Imagina que alguien te dice “te necesito” y que tú no tienes a tu alcance los medios necesarios para administrar este argumento. Imagina que te alcanza una sensación de impotencia, de fracaso, de miedo, y que la búsqueda de la felicidad, entonces, se te antoja una entelequia, un sueño. Tú deberías contestar en el acto, con calma, porque el caso lo requiere, pero no encuentras las palabras. ¡Palabras! A la novela de tu vida parece que se ha asomado Cormac McCarthy, que él está escribiendo ahora tu historia; y las reflexiones filosóficas brotan sobre el lecho humeante del desierto; los jinetes echan pie a tierra y pasan en silencio entre los cadáveres de los argonautas; peregrinos anónimos entre las piedras con sus terribles heridas; las vísceras saliéndoles de los costados y sus torsos desnudos erizados de flechas. No, no es éste país para viejos, ni filósofos, ni poetas. Un criterio es una norma, un juicio o un discernimiento para conocer la verdad. El escepticismo es la desconfianza o la duda de la verdad o eficacia de algo, la convicción de que la verdad no existe o que, si existe, el hombre es incapaz de conocerla. Si toda escritura es autobiográfica (y esta lo es, sin duda), la palabra es errante. Podemos jugar a un juego con Wittgenstein: “Imagina que en un relato sustituimos cada décima palabra por la palabra ‘mesa’. Y ahora imagina que en algún lenguaje una palabra tuviera el uso que la palabra ‘mesa’ tiene en esta historia. ¿Cómo podríamos describir el uso de semejante palabra errante? ¿O qué significaría ‘Enseñar a alguien el uso de esta palabra’?”. Sólo quien conoce la importancia que tiene para mí el concepto de juego puede entender estas cosas. Se juega, siempre, en la extrema complejidad de la vida humana. Si a la amenaza del escepticismo se le suma la constatación de la contradicción, el asunto se complica. “La vida misma existe –escribe Eugenio Trías- y es en virtud de la contradicción. Allí donde hay contradicción hay fuerza vital. La contradicción es el signo mismo de lo viviente, de lo que está plenamente vivo. Y se halla en este sentido en las antípodas de la identidad”. “Yo, otro”, como escribe Imre Kertész, en Viena, buscando a Wittgenstein, que ya no está en Viena, en esa crónica del cambio que se pregunta si el yo es algo inamovible, o si está sujeto al cambio. Que se pregunta si no es, más bien, un fluir constante. Que reflexiona acerca de las transformaciones que afectan a las fibras más profundas del individuo. Que nos muestra un yo anterior, perdido, y que intenta comprender los cambios que éste ha padecido tras sus vivencias y sufrimientos. “Una dedicación excesiva al pensamiento –escribe Kertész- nos vuelve o infelices o místicos. Decir que el mundo no puede entenderse por el mero hecho de ser incomprensible es diletantismo. No entendemos el mundo porque no es esa nuestra tarea en la tierra”. Pero, entonces, ¿cuál es nuestra tarea en la tierra? Imagina que alguien te dice “te necesito” y que tú no contestas. ¿Cómo podrías volver a mirar tu rostro en el espejo? ¿Cuánto tiempo aguantarías en tu cuerpo y cómo vivirías con esa sensación de extrañeza? ¿Como un autómata? Y sí, los dos polos irreconciliables: una instancia prescriptiva (y vuelvo de nuevo a Trías) que no puede relativizarse (y aquí nos encontraremos con los criterios y con la amenaza del escepticismo) y un marco objetivo fluctuante, contingente, azaroso. Y es ahí donde se desarrolla la acción, la praxis. Pero tú aún no has encontrado la palabra exacta (y la escribes ahora: “te quiero”; aunque sea insuficiente) y ya no te sirven ni Kant, ni Aristóteles; ni la Ética a Nicómaco, ni la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres. Sólo hay oscuridad de la luna invisible, como escribe McCarthy. Y las noches, ahora, sólo son menos negras. De día, el sol proscrito circunda la tierra cual madre afligida con una lámpara. Y yo me refugio del frío, de la nieve, encerrado en el cuarto de las muñecas. Tengo una rubia, especial, entrañable, con la que converso a oscuras; ella me lo enseña todo y me mantiene con vida. Si toda escritura es autobiográfica (y esta lo es, sin duda), la palabra es errante. Lo que cae bajo la mirada de un hombre debe ser rescatado de la nada. Su locura es su cordura, y a la inversa. Si le dejan, y aún tiene fuerzas, se pasará jugando la vida entera. “Me encuentro con gente –concluye Wittgenstein- que usa en su lenguaje una palabra errante”. Se juega, siempre, en la extrema complejidad de la vida humana. Pero, entonces, ¿cuál es nuestra tarea en la tierra? ¡Ay, Píndaro, viejo amigo! ¡Qué fabulosa tontería! ¡Llegar a ser lo que eres! Cuando se trata precisamente de todo lo contrario: de llegar a ser lo que nunca has sido; de llegar a ser lo que no eres.
jueves, 4 de diciembre de 2008
lunes, 1 de diciembre de 2008
VOLADURAS
De una cosa sí que estoy seguro: sé muy bien de quién hablo, en qué pienso, y en quién estoy pensando; sé muy bien lo que busco, lo que anhelo, aunque sea cuestión de tiempo. Con las primeras nieves de otoño la mente se va despejando. Los copos, como agujas afiladas, como alfileres finos, se clavan a la entrada del cerebro y me abren, dulcemente, las puertas inquietantes del misterio. De pronto, Elisewin me pregunta: “¿Y cuál es tu poeta favorito?”. Y yo le contesto: “´Wittgenstein, Ludwig Wittgenstein”. “Pero Wittgenstein –me corrige Elisewin- no es un poeta”. “Ni yo tampoco, Elisewin –le respondo-, ni yo tampoco”. Entonces, Elisewin me observa con asombro mientras mi pelo encanece, lentamente; de nieve, de ausencia, de extrañeza; y los hombres patinan sobre el hielo. Hay una gota de daño sobre el tejado de un templo. Hay una sombra de duda entre las voces calladas del tiempo. Pero el poeta elegido, mientras tanto, ese poeta adoptado como poeta entre poetas, muestra a Elisewin el fondo, la senda, y el mundo en que reposan mis certezas. En el parágrafo 4, del primer volumen, de los Últimos escritos sobre Filosofía de la Psicología, Wittgenstein escribe: “Como ejemplo de la forma proposicional ‘si p, entonces q’, considera: ‘si viene, se lo diré’. Si no viene, ¿he cumplido mi promesa? ¿La he roto? Pero ¿se puede decir que esa proposición afirma una ‘conexión’? ¿Respondería a esto ‘no debe ser así’? No es como si la proposición hubiera sido: ‘Si estos dos se encuentran habrá lío’. Ésta podría ser una posible respuesta”. Con las primeras nieves de otoño la mente se va despejando. Alguien me pide paciencia desde un balcón que se asoma al borde del océano. Y yo le muestro a Elisewin el rostro enigmático de un niño. Y la nieve va cubriendo la autopista. Y en el cielo todo es blanco, y es azul, y es sueño.
jueves, 27 de noviembre de 2008
LECTURAS CRUZADAS
Sé que tengo que dar razones y que explicar las causas. Sé que ella me repite, en ocasiones, que somos personas adultas. Pero yo no lo tengo tan claro; al menos en mi caso. Sