jueves, 1 de enero de 2009

NOCTURNO DE AÑO NUEVO


Me quedé sin palabras. De pronto, del otro lado del puente, desde la otra orilla del enlace donde se encuentra el mundo, donde se hace y se deshace con paciencia la cuadratura del círculo, el rito misterioso de los gestos, la seducción, los signos, la clave de todas las especies, donde la luz es carne, incomprensible, y la carne horizonte de los sueños, de pronto, digo, se oscureció la estrella, la última cadena que alumbraba, ardiente, sobre el tapiz del genio, el único sentido que volvía, y se quedaba, aunque tuviera miedo, la lámpara maravillosa del desierto, el alfabeto mágico, sagrado, la voz de los susurros excitantes, en la autopista de las tentaciones, que invoca a los placeres de la sangre, el eco inexplicable del planeta, la arquitectura inquieta del deseo, los planes de un viaje impostergable a Dublín o Edimburgo, la música de Mermaid Avenue, la lógica ancestral del eternauta, el axolotl de oro, el delicioso blues de los amantes locos, el canto de sirenas, y apareció el silencio, digo, y me quedé sin ellas, a solas, jugando entre tinieblas, y se acabó este juego. Y un juego no es un juego, con sus reglas, si faltan jugadores que lo juegan. Y ahora, de este lado, del lado del invierno y la ceniza, un cuervo picotea conexiones; encuentro y desencuentro de la vida en el ciberespacio incierto; lectura de las venas de algún libro; Nocturno de Año Nuevo entre quimeras. Una fotografía, a oscuras, es como un mapa absurdo que se traduce a oscuras, sin diccionario, al idioma imprevisible de las sombras. Diane Arbus lo tenía muy claro: “La fotografía es un secreto sobre un secreto”. Y tú puedes tomar fotografías; es éste el mejor día; no lo dudes: la gente ha descubierto una aventura, o eso cree, y celebra este hecho con agrado. El negro es el color de las sorpresas; se fija en el secreto. Y yo acudo a respirar el aire fresco, mientras pregunto a oscuras, y observo fotografías; y acudo a preguntar mientras respiro, y a oscuras, y observo fotografías. Antes, almacené en mi almohada de silencios palabras ignorantes como drogas, y velas, y anzuelos, y amuletos, para afrontar la ausencia que esperaba, y alimenté con ellas los trayectos que muestran el orden insensible del futuro y el blanco de un monólogo sin marcas: Colonia del Sacramento; Punta del Este; La Mansa; La Brava; Punta Ballena... Y escribí luego poemas donde agoté este margen, y aparecieron grietas, y surcos, y hendiduras, difíciles de unir sin más palabras. “¿Dónde estarás ahora, Elisewin?”, se preguntaba el cuervo; pero nadie contestaba con palabras. Y cuando alguien se queda sin palabras, a oscuras, corre el grave riesgo de que se produzcan inevitables huecos gramaticales. Y entonces, uno cae en la tentación de seguir jugando, a solas, sin jugador enfrente, al juego de lenguaje que jugaba, y provoca sin quererlo situaciones, o eventos, realmente insólitos; destinos sin hogar donde los huecos encuentran su caldo de cultivo; mensajes sin buzón y sin respuesta que muestran la razón de lo inaudito. ¿Pero quién resiste cien días sin jugar a su juego favorito? ¿Dónde estarás ahora, mi amor, Elisewin?, le pregunto yo al cuervo... En la tarde del 25 de octubre de 1946, en las habitaciones apenas amuebladas del último piso de la torre de Whewell’s Court, en Cambridge, Ludwig Wittgenstein, crispado, increpaba a sus alumnos de seminario, mientras sus ojos buscaban en los muros alguna irradiación desconocida, o una cometa, y mientras cuervos y cuervos y más cuervos volaban sobre el cielo del King’s College. “¿Qué quiere decir hablar con uno mismo?”, se preguntaba Wittgenstein, nervioso. Y un alumno tímido, encogido, acertó a esbozar la analogía: “es como una campana –dijo- cuyo sonido se apaga en la lejanía, de modo que no se sabe si se ha imaginado o se ha oído”. Un juego no es un juego, con sus reglas, si faltan jugadores que lo juegan. Y el negro es el color de los secretos; se fija en la mirada. Y un juego no es un juego, con sus reglas, si nadie mueve pieza, al otro lado.

2 comentarios:

María dijo...

Espléndido.

Anónimo dijo...

del otro lado.
No sabes en qué momento el puente se corta por un suspiro o un rayo, la levedad o la fuerza resultan, en definitiva, intrascedentes. Sólo está la imagen, o mejor aún la certeza de que algo injuria la comunión.

Un cuerpo y otro cuerpo tendidos sobre la cama. Dos respiraciones casi simultáneas y ni un roce. Y no logras conciliar el sueño y te preguntas: dónde está el sentido de esta permanencia? no hay ni siquiera un puente de cuerdas improvisado, no existe ni una cuerda, no existe punto de contacto. Y vuelves tu mirada al otro cuerpo y sabes su nombre, pero lo llamas y no responde,porque lo que no puedes tocar con tus palabras es el alma que se aleja.
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Tus palabras, como siempre, son indiscutiblemente lindas, tal vez las más lindas que he leido como antigua secretaria de un escritor en un pueblito perdido del uruguay.