domingo, 24 de mayo de 2009

LA MALLA


Quiero creer que a un científico del pop (Nacho Cano dixit) como Antonio Vega no le hubiera disgustado una analogía como ésta: “Imaginemos –escribió Wittgenstein describiendo su particular visión del conocimiento científico de la realidad- una superficie blanca con manchas negras irregulares. Al margen de la imagen de conjunto que adopten, siempre podremos aproximarnos a ella con toda la exactitud que queramos cubriéndola con una malla tan fina como sea necesario y anotando en cada espacio si es blanco o negro. De esta manera habremos impuesto una estructura uniforme en la descripción de la superficie”. Evidentemente, la malla tendría las características que permitirían un acercamiento lo más exacto posible a esa superficie blanca con manchas negras irregulares que aquí, en estas líneas de escritura, no es más que una metáfora de la vida. Y la malla del científico del pop sería el componente subjetivo, o el elemento a priori kantiano; mientras que la superficie blanca con manchas negras irregulares, es decir, la realidad del mundo y de la vida a la que nosotros podemos tener acceso, sería el elemento objetivo, o el elemento a posteriori kantiano. A través de la malla que anteponía entre él y el mundo, Antonio alcanzaba el conocimiento de la blancura más intensa y de la oscuridad más negra; del claro amanecer de la esperanza y de las noches en vela. Y quiero creer que así se acercaba a la realidad Antonio, a la vida; y que así componía sus canciones, en un ejercicio de sensibilidad extrema, de precisión y de síntesis que las hacía casi perfectas. Y no creo que todas lo fueran (ni tenían porqué serlo); pero media docena de ellas, al menos, las que todos tenemos en mente, expresan lo extraordinario y lo sencillo de las cosas cotidianas; la bendita maldición de la belleza y el símbolo perverso del abismo; las virtudes y los vicios que insinúan la compleja identidad de un ser humano. A través de la malla de Antonio aún se pueden ver los signos de una historia que no se diferencia demasiado de otras historias: una tarde de lluvia, en Malasaña; una copa helada de absenta; un beso robado en la penumbra del “Penta”; pero que en manos de Antonio, en la voz de Antonio, nos recuerdan que se trata de nuestra propia historia, de quienes fuimos entonces y de cómo recorrimos el camino, de quienes somos ahora y porqué nos persiguen los fantasmas. Dejándonos desnudos ante la incógnita implacable de un espejo. Dejándonos a solas con la extrañeza inexplicable de un recuerdo. Que una simple canción consiga todo esto no dejará de asombrar a algunos. Que la cultura de masas sea la responsable de la banda sonora de una vida no debería sorprender a nadie. El rock es sólo basura, pensarán algunos; pero como la Suzanne de Leonard Cohen siempre ha caminado entre la basura y las flores. Y algunas de las flores más hermosas son hijas de la lucidez y el ruido. Y algunas de las flores más hermosas, más sublimes, aparecen donde nadie las espera. Como escribe Nöell Carroll en Una filosofía del arte de masas: “La tarea de condenar o alabar el arte de masas en virtud de su propia naturaleza me parece quijotesca. Como la mayoría de las prácticas humanas, el arte de masas involucra ejemplos dignos e indignos (moral, política y estéticamente), y la alabanza o condena parece apropiada al nivel de los ejemplos particulares. Supongo que podría decirse en su defensa que es valioso porque pone la experiencia estética al alcance de mucha gente; pero yo creo que la auténtica defensa consiste en que ha producido obras de gran calidad”. Aquellos jóvenes muchachos de 1980 olvidaron los nombres de Kierkegaard, Nietzsche, Flaubert, dejando de lado todo lo que significaba la cultura con mayúsculas. Pero, en cambio, memorizaron e hicieron suya una nueva cultura que incluía el aprendizaje de nombres rarísimos: Siouxsie & the Banshees, Echo & the Bunnymen, Joy Division. Y aquellos jóvenes muchachos leyeron a William Blake, una tarde plomiza de otoño: “Los caminos del exceso conducen al palacio de la sabiduría”. Y compartieron el elixir de la eterna juventud olvidándose del resto. Y se hicieron sabios, o al menos lo intentaron, a pesar del riesgo. Bob Spitz, crítico musical, que hizo balance de los 10 años de democracia y música pop para la revista Rolling Stone en 1985, afirmó que aquella generación buscaba emociones en lugar de soluciones. A través de la malla de Antonio se adivinan los signos de una historia que no se diferencia demasiado de nuestra propia historia. A través de la malla de Antonio no se vislumbran soluciones; pero nunca falta el amor, la emoción, el enigma.

