…y que anticipo a cuenta de lo que imagino que viene a continuación, cuyos conceptos pueden desarrollarse de modo paralelo o transversal: experiencia; conversión o renacimiento; educación; locura; carácter único; no ser entendido. Stanley Cavell. Un tono de filosofía
El lenguaje es un laberinto de caminos, vienes de un lado y sabes por dónde andas; vienes de otro al mismo lugar y ya no lo sabes. Ludwig Wittgenstein. Investigaciones Filosóficas
Apunte. Tan breve y enigmático como una breve y enigmática tarde de domingo. It’s a Wonderful Life, de Frank Capra. Un Cohiba Siglo II. Un sencillo cambio de planes. Anochece, ya en casa, después de tanto viaje, y ahora viaja la mente. La seguridad extraordinaria de que un nuevo curso empieza. Admiración, expresión y sentimiento. Y la sensación, seductora, de que es mucho más lo desconocido que lo que ya conoces. La decisión es tuya (no puede ser de otra manera) y tú eliges: una tradición, un continente, una literatura y una filosofía. Y como estos cuatro elementos, irrenunciables, tendrán que enfrentarse a tradiciones, continentes, literaturas y filosofías, la lógica aparición de las fuentes en el imaginario Cuaderno de Apuntes. “¿Qué podría presagiar –se pregunta Stanley Cavell- sobre la literatura de una cultura el que sus obras fundacionales sean obras de lo fantástico?”. La cuestión de si vemos la humanidad de los otros bajo la sombra de ideas tales como las de viaje imaginario, especialmente en busca del yo; e ideas tales como las de encontrarse en algún límite o umbral, como entre lo imposible y lo posible; e ideas de la confrontación de la otredad; y de algún tipo de reacción adversa a la sensibilidad científica moderna. “¡Qué de seres más diferentes –escribe Thoreau en Walden- y distantes entre sí contemplan lo mismo, en el mismo momento, desde las numerosas mansiones del Universo!... ¿Quién se atrevería a decir qué perspectiva ofrece la vida a otro? ¿Podría ocurrir milagro mayor que el de que nos fuera dado ver con los ojos de otro por un instante?”. Y, anticipándome, y a propósito de lectura y escritura (y esta vez Cavell): “Pero el milagro de ver cada uno de nosotros con los ojos del otro constituye también una descripción thoreauniana de lo que el autor de Walden entiende por escritura: anticiparse a los ojos de su lector, y ofrecerle a éste los suyos. De modo que el hecho de escribir, de la posibilidad del lenguaje como tal, es el milagro, lo fantástico. En consecuencia, el peso de la prueba de que los otros existen cae sobre la escritura y la lectura (cualquier cosa que éstas puedan ser) o, digamos, sobre lo literario, sobre el hecho de su existencia entre nosotros, constituyéndonos –es decir, mientras dure lo genuinamente literario, la conversación, el intercambio, de palabras genuinas”. Y el sol no es más que una estrella de la mañana (hay lugar para la esperanza, para la “buena vida”). Mientras tanto, poco a poco, casi sin esfuerzo, Wittgenstein y su amigo W. Eccles, hacen volar su cometa sobre el cielo plomizo de Glossop.
