domingo, 12 de octubre de 2008

EL CRONÓFAGO

¿Qué es lo que tengo entre manos? ¿Qué me tiene seducido, impaciente, obsesionado? ¿Qué es lo que me impide sentarme, a observar el mundo, o levantar el vuelo, erguido, liberado? Toda reivindicación comienza con una pregunta. Y hay preguntas que suponen una lectura exigente, incisiva, una perspectiva sugerente que ayude a despejar todas las dudas. “¿Qué es, pues el tiempo?”, se interrogaba Agustín de Hipona, en las Confesiones. Y respondía: “Si nadie me lo pregunta lo sé. Pero si quiero explicarlo a quien me pregunta, no lo sé”. Como el asunto trata de cierta patología, podría acudir a mi psicólogo, o a la ciencia; pero prefiero acudir a la filosofía. Quizás tenga razón Giacomo Marramao (Apología del tiempo oportuno, Editorial Gedisa), cuando afirma que la modernidad se proyecta en el futuro, que es futurocéntrica. El tiempo se ha convertido en nuestro mayor enemigo. Pensamos en cada instante en función del próximo, y el valor del presente no es un valor en sí mismo, sino un valor en relación con el futuro. Casi resulta imposible la experiencia del presente. Y vivir la experiencia intensiva del presente –afirma Marramao- es la condición para pensar de una manera abierta hacia el futuro. Como dice mi secretaria, siempre oportuna, se trata de leer la naturaleza, los libros, la música, o de quedarse mirando fijamente al techo; se trata de alcanzar la paz de transitar por otra dimensión del tiempo. Es entonces cuando aparece el tiempo de los árboles, el tiempo de la siembra, el tiempo de la música. En esos instantes, el tiempo, como concepto asfixiante, pierde toda trascendencia, y aparece la maravilla creadora de su paso: la obra. Aunque a veces, por más que lo intentas, no logras vencer la sensación de ansiedad y de impaciencia, la visión futurocéntrica, que hace de ti un juguete, inútil, en manos extrañas, que hace de ti una marioneta sacudida por el viento. Aunque nada está oculto, aunque todo está a la vista, cuando acudes al poeta, al filósofo, éste responde con evasivas, o responde con preguntas que carecen de la necesidad evidente de una respuesta. “¿A dónde va el pasado? (¿A dónde va la llama de la vela cuando se apaga?) ¿De dónde viene el futuro? (¿De dónde viene la luz de la bombilla cuando se enciende?)”. Wittgenstein se hacía estas preguntas para intentar disolver confusiones y aclarar analogías que nos arrastran irremediablemente. Pero la cuestión es que yo, ahora, necesito que el tiempo pase deprisa; a pesar de los consejos de la filosofía, yo mismo abrazo, voluntariamente, la patología del futuro. Y no sé qué hubieran pensado San Agustín, o Giacomo Marramao, o el mismo Wittgenstein, ante el reloj de John Taylor. Yo ahora necesito un reloj como éste, un reloj que no tiene ni números ni manecillas, un reloj de 60 hendiduras de oro que se iluminan para indicar la hora. Sobre él se desplaza un gigantesco saltamontes, bautizado como “cronófago”, o “devorador del tiempo”. Cada paso que da marca un segundo, y sus movimientos generan destellos de luces azules que viajan por la esfera hasta detenerse en la hora exacta. Pero el reloj sólo indica la hora con precisión cada cinco minutos; el resto del tiempo las luces sólo sirven de adorno. Si este reloj devora el tiempo (“Yo también quería mostrar que el tiempo es un destructor: cada minuto desaparece algo que uno no puede recuperar jamás”, afirma John Taylor), este es el reloj que necesito. Y después necesitaré un reloj que haga justamente lo contrario: que detenga el tiempo, que lo deje en suspenso, que se limite a palpitar con lentitud, con dulzura, pero en un silencio eterno. También creía Wittgenstein que quien vive el presente vive eternamente. Aunque a mi lado, Bob Dylan, susurra la pregunta que me inquieta: “¿y cuánto tiempo tiene un hombre que mirar hacia arriba antes de que pueda ver el cielo?”. Un cielo nuevo, limpio y despejado. Un cielo azul de luces y segundos. Un cielo de preguntas sin respuesta.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola he llegado a tu cruce de caminos por casualidad. Me he detenido a pensar, me gustan tus reflexiones tal vez porque yo también me considero una outsider.Quiero pensar que cada día nazco en el presente, es una nueva oportunidad para poder abandonar los prejuicios que nos encadenan y condicionan y ver el mundo de una forma nueva. Sólo nos queda el aqui y ahora, nuestro tiempo es finito y eterno como un instante vivido intensamente.

Saludos
angy

María de Herem dijo...

Me está encantando Leerle. En serio. K.O. No de enamorada, sino de porque se puede encontrar a alguien que te comunique cosas en la Red. Que sí, que sí, que pasó... pero hacía mucho que no pasaba. Y esto es puro. Felicidades a usted. Aunque yo no soy nada decorosa. Y eso del usted no significa nada para mí. Es algo que se dice por algo. Bueno adiós, Mucho gusto, mucha miel y saliva. Tú.

yo.

María de Herem dijo...

He vuelto. Ha sido más profundo. Yo creo que la respuesta es la especie. La especie conoce el Futuro, acaso. Nosotros no, conocemos algunas de sus intermitencias. Y en concreto nosotros intuimos un futuro que en nada se parecerá a éste pero también sabemos que no será así para todos. Sólo los más aptos... Porque el esclavo ya era necesario en Grecia y si se deja al futuro en manos de la tecnología puede que lo dioses existan esperándonos en el futuro.

Laura dijo...

Como el próximo post de mi blog estará seguramente dedicado al tiempo, aterricé por azar en ésta encrucijada de caminos, para leer "el cronófago" y ahora que la física se replantea el concepto y que posiblemente nada sea como parezca, yo que he aprendido a considerar el instante como única realidad, porque el futuro puede llegar o no y el pasado se fue, me pregunto una y otra vez si "tempus fugit" ¿el tiempo existe????