martes, 12 de mayo de 2009

NO ME IRÉ MAÑANA


“Pero vigila el enigma de los jóvenes muchachos”.
Pausanias, Descripción de Grecia

domingo, 10 de mayo de 2009

INTERFERENCIAS


Imagina que la vida es así. Una larga autopista, recta y silenciosa, apenas habitada. Una línea imaginaria donde transitar hacia adelante, sin apenas equipaje, y donde todo, absolutamente todo, es posible. Ya te lo dije, ¿recuerdas?: la filosofía no es más que un estilo de vida. Un día, crees haber encontrado al maestro perfecto, al educador virtuoso, que va a señalarte las reglas, los valores, que pueden guiar tus días. Pero, de repente, se producen interferencias, inexplicables, y todo cambia. Los seres humanos cambian, van viajando en línea recta y van cambiando. Y lo que un día tuvo un valor relevante, imprescindible, de pronto nos parece extraño. Y entonces, hay que cambiar la manera de mirar, y de vivir; y eso es todo. Y en eso consiste la vida. Y en eso consiste la autopista, silenciosa, incomprensible. Y en eso consiste la filosofía. Cuando decides hablar por ti mismo, cuando decides que la tradición es sólo un lastre, un peso inútil, debes oír tu propia voz, entre la voz de todos, y apreciar su intensidad, su extrañeza; y debes también acostumbrarte. “Ser inteligible para uno mismo –escribe Stanley Cavell- es como descubrir cuál de entre todas las voces que compiten por expresar tu naturaleza, es de la que debes apropiarte aquí, ahora”. ¿Y que ha hecho que decidas hablar por ti mismo? ¿Por qué has considerado, en determinado momento, el mundo externo como un problema, un sentimiento de insatisfacción con lo que somos, lo que tenemos, y has pensado, vanidoso, que merecemos más, mucho más, de lo que ahora disponemos? Estoicismo, me dices. Retiro y aislamiento. Pero yo soy el cowboy de medianoche (escucho música de carretera) y sería capaz de todo por una buena cerveza. Y ésta es también una manera de establecer una relación genuina con el mundo que puede venir provocada por una pérdida o por una certeza. Y ésta es también una forma de hacer filosofía, mi propia filosofía, al margen, y en contra de todos. Porque yo agotaría el color de una mirada, de tu mirada, sin importarme el mundo. Y me hundiría en los placeres de la carne, de tu carne, hasta volverme loco. Porque si me alejo demasiado del mundo, y de la vida, si me pierdo en “Ninguna Parte”, pierdo lo que da sentido a la existencia; me pierdo a mí mismo. Y esto da lugar a un problema filosófico, a la amenaza del escepticismo; pero ahora las interferencias no me permiten establecer las bases para poder explicar todo esto. Y yo prefiero seguir escuchando música de carretera. Y prefiero seguir soñando con una excelente cerveza. “Y el universo –como escribió Emerson- brilla para cada uno de nosotros”. Y no es éste el momento de perder el rumbo, ni de perder el tiempo. Los “señores de la vida” emersonianos pueden señalar la senda y pueden dibujar el mapa para que el explorador se pierda, de nuevo, o siga su camino con firmeza. Categorías –como señala Cavell- que no experimentan objetos particulares del mundo, sino que experimentan el mundo como totalidad: “Ilusión, temperamento, sucesión, superficie, sorpresa, realidad, subjetividad... he aquí los hilos del telar del tiempo, los señores de la vida”. Y al final, cuando intento nombrar una ciudad (Buenos Aires, por ejemplo), para sellar un pacto, es otra la ciudad que se interpone, o que presenta sus credenciales, en el juego delicado de un dilema. Paris, me dices; y como yo todavía ando despistado (aún tengo en la cabeza música de carretera) me digo a mí mismo: ¡Ah, claro; Paris, Texas! Porque yo soy entonces el cowboy de medianoche y no consigo escapar a la extrañeza. Porque la vida es así, una autopista silenciosa, o una burla eterna, en la que nos movemos como ilusos para no quedarnos quietos. En la que echaríamos el ancla, en algún sitio, pero el fondo es de arenas movedizas. Donde nos comportamos como idiotas por esa necesidad que tenemos de que los estados de ánimo, y los objetos, se sucedan. Pero en la que nada, absolutamente nada, es demasiado fuerte para nosotros. Y en donde nuestro amor por lo real nos lleva a lo permanente. Y la circulación, y el exceso, a la salud del cuerpo.