Hay ciudades que, aunque pudiera parecer lo contrario, ya no existen. Uno las visita a destiempo, a contratiempo, y puede comprobar que ya no están allí los motivos que justificaban el viaje, que los tiempos, irremediablemente, han cambiado, que ciertas palabras conservan el sonido mítico que las hizo tan atractivas en el pasado, pero que nada parece estar ya en su sitio, en el sitio imaginado, y aunque todo se llama por su nombre ya nada parece como antes. Si hubo un antes, y una ciudad que ocupaba el espacio de ese antes, es asunto de dudosa certidumbre. Pero uno ha llegado hasta aquí respondiendo a una llamada (¿London Calling?) y ahora se ve en la obligación de observar las gentes, las cosas, los objetos, intentando encontrar una respuesta a una pregunta que aún se resiste, intentando encontrar explicaciones entre voces distintas que se dirigen a ti en un idioma que tú desconoces. En el lenguaje, piensas, quizás aún en el lenguaje... “Nuestro lenguaje –escribió Wittgenstein en las Investigaciones filosóficas- puede verse como una vieja ciudad: una maraña de callejas y plazas, de viejas y nuevas casas, y de casas con anexos de diversos períodos; y esto rodeado de un conjunto de barrios nuevos con calles rectas y regulares y con casas uniformes”. Pero el lenguaje te lleva hasta lugares donde también se confunden los signos, las señales, donde tampoco es posible resolver el enigma sencillo de esta historia. Y ya sólo te queda el consuelo de cantar, casi en silencio, la canción de las sombras que se asoman, de las marcas que te indican en las calles direcciones imposibles o insalvables, que te invitan a perderse en laberintos, en cenizas de recuerdos que se muestran en mensajes y edificios familiares, en galaxias que se enfrentan a tu paso y te hacen comprender reglas y juego: Abbey Road; Carnaby Street; Brixton. Y tú recorres estos nombres ayudado con una guía, con un mapa, porque la ciudad inexistente se ha convertido ahora en museo, y tu guía no es más que otro catálogo infame, el catálogo obligado de espectáculos, eventos, y exposiciones. Y como otros asistentes a la fiesta buscas hueco entre los escalones de la fuente de Eros, en Piccadilly, y miras los anuncios de neón hasta quedarte ciego. Y luego te encaminas hacia Camden Market, más al norte, y descubres la pirámide invisible que lo protege todo, la gran pirámide invisible protectora de todos los museos, el gran lugar sagrado donde descansan los objetos muertos. Porque hay ciudades que, aunque pudiera parecer lo contrario, ya no existen. Y la prueba más evidente es que, en lugar de vivir estas ciudades, uno las recorre con un mapa; que, en lugar de vivir estas ciudades, uno escribe sobre ellas; que en lugar de vivir estas ciudades, uno está aquí tan sólo para encontrar el muro, un muro que quizás esté aquí, en esta ciudad extraña, o en otra ciudad cualquiera. Hay ciudades que, aunque pudiera parecer lo contrario, ya no existen. Dejaron de existir hace tiempo, mucho tiempo; ya nadie las recuerda. Y dejaron de existir para siempre. Y una parte de ti con ellas.
Lancaster Court Hotel 202/204 Sussex Gardens Hyde Park London W2 3UA 16-09-2009
Viajando. Nadie se ha dejado nada en el camino. Ni el tiempo pasado en Asbury Park, New Jersey, jugando con las atracciones de feria, ni el viaje de ida y vuelta, escrito en el viento, han servido para olvidar o para cortar, de algún modo, el límite o frontera de este viaje. Uno, como todas las mañanas, se levanta de la cama y, sin poder evitarlo, ya está pensando. Y ya está haciendo de nuevo filosofía, a su manera, con las herramientas del tiempo, con los objetos de la vida, con la mirada perdida en el horizonte o en un punto fijo, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía de nuevo en marcha. Quizás entre las Estaciones de Paddington y de Lancaster Gate, en Londres, porque el próximo destino es Londres. Quizás entre las Estaciones de Paddington y de Lancaster Gate, una mañana cualquiera, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía, Joe Strummer, mirando hacia el futuro, tuvo esta idea: “El pensamiento es la razón para levantarse por la mañana”. Y, en ese preciso momento, toda la visión cobró vida al instante. Y todos los objetos, y los seres humanos, comenzaron a moverse en un laberinto invisible donde no había ni entrada ni salida, donde ya estabas dentro, desde el principio, en una esquina cualquiera, y había simplemente que moverse. Wittgenstein, a la altura de Sussex Gardens, recordaba lo sencillo (lo sorprendente) que resulta a veces todo: “Imaginemos un lenguaje –apuntaba en su cuaderno azul, o quizás marrón- en el que, en lugar de decir ‘No encontré a nadie en el cuarto’, uno dijera ‘Encontré en el cuarto al Sr. Nadie’. ¡Qué problemas filosóficos plantearía dicha convención!”. Y a sólo unos metros, encaramado en un árbol llamado sinsentido, en un rincón perdido de Hyde Park o de Kensington Gardens, El Gato de Cheshire aclaraba a Alicia lo sorprendente (lo sencillo) que resulta a veces todo: “Pero si yo no quiero estar entre locos... comentaba Alicia”. “Ah, pero eso no puedes evitarlo –contestaba el Gato-: aquí estamos todos locos. Yo estoy loco. Y tú también”. Uno, como todas las mañanas, se levanta de la cama y, sin poder evitarlo, ya está pensando. Y ya está haciendo de nuevo filosofía, a su manera, con las herramientas del tiempo, con los objetos de la vida, con la mirada perdida en el horizonte o en un punto fijo, con la mirada de “ver” y de hacer filosofía de nuevo en marcha.
