lunes, 3 de agosto de 2009

TRABAJANDO EN UN SUEÑO


Un sueño dura lo que dura un sueño. Un sueño puede durar muchos años, casi toda la vida, pero cuando intentas expresarlo queda reducido a nada. Es como esta lluvia, a la salida de la Estación, tonta y helada, que te moja el cuerpo por completo, lentamente, pero que según pasan las horas desaparece por arte de magia; abandona los hilos extraños de tu pelo engominado; desaparece de tus botas tejanas de sucia punta de acero. Un sueño dura lo que dura un sueño. 1978 queda tan lejos como la última vez que besaste a Wendy, ¿recuerdas? Porque un sueño puede mantenerte con vida, sostenerte engañado; pero un sueño como ese también puede matarte. Lo que la vida te da, la vida te quita; es la ley de la selva, y no sirve darle vueltas. Un sueño es esta ciudad triste, desangelada, que tú has elegido para contarnos tus sueños. Aquí estamos los que crecimos con ellos, los que sentamos a Wendy en nuestras rodillas mientras The River sonaba en un vinilo negro donde también llovía, en una habitación iluminada apenas por una luz roja, mientras las manos acariciaban unos muslos jóvenes y tiernos, cuando los besos aún sabían a cerveza y al sudor caliente del verano. ¿Recuerdas? Un sueño es tan oscuro como esa oscuridad al borde de la ciudad de la que tú me hablabas. Un sueño era una droga perfecta en el momento oportuno y una carrera a ciegas por autopistas de hierro, porque la vida es sólo un sueño, y un sueño dura lo que dura un sueño. Pienso en todo ello en la 415 de un Hotel frío y moderno donde, al menos, puedo fumar, y tomar coca-cola. Apenas faltan un par de horas para el concierto. Tumbado sobre la cama miro hacia el techo, vacío y silencioso, impersonal y sombrío. Me imagino nubes negras y una lluvia que me moja en la 415; y sonrío. Después enciendo un cigarrillo y miro a través de la ventana. Edificios como todos los edificios del mundo y campos húmedos que se van secando con el sol rebelde de la tarde. Ya en el Estadio, me gano a codazos el respeto de los que aspiran a verte de cerca, a compartir tu espacio. Y comprendo que las reglas, a veces, están para ser respetadas; y comprendo que las reglas, a veces, están para saltárselas. Cuando comienzas con Badlands es cuando la sensación de sueño se vuelve más intensa. Ahí estás, de un lado para otro, con tu guitarra al hombro, pero parece que fueras otro. Pero la sensación pasa, y tú no paras en 3 horas, y yo tengo 3 horas para escuchar la música de toda una vida, mi vida, y yo dispongo de 3 horas para ver una imagen continua, infinita, donde me veo y nos vemos conforme pasan los años; donde Wendy no aparece y yo no corro a buscarla; donde todo cambia y todo permanece porque un sueño, colega, es como un sueño. Y, bueno, nunca te tuve tan cerca y no creo que volvamos a encontrarnos. ¿Para qué engañarnos? Ya no somos unos niños, y tú seguirás con tus cosas, y yo tengo mucho trabajo por delante. Tan sólo darte las gracias, tío, por la energía, por el espíritu. Y por uno de los sueños musicales más intensos, y honestos, que he escuchado en mi vida. Ahora los dos debemos volver a la autopista, al camino. Ahora los dos debemos continuar trabajando este sueño.

Valladolid, 1 de agosto de 2009.
Bruce Springsteen and the E Street Band.
Working on a dream Tour.

2 comentarios:

C. Martín dijo...

Me alegro de que cumplieras uno de tus sueños; la experiencia de un concierto ofrecido por alguien a quien admiras es difícilmente igualable y se queda grabada en el corazón.
Por poquitos días no he podido coincidir y te habría mostrado la parte de la ciudad, de mi ciudad, que la hace cálida y coqueta.
Pero al final no son los paisajes, sino las vivencias con las que nos atrapan las ciudades.

Enrique Bustamante dijo...

Sí, son las vivencias personales las que hacen que, Valladolid, precisamente, no me traiga buenos recuerdos. Pero, bueno, ahora, con lo del concierto, la balanza se ha equilibrado. Seguro que si tú me muestras tu ciudad, ahora, mi opinión sería distinta. Es cuestión de experiencias.

Un fuerte abrazo.