domingo, 3 de mayo de 2009

MODELOS DE EXTRAÑEZA


Me escribe Magda, desde Veracruz, México. Y, como no son buenas noticias (a estas alturas, todos sabemos qué está ocurriendo en México), me obliga a enfrentar la reflexión con el mundo cotidiano de los hechos, de las implicaciones, de las sospechas, de los sentimientos y de los miedos humanos; me obliga a mirar al mundo, cara a cara, en esta actualidad extraña de pandemia, máscaras protectoras, intereses económicos y datos científicos. ¿Ontología de la actualidad? ¡Quién sabe! El mundo es como una esfera extraordinaria, insólita, donde la extrañeza se muestra como una amenaza, y donde salvar la piel, un día –como escribe Carlos Marzal, el poeta, en Los países nocturnos-, es un milagro. El número de muertos, o infectados, en la gélida y estúpida estadística, dibuja con las cifras de lo exacto el signo informativo de las horas. Felipe Calderón, el presidente, pide a los ciudadanos no salir de casa durante cinco días. Y algunos mexicanos, obligados a elegir entre el exilio universal o la rebelión cósmica, acaban convencidos de que la peste del terror apocalíptico y de la inmovilidad, que la peste de la estupidez humana, es mucho más peligrosa que la peste vírica. Aunque, a estas alturas, quizás ya debería yo haber formulado la primera pregunta; pero la cuestión se me antoja tan oscura que, en principio, no consigo encontrar la pregunta correcta. La anatomía del virus, por ejemplo, genoma del H1N1, me informa de lo siguiente: “los virus de la gripe tienen sus 11 genes repartidos en 8 fragmentos, lo que facilita su variabilidad cuando dos virus infectan una misma célula. El virus H1N1 del brote mexicano es el más complejo estudiado hasta ahora por los científicos”. Y en el Editorial de un medio de formación de masas leo también lo siguiente: “Alerta muy seria, sí. Alarma teñida de dramatismo, no”. Esta es la advertencia de la Organización Mundial de la Salud a los Gobiernos. Y es a partir de aquí, de este concepto, donde la primera pregunta, indiscreta, acierta a expresar una duda: ¿Qué significado posible tiene que estemos, en este preciso momento, en estado de alerta? ¿Qué significa buscar significados más allá de lo que todos, en condiciones normales, damos por suficiente? ¿Por qué tenemos la sensación, en ocasiones, de estar en continuo peligro, o amenazados, o en estado de alerta? Al parecer, según cierta visión del mundo (Mike Davis, The Guardian), el monstruoso poder de la industria ganadera sería el responsable de la gripe porcina. En el cieno fecal de una gorrinera industrial, en las instalaciones de la filial de una importante transnacional, en Veracruz, precisamente, estaría el epicentro del problema. Y esta denuncia nos advierte, además, ante la posibilidad de que los árboles (o el espectáculo) nos impidan ver el bosque; porque lo más importante sería el bosque, es decir: la fracasada estrategia antipandémica de la OMS, el progresivo deterioro de la salud pública mundial, la mordaza aplicada por las grandes transnacionales farmacéuticas a medicamentos vitales y la catástrofe planetaria que es una producción pecuaria industrializada y ecológicamente desquiciada. Pero volvamos de nuevo a las preguntas. ¿Quién se beneficia, al fin y al cabo, de nuestra desinformación, de nuestro