Un sueño dura lo que dura un sueño. Un sueño puede durar muchos años, casi toda la vida, pero cuando intentas expresarlo queda reducido a nada. Es como esta lluvia, a la salida de la Estación, tonta y helada, que te moja el cuerpo por completo, lentamente, pero que según pasan las horas desaparece por arte de magia; abandona los hilos extraños de tu pelo engominado; desaparece de tus botas tejanas de sucia punta de acero. Un sueño dura lo que dura un sueño. 1978 queda tan lejos como la última vez que besaste a Wendy, ¿recuerdas? Porque un sueño puede mantenerte con vida, sostenerte engañado; pero un sueño como ese también puede matarte. Lo que la vida te da, la vida te quita; es la ley de la selva, y no sirve darle vueltas. Un sueño es esta ciudad triste, desangelada, que tú has elegido para contarnos tus sueños. Aquí estamos los que crecimos con ellos, los que sentamos a Wendy en nuestras rodillas mientras The River sonaba en un vinilo negro donde también llovía, en una habitación iluminada apenas por una luz roja, mientras las manos acariciaban unos muslos jóvenes y tiernos, cuando los besos aún sabían a cerveza y al sudor caliente del verano. ¿Recuerdas? Un sueño es tan oscuro como esa oscuridad al borde de la ciudad de la que tú me hablabas. Un sueño era una droga perfecta en el momento oportuno y una carrera a ciegas por autopistas de hierro, porque la vida es sólo un sueño, y un sueño dura lo que dura un sueño. Pienso en todo ello en la 415 de un Hotel frío y moderno donde, al menos, puedo fumar, y tomar coca-cola. Apenas faltan un par de horas para el concierto. Tumbado sobre la cama miro hacia el techo, vacío y silencioso, impersonal y sombrío. Me imagino nubes negras y una lluvia que me moja en la 415; y sonrío. Después enciendo un cigarrillo y miro a través de la ventana. Edificios como todos los edificios del mundo y campos húmedos que se van secando con el sol rebelde de la tarde. Ya en el Estadio, me gano a codazos el respeto de los que aspiran a verte de cerca, a compartir tu espacio. Y comprendo que las reglas, a veces, están para ser respetadas; y comprendo que las reglas, a veces, están para saltárselas. Cuando comienzas con Badlands es cuando la sensación de sueño se vuelve más intensa. Ahí estás, de un lado para otro, con tu guitarra al hombro, pero parece que fueras otro. Pero la sensación pasa, y tú no paras en 3 horas, y yo tengo 3 horas para escuchar la música de toda una vida, mi vida, y yo dispongo de 3 horas para ver una imagen continua, infinita, donde me veo y nos vemos conforme pasan los años; donde Wendy no aparece y yo no corro a buscarla; donde todo cambia y todo permanece porque un sueño, colega, es como un sueño. Y, bueno, nunca te tuve tan cerca y no creo que volvamos a encontrarnos. ¿Para qué engañarnos? Ya no somos unos niños, y tú seguirás con tus cosas, y yo tengo mucho trabajo por delante. Tan sólo darte las gracias, tío, por la energía, por el espíritu. Y por uno de los sueños musicales más intensos, y honestos, que he escuchado en mi vida. Ahora los dos debemos volver a la autopista, al camino. Ahora los dos debemos continuar trabajando este sueño.
Valladolid, 1 de agosto de 2009. Bruce Springsteen and the E Street Band. Working on a dream Tour.
Viajando. Un viaje oculto dentro de un viaje, antes de un viaje, después del viaje. Trozos de vida repartidos en conceptos, en objetos, en fotografías; restos de imaginación para traslados imposibles, países inexistentes, continentes falsos. Y, sin embargo, viajas en busca de ese espíritu que no tiene nombre; y esta vez lo quieres cerca, muy cerca, lo más cerca posible. Y quieres que te posea como esa roca redonda y viajera que es su santo y seña, como esa roca que se escupe con orgullo en los momentos amargos, como esa roca que se celebra bendecida en los días de gloria, en la memoria de los días pasajeros, en la ceremonia de la autopista infinita, en el sabor inolvidable de un beso. Viajando. “Las vísperas del viaje –escribió Borges en su Atlas- son una preciosa parte del viaje”. Aunque yo no estoy seguro de si estoy haciendo el equipaje, ahora, o es él, como un fantasma, quien me hace. Extraños recuerdos, oxidados, cuando abro la vieja maleta, desde no se sabe cuando. Trozos de vida que se muestran en conceptos, en objetos, en sombras desconcertantes. Y que se unen, absurdos, a las piezas elegidas para este nuevo viaje. Y que traen al presente, a la memoria, un aroma a caricias extranjeras, un perfume aún caliente a rosas rojas y secas: una guía de una ciudad en la que estuviste hace años; una pinza para el pelo de una mujer que se despidió a tiempo; un libro de poemas que dejaste allí, olvidado, porque quizá te enseñó la verdad terrible del cuento. Viajando. La caja de especias de la tierra. Leonard Cohen: “Eres valiente”, le dije a la Bella Durmiente, al subir esos escalones hasta mi casa, “pero siento que tu hombre, El Príncipe Beso, se haya ido”. “Tú no entiendes del cuento que soy”, dijo ella, “los dos sabemos quién vive en el jardín”. “Pero, a pesar de todas las noches siguientes, nunca supo llamarme Bestia o Cisne”. Y cuando cierras el libro te cortarías un dedo o te beberías el océano. Y al final dejas el libro en la maleta, al fondo, al lado de otros libros; y vuelves a pensar en el espíritu, en el viaje: en esa guía inservible de una ciudad misteriosa; en esa pinza del pelo de una mujer que no existe. “Los objetos más prosaicos –escribe Jorge Santayana, en Filosofía del viaje-, las gentes y los incidentes más corrientes, vistos como un panorama de movimientos coordinados, de viajes perpetuos de día y de noche, a través de cien tempestades, de miles de puentes y de túneles, adquieren una grandeza épica, y el mecanismo se mueve con tanta agilidad que parece vivir. Es tan subyugador para mí como las proas que parten el agua, las ruedas que giran, los planetas que se remontan en el cielo, y luego descienden, cosas todas ellas que no tienen vida en sí, pero que son amigas de la vida y nos prometen seguridad en movimiento, fuerza en el arte y novedad en lo necesario”. Viajando. Un viaje oculto dentro de un viaje, antes de un viaje, después del viaje. Trozos de vida que se muestran en conceptos, en objetos, en sombras desconcertantes. Y que se unen, absurdos, a las piezas elegidas para este nuevo viaje. Y que traen al presente, a la memoria, un aroma a destinos inverosímiles, un aliento rebelde que se funde con el mundo, un perfume aún caliente a carne joven y fresca.
