dilema. Paris, me dices; y como yo todavía ando despistado (aún tengo en la cabeza música de carretera) me digo a mí mismo: ¡Ah, claro; Paris, Texas! Porque yo soy entonces el cowboy de medianoche y no consigo escapar a la extrañeza. Porque la vida es así, una autopista silenciosa, o una burla eterna, en la que nos movemos como ilusos para no quedarnos quietos. En la que echaríamos el ancla, en algún sitio, pero el fondo es de arenas movedizas. Donde nos comportamos como idiotas por esa necesidad que tenemos de que los estados de ánimo, y los objetos, se sucedan. Pero en la que nada, absolutamente nada, es demasiado fuerte para nosotros. Y en donde nuestro amor por lo real nos lleva a lo permanente. Y la circulación, y el exceso, a la salud del cuerpo.

domingo 3 de mayo de 2009

MODELOS DE EXTRAÑEZA


Me escribe Magda, desde Veracruz, México. Y, como no son buenas noticias (a estas alturas, todos sabemos qué está ocurriendo en México), me obliga a enfrentar la reflexión con el mundo cotidiano de los hechos, de las implicaciones, de las sospechas, de los sentimientos y de los miedos humanos; me obliga a mirar al mundo, cara a cara, en esta actualidad extraña de pandemia, máscaras protectoras, intereses económicos y datos científicos. ¿Ontología de la actualidad? ¡Quién sabe! El mundo es como una esfera extraordinaria, insólita, donde la extrañeza se muestra como una amenaza, y donde salvar la piel, un día –como escribe Carlos Marzal, el poeta, en Los países nocturnos-, es un milagro. El número de muertos, o infectados, en la gélida y estúpida estadística, dibuja con las cifras de lo exacto el signo informativo de las horas. Felipe Calderón, el presidente, pide a los ciudadanos no salir de casa durante cinco días. Y algunos mexicanos, obligados a elegir entre el exilio universal o la rebelión cósmica, acaban convencidos de que la peste del terror apocalíptico y de la inmovilidad, que la peste de la estupidez humana, es mucho más peligrosa que la peste vírica. Aunque, a estas alturas, quizás ya debería yo haber formulado la primera pregunta; pero la cuestión se me antoja tan oscura que, en principio, no consigo encontrar la pregunta correcta. La anatomía del virus, por ejemplo, genoma del H1N1, me informa de lo siguiente: “los virus de la gripe tienen sus 11 genes repartidos en 8 fragmentos, lo que facilita su variabilidad cuando dos virus infectan una misma célula. El virus H1N1 del brote mexicano es el más complejo estudiado hasta ahora por los científicos”. Y en el Editorial de un medio de formación de masas leo también lo siguiente: “Alerta muy seria, sí. Alarma teñida de dramatismo, no”. Esta es la advertencia de la Organización Mundial de la Salud a los Gobiernos. Y es a partir de aquí, de este concepto, donde la primera pregunta, indiscreta, acierta a expresar una duda: ¿Qué significado posible tiene que estemos, en este preciso momento, en estado de alerta? ¿Qué significa buscar significados más allá de lo que todos, en condiciones normales, damos por suficiente? ¿Por qué tenemos la sensación, en ocasiones, de estar en continuo peligro, o amenazados, o en estado de alerta? Al parecer, según cierta visión del mundo (Mike Davis, The Guardian), el monstruoso poder de la industria ganadera sería el responsable de la gripe porcina. En el cieno fecal de una gorrinera industrial, en las instalaciones de la filial de una importante transnacional, en Veracruz, precisamente, estaría el epicentro del problema. Y esta denuncia nos advierte, además, ante la posibilidad de que los árboles (o el espectáculo) nos impidan ver el bosque; porque lo más importante sería el bosque, es decir: la fracasada estrategia antipandémica de la OMS, el progresivo deterioro de la salud pública mundial, la mordaza aplicada por las grandes transnacionales farmacéuticas a medicamentos vitales y la catástrofe planetaria que es una producción pecuaria industrializada y ecológicamente desquiciada. Pero volvamos de nuevo a las preguntas. ¿Quién se beneficia, al fin y al cabo, de nuestra desinformación, de nuestro miedo, de nuestra indiferencia? Naomi Klein, en La doctrina del sock, también nos ofrece su visión alarmante del mundo. “Este libro –señala la canadiense- es un desafío a la afirmación central y más valorada en la historia oficial: que el triunfo del capitalismo desregulado nació de la libertad, y que los mercados libres irrestrictos van mano en mano con la democracia. En su lugar, mostraré que esta forma fundamentalista de capitalismo ha sido consistentemente traída a la vida por las formas más brutales de coerción, infligidas al cuerpo político colectivo, así como a innumerables cuerpos individuales”. La visión de Naomi Klein, esa hipótesis en forma de venenosa metáfora, descubre los materiales ocultos que van construyendo nuestra historia. Y esta esfera especial, insólita, donde todo lo extraño acaba teniendo un nombre, y toda la extrañeza su elemental concepto, comienza a girar de manera descontrolada, se alborota, y comienza a girar con fuerza. Las sociedades modernas –según Naomi Klein-, son sometidas a verdaderos electroshocks que permiten ablandarlas y someterlas a la aplicación de políticas neoliberales sin anestesia. La idea es que una matanza, un desastre natural, o cualquier hecho que provoque una conmoción importante abre paso a la posibilidad que ciertas políticas neoliberales ponen como condición para que se aplique la política del shock a una sociedad domesticada por el terror y el miedo. “La doctrina del choque, como todas las doctrinas –afirma Klein-, es una filosofía de poder, una filosofía sobre cómo lograr sus propios objetivos políticos y económicos”. La cuestión sería la siguiente: ante una crisis, un desastre, o un choque imprevisto, la sociedad entera se ablanda, se disloca; y la gente, entonces, se desorienta. Al final, se abre una ventana, exactamente como la ventana en la cámara de un interrogatorio. Y en esa ventana, se puede introducir lo que los economistas llaman la “terapia de choque económico”. “Es una especie –concluye Klein- de extrema cirugía de países enteros”. Y, llegados a este punto, observadas con detalle las diferentes metáforas, y las distintas versiones o modelos de extrañeza, ya dispongo de ciertas respuestas, aunque nunca olvido que una respuesta a una cuestión filosófica fácilmente puede resultar incorrecta; no así su liquidación mediante otra pregunta. La escritora mexicana Vivian Abenshushan, por ejemplo, propone ésta: “¿Y entonces de qué sirvió que Duchesne descubriera hace más de un siglo la penicilina?”. Y Vivian Abenshushan contesta: “de nada sirve frente a las alergias provocadas por las condiciones ambientales de la sociedad industrial; de nada sirve si las bacterias se ríen de la penicilina cada vez que se la inyectan a un cerdo enfermo por hacinamiento”. La economía del desgaste biológico se expresa, finalmente, en esa sobredosis de antibióticos y hormonas inyectadas en las venas de animales hacinados, descabezados, en los campos de concentración de las granjas agrícolas. ¿Ontología de la actualidad? ¡Quién sabe! La vida es como un cruce de caminos, inquietante, donde aprendemos las palabras, y las cosas, que dan sentido a la vida. El mundo es esta esfera cotidiana, misteriosa, donde lo extraño se muestra como una amenaza, y donde salvar la piel, un día, es un milagro.