miedo, de nuestra indiferencia? Naomi Klein, en La doctrina del sock, también nos ofrece su visión alarmante del mundo. “Este libro –señala la canadiense- es un desafío a la afirmación central y más valorada en la historia oficial: que el triunfo del capitalismo desregulado nació de la libertad, y que los mercados libres irrestrictos van mano en mano con la democracia. En su lugar, mostraré que esta forma fundamentalista de capitalismo ha sido consistentemente traída a la vida por las formas más brutales de coerción, infligidas al cuerpo político colectivo, así como a innumerables cuerpos individuales”. La visión de Naomi Klein, esa hipótesis en forma de venenosa metáfora, descubre los materiales ocultos que van construyendo nuestra historia. Y esta esfera especial, insólita, donde todo lo extraño acaba teniendo un nombre, y toda la extrañeza su elemental concepto, comienza a girar de manera descontrolada, se alborota, y comienza a girar con fuerza. Las sociedades modernas –según Naomi Klein-, son sometidas a verdaderos electroshocks que permiten ablandarlas y someterlas a la aplicación de políticas neoliberales sin anestesia. La idea es que una matanza, un desastre natural, o cualquier hecho que provoque una conmoción importante abre paso a la posibilidad que ciertas políticas neoliberales ponen como condición para que se aplique la política del shock a una sociedad domesticada por el terror y el miedo. “La doctrina del choque, como todas las doctrinas –afirma Klein-, es una filosofía de poder, una filosofía sobre cómo lograr sus propios objetivos políticos y económicos”. La cuestión sería la siguiente: ante una crisis, un desastre, o un choque imprevisto, la sociedad entera se ablanda, se disloca; y la gente, entonces, se desorienta. Al final, se abre una ventana, exactamente como la ventana en la cámara de un interrogatorio. Y en esa ventana, se puede introducir lo que los economistas llaman la “terapia de choque económico”. “Es una especie –concluye Klein- de extrema cirugía de países enteros”. Y, llegados a este punto, observadas con detalle las diferentes metáforas, y las distintas versiones o modelos de extrañeza, ya dispongo de ciertas respuestas, aunque nunca olvido que una respuesta a una cuestión filosófica fácilmente puede resultar incorrecta; no así su liquidación mediante otra pregunta. La escritora mexicana Vivian Abenshushan, por ejemplo, propone ésta: “¿Y entonces de qué sirvió que Duchesne descubriera hace más de un siglo la penicilina?”. Y Vivian Abenshushan contesta: “de nada sirve frente a las alergias provocadas por las condiciones ambientales de la sociedad industrial; de nada sirve si las bacterias se ríen de la penicilina cada vez que se la inyectan a un cerdo enfermo por hacinamiento”. La economía del desgaste biológico se expresa, finalmente, en esa sobredosis de antibióticos y hormonas inyectadas en las venas de animales hacinados, descabezados, en los campos de concentración de las granjas agrícolas. ¿Ontología de la actualidad? ¡Quién sabe! La vida es como un cruce de caminos, inquietante, donde aprendemos las palabras, y las cosas, que dan sentido a la vida. El mundo es esta esfera cotidiana, misteriosa, donde lo extraño se muestra como una amenaza, y donde salvar la piel, un día, es un milagro.

domingo, 26 de abril de 2009

NUESTRO DESTINO MÁS AUTÉNTICO


Una primera impresión, o un juicio equivocado, pueden ser los síntomas de una comprensión precipitada o de una panorámica incompleta. Me cuesta contextualizar determinados asuntos, pero esto también revela cierta forma de leer o de trabajar los textos. Me cuesta leer determinados textos porque, en ocasiones, carezco de la información suficiente y, en otros casos, debo vencer determinados prejuicios. Pero un juicio equivocado debe ser también juzgado o, cuando menos, puesto en tela de juicio. Aunque tampoco tengo claro que determinados juicios, por precipitados, yerren obligatoriamente. Y podría ser que, gracias a la rapidez con la que se emite el juicio, se acertara en algo que, hasta ese momento, pasaba por inadvertido, limitándose a ocupar un cómodo lugar en el consenso de todos y en la conformidad de todos. Si de lo que se trata, además, acertadamente o no, es de opiniones, siempre podemos recordar lo que escribió Thomas Jefferson: “Una opinión equivocada puede ser tolerada donde la razón es libre de combatirla”. Y si, oportunamente, logramos traspasar la tupida red de la opinión, ya amenazada, para ingresar en el mundo desconcertante del concepto, no habremos perdido el tiempo. Las cosas, nos obstante, siempre se pueden decir de muchas maneras. Y si el tono no me gusta, o considero que el desprecio es exagerado, o injustificado, buscaré la fórmula correcta para describir lo que acepto, o aquello que más se acerque a la descripción que acepto. Karl Popper, por ejemplo, lo expresó en los siguientes términos: “El problema entre el racionalismo y el tradicionalismo autoritario puede también describirse como aquél entre, por un lado, la fe en el hombre, en la bondad humana y en la razón humana y, por el otro, desconfianza en el hombre, en su bondad y en su razón”. Cuando de lo que se trata, además, es de hablar de mando y obediencia, de autoridad y sumisión, de señores y súbditos, uno debe estar alerta y, aun a riesgo de equivocarse, tomar determinadas precauciones. Y no debe temer, ni mucho menos, una primera impresión o un juicio equivocado, porque es mucho, muchísimo, lo que está en juego. Y no tendré problema, llegado el momento, en estar de acuerdo con Ortega y Gasset cuando éste dice: “Para mí, nobleza es sinónimo de vida esforzada, puesta siempre a superarse a sí misma, a trascender de lo que ya es hacia lo que se propone como deber y exigencia”; ni cuando señala cuál debe ser “nuestro destino más auténtico”. Será como reconocer de nuevo la “vida buena” en el imperativo pindárico “llega a ser lo que eres”; o en la exigencia wittgensteiniana de “para llegar a ser bueno sigue trabajando”. Pero seguiré tomando precauciones cuando Ortega, más adelante, señale: “Un hombre de selección, para sentirse perfecto, necesita ser especialmente vanidoso, y la creencia en su perfección no está consustancialmente unida a él, no es ingenua, sino que llega de su vanidad, y aun para él mismo tiene un carácter ficticio, imaginario y problemático”. ¿Una primera impresión, de nuevo, una opinión equivocada, un juicio precipitado? A veces, en ocasiones, ocurren estas cosas, y podríamos ahora estar ante ello; pero uno debe asumir ciertos riesgos. “Ensucio todo con mi vanidad”, escribió Wittgenstein. Y también: “Desearía ser un hombre mejor y tener una mente mejor. En realidad estas cosas son una y la misma”.

domingo, 19 de abril de 2009

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES


Mis botas se adaptan mejor al cemento de las ciudades, a los laberintos de hierro, al asfalto de las autopistas. En los parques, mi primera impresión, siempre, es de extrañeza. Me faltan nombres, o los nombres se me escapan, y no consigo establecer una relación de conocimiento, o de cercanía, que me permita avanzar por las sendas con paso seguro y firme. Aunque camino en compañía de otros que me muestran el camino, que dibujan con sus gestos la celebración del paisaje, de los arbustos, de los palacetes, de los árboles, del hermoso salón de baile, de los riachuelos, de los estanques. La Naturaleza, mientras tanto, me habla; pero no consigo entender sus palabras. Los dos sabemos que ésta es una cuestión pendiente; y que no está nada claro que llegue, del todo, a solucionarse. Como en otros asuntos, acabo recurriendo al libro, al texto, a la filosofía. Porque voy conversando con un amigo, mientras camino, de cuestiones filosóficas. Y porque, quizás, también, esta es la ofrenda que, a su manera, me tenía reservada el parque. Y esto es lo que puedo esperar de la Naturaleza, a pesar de la distancia, del desencuentro, de la extrañeza. Y esto es lo que queda (que no es poco), después de todo; y a pesar de todo. En Naturaleza escribe Ralph Waldo Emerson: “Nuestra época es retrospectiva. Construye sobre los sepulcros de los padres. Escribe biografías, historias y juicios críticos. Las generaciones precedentes miraban a Dios y a la naturaleza cara a cara; nosotros, por medio de los ojos de aquellas. ¿Por qué no hemos de gozar también nosotros de una relación original con el universo? ¿Por qué no hemos de tener una poesía y una filosofía de la percepción y no de la tradición, y una religión revelada a nosotros, y no la historia de ellas? Envueltos, durante una temporada en la naturaleza, cuyas corrientes de vida circulan a nuestro alrededor y entre nosotros, y nos invitan, mediante las fuerzas que aportan, a una acción proporcionada con la naturaleza, ¿por qué hemos de andar a tientas entre los huesos secos del pasado, o enmascarar a la generación viviente con su vestuario marchito? El sol brilla también ahora. Hay en los campos más lana y lino. Hay nuevas tierras, nuevos hombres, nuevos pensamientos. Reclamemos nuestras propias obras, leyes y religión”. Cuando abandono el parque, tengo la extraña sensación de que éste está como dormido, callado. Quizás porque el sol se ha ocultado y la sombra de nubes negras se extiende sobre nosotros. La Naturaleza, mientras tanto, me habla; pero no consigo entender sus palabras. Quizás no está claro que este asunto llegue, del todo, a solucionarse. ¡Quién sabe! Quizás en otra primavera, o en otra experiencia, o en otra vida.