(Según Brice Matthieussent “El espíritu rock” sería transhistórico, irrigando no sólo a ciertas obras trascendentes de la literatura anglosajona reciente, en armonía con el contexto musical rock de su época, sino también a libros mucho más antiguos. De este modo, cogidos en un bucle temporal a la Philip K. Dick o a la Lewis Carroll, estas ficciones o estos poemas habrían a su vez sufrido la influencia del rock... Cita Matthieussent, entre otras obras, el Tristram Shandy de Laurence Sterne, En las puertas de la percepción de Aldous Huxley, o en el resplandeciente Matrimonio del cielo y el infierno de William Blake. “¿Y, porqué no –se pregunta Matthieussent-, en la novela fundadora de la literatura norteamericana que es Huckleberry Finn de Mark Twain...?”. “En su última novela –escribe Matthieussent- Mason y Dixon, situada en la América prerevolucionaria de fines del siglo XVIII, Thomas Pynchon celebra el nacimiento de la lengua norteamericana, -fluida, caprichosa, vigorosa, arrebatada, imaginativa, espontánea- en resumen, barroca, así como la emergencia de una nueva música inaudita en la que “los aires populares se convierten en cánticos, y las canciones para beber en himnos (...). ¿No es acaso el Ritmo mismo de las Máquinas, el Clamor de los Molinos, el Vaivén de los Océanos, las Rocas que ruedan?, y bien, si uno desea darle un nombre... - ¡Rock and Roll!, exclama De-Pugh”. Para Pynchon, el rock no nace ni con Chuck Berry, ni con Elvis Presley, sino hacia 1770 y, al mismo tiempo, nos asegura, que los Estados Unidos, el ketchup y la pizza inglesa...”)
(Shenandoah es una palabra nativa de los indios de Norte América cuyo significado ha sido muy discutido. Entre las diversas traducciones dadas podemos encontrar: “hija de las estrellas”; “el ciervo en el bosque”, nombre de uno de los jefes de los indios iroqueses; o “el río que corre a través de elevados cerros y montañas”. También se dice que el término Shenandoah tiene su origen en la lengua de los indios algonquinos, en la que significa “hermosa hija estrella”, “la corriente bordeada de abetos” (picea) o “la vasta pradera”. Otra de las teorías dice que el Valle Shenandoah, en Virginia, fue bautizado con este nombre por Jacob Oliver Roads, “hija de las estrellas”, y la explicación sería los intereses de éste en el carbón de la zona).
Ella lo llamaba “vaquero” y supo desde el primer momento que estaba completamente loco. Él la llamaba “diamante”, por el brillo de sus ojos, y porque sabía que era una joya preciosa que no estaba a su alcance. Él se acercaba a ella porque era consciente de que allí encontraría la sabiduría. Ella se vistió de negro, y encendió unas velas, y ordenó a las golondrinas que bajaran a las praderas. Y en un ocasión extendió los brazos, y cerró los ojos, y ofreció su cuerpo de ángel, mientras él fumaba en la habitación de al lado, y el deseo golpeaba contra los muros de piedra. Él soñaba con escribir un poema escrito en el siglo XXX, y no creía en los milagros, pero apretaba los dientes. Un día, viajó hasta allí en la 625. Había nubes grises, en el cielo plomizo, y nubes negras o rocas negras en las verdes montañas. Se bañaron desnudos en el lago de hielo y luego guardaron silencio. Después, la noche se hizo profunda y oscura y los labios se secaron y las estrellas mostraron el camino de vuelta. Desde la ciudad de las tinieblas, él construyó un espejismo, y rezó para que las palabras tuvieran sentido. Cada humilde regalo era la letra de un texto, quizás del texto del mundo; pero no siempre el mundo se construye con letras, y tuvo que aprender a leer entre líneas, aceptando que el destino ya estaba escrito, y que había que vivir sin más, sin hacerse preguntas. Y en los rascacielos de la ciudad estudiaron anatomía y la extraña maldición de las ciencias exactas. Y compartieron suspiros, placeres y caricias, mientras alrededor las luces eran signos de extrañeza, y el rumor de la ciudad la canción cansada de la ausencia. Y ella puso en sus manos “Niebla” y “Del sentimiento trágico de la vida”; pero él no era más que un chico de la calle, y su mística de cuero un cuerpo agujerado por las balas, y su única misión sobre la tierra vagar curioso como un perro. Un día le confesó de dónde procedía y le susurró al oído una frase que aprendió de Bruce Springsteen: “Y juro que encontré la llave del universo en el motor de un viejo coche aparcado”. Y le enseñó lo mejor de sí mismo, pero también, mientras la ciudad dormía, le mostró su lado más oscuro. Y no pudieron compartir el amanecer (una segunda oportunidad, un nuevo día) y el rascacielos de los sueños se vino abajo como un castillo de naipes. A la mañana siguiente, ella se levantó nerviosa, y dio vueltas y vueltas y más vueltas alrededor de la cama. Después, recogió sus cosas, observó el color de las señales, y decidió regresar a las montañas. Y él se tomó sus drogas, como hacía cuando el alma le dolía, buscando el paraíso de lo eterno. Y besó los labios de “diamante”, y supo que se estaba despidiendo, y pensó que la vida era mentira, y escuchó una puerta que se cierra.