domingo, 12 de abril de 2009

EL UMBRAL DE LA DUDA


¿Para qué engañarnos? Aquella mañana, yo esperaba encontrarme con el “genio maligno” de Descartes oculto en una lámpara maravillosa como un objeto absolutamente verdadero o como una hipótesis en forma de duda metódica. Yo esperaba encontrarme con Moore, G. E. Moore, agitando su mano en el espacio, y repitiendo: “esto es mi mano”; o bien: “existen otros cuerpos como el mío”; e incluso: “existe un cuerpo vivo que es mi cuerpo”. Convencido de que todos sabemos estas cosas y de la verdad de estas proposiciones; y convencido de que decir que son falsas es un error, y decir que sólo las creemos es absurdo. Y esperaba encontrarme también con Wittgenstein, Ludwig Wittgenstein, intentando demostrar que la certeza no es tanto la seguridad que acompaña a algunas de nuestras creencias como el negativo de la perplejidad que nos produce su cuestionamiento: “Si Moore expresara lo contrario de aquellas proposiciones que declara ciertas, no sólo no compartiríamos su opinión, sino que lo tomaríamos por loco”. Aquella mañana yo esperaba encontrarme con estas cuestiones, o cuestiones parecidas a éstas, pero, en cambio, me encontré con una sorpresa. Allí, sobre la mesa, en un hermoso papel verde esperanza, una mujer hacía filosofía y, de paso, nos regalaba un mundo inmenso. El umbral de la duda era un texto denso, laberíntico, profundo, que leímos en voz alta e intentamos explorar y descubrir como exploradores que se internan, perplejos, en un continente nuevo. “Como mujer –nos decía el texto- hay dos distinciones que hacer con respecto al resto de los seres humanos: la primera es que desde el mismo momento que se ‘es’ morimos 28 días, la segunda, que ‘todo es’ por una capacidad natural para dar vida cada nueve meses. Desde esta experiencia, la mujer cuando piensa ama”. Desde el amor, el texto se preguntaba “¿Qué es amar?”, planteando la posibilidad de que se diera un objeto tal del que fuera posible sentir y conocer completamente a un tiempo. Y el texto respondía: “Amar es hacer el amor”. Y yo aquí sentí la tentación de leer esta afirmación utilizando el lenguaje como una herramienta; y yo aquí hice mi propia interpretación del texto aunque, en el fondo, lo que en verdad estaba haciendo era preguntándome a mí mismo. Y la pregunta tenía que ver con el lenguaje filosófico y con el lenguaje cotidiano; y la pregunta, que yo expresé en forma de interpretación de esta frase, aún golpea en mi mente, porque quizás la frase así lo merecía. Intentar explorar ese mundo inmenso que era El umbral de la duda hacía que me extraviara en parajes desconocidos y que recorriera confuso aquel laberinto con una sensación de inquietud y extrañeza. Pero, aun así, yo avanzaba por aquellos parágrafos subrayando palabras que llamaban poderosamente mi atención y que se clavaban en mi pecho como espinas afiladas de una rosa de los vientos lúcida y orgullosa. Y sí, del “objeto posible de toda verdad” se llegaba a la “razón solidaria”; pero tener que admitir la noción de dislocación hacía que volviera la extrañeza. Y ese “saberse ignorado”, pensando desde el amor, no hacía más que devolverme al punto de partida. ¡Y era tanto el territorio por explorar que yo temía no llegar a abarcar jamás todo aquello! Porque después llegó el Lenguaje, y la Idea; y sobre todo, porque después llegó el Tiempo (“todo saber es pasajero de la verdad”, decía el texto) y con él llego la constatación del cambio. Y con la constatación del cambio, la posibilidad de la podredumbre. Y con la confirmación de la podredumbre (entendía yo) el espejismo del fracaso. Pero también pudiera ser que el explorador, a esas alturas, estuviera ya atacado de fiebres, en la selva laberíntica de las señales. Y que tuviera que emprender de nuevo el camino, desde el principio, para llegar a aprehender aquel continente inabarcable y complejo. ¿Sería aún posible el reconocimiento, a pesar de la dificultad del objeto? ¿Era la duda lo que en verdad asomaba en el umbral del texto o más bien la experiencia que hace de la conciencia pura certeza? La duda razonable no es tal duda cuando, al final del camino, el texto descubre la belleza: “la humanidad es un proyecto ético”. Pero el explorador aún anda atacado por la fiebre y tiene dudas. Y ahora observa que tendrá que elegir otro sendero si quiere desvelar el enigma. Y ha elegido un lugar para descansar e intentar aclarar sus ideas. “En el momento en que lo conocido –parágrafo 27- deja de conocerse porque ha mediado el cambio y se emprende el reconocimiento, en esa identificación media la duda, en esa tozudez de reconocer lo conocido cuando ha cambiado tanto está la duda más fuerte y la máxima creencia. Pero es que el conocimiento no empieza hasta que después de la intuición se reconoce algo de lo conocido”. El umbral de la duda merece, quizás, todas las lecturas posibles, porque todos sus signos merecen el cuidado que los muestre. Quizás en otra travesía el explorador encuentre la solución al enigma. Aunque el explorador cree que, sólo la mujer que ha dado a luz este texto sabe de los límites del mismo, sabe del porqué de este misterio, sabe dónde empieza y dónde termina.