MUCHACHA DEL NORTE Bob Dylan
Si viajas por la tierra del norte Donde los vientos azotan la frontera Dale recuerdos a una chica que allí vive En otro tiempo ella fue mi amor
Si llegas cuando arrecia la nevada Cuando los ríos se hielan y el verano acaba Por favor, averigua si tiene un buen abrigo Que la proteja contra el aullido del viento
Dime si aún cae su larga melena Como una cascada contra su pecho Dime si aún cae su larga melena Así la guardo en mi recuerdo
Me pregunto si aún me recuerda Muchas veces lo he suplicado En la oscuridad de mi noche En el resplandor de mi día
De modo que si viajas por la tierra del norte Donde los vientos azotan la frontera Dale recuerdos a una chica que allí vive En otro tiempo ella fue mi amor
Mejor así, ¿verdad? Un enigma, como un juego de niños, para poder inventar un mundo. Un enigma, como una ceremonia, o un ritual inocente, para poder expresar la vida. Estaciones, y trenes, a la hora prevista, con besos y flores secas; y habitaciones de hotel con terraza. Y la ciudad a nuestros pies, abajo, caliente, nerviosa, como un laberinto de piedra donde se esconden las palabras. Imágenes del tiempo que ha pasado y que ahora se vuelven extrañas, confusas, borrosas, porque las cosas son así, extrañas, confusas, borrosas. Y nos pasamos la vida intentando responder a las preguntas. Y nos pasamos la vida jugando en habitaciones insólitas, desconocidas, o entre la multitud exaltada que celebra el hedonismo de la carne, orgullosa, al descubierto, y la locura violenta de la música. Estaciones, y trenes, a la hora prevista, con besos y flores secas; y juguetes de papel con letras, amables, profundas, para seguir leyendo. Imágenes del tiempo que ahora se vuelven pasado, presente, futuro, en un círculo mágico, secreto, que siempre regresa a su centro. Para volver a girar de nuevo cuando menos lo esperamos; para dejar a todos en su sitio, de nuevo, extrañados, volteando al borde mismo del abismo, o en esa metafísica o poética del eterno retorno. Y sudamos perlas de mercurio, en el baño turco, mientras las imágenes vuelven. Y las imágenes vuelven porque sólo tu deseo es más fuerte, y sabes que deseas ese aliento, o que ese aliento te desea. Y todo da vueltas y vueltas en el viejo hammam de la memoria. Y todo da vueltas y vueltas, mientras llueve en nuestros cuerpos, y yo la siento cercana. Y todo da vueltas y vueltas, mientras llueve en mi memoria, y deseo empezar de nuevo. Mejor así, ¿verdad? Un enigma, como un juego de niños, para inventar un mundo. Un enigma, como una ceremonia, o un ritual inocente, para expresar la vida. “Debes dar vida a tus imágenes –escribió Rainer Maria Rilke-. Son el futuro esperando venir al mundo... No temas su extrañeza. El futuro debe entrar en ti mucho antes de manifestarse”. Y unos ojos, pequeños y curiosos, que me miran a los ojos, y que ahora serán para siempre. Y unos labios, que ahora beso en el vacío, en la añoranza, cuando la soledad me llama. Y unas manos, unos dedos delgados y afilados, que acarician el regalo de los dioses, mientras diamante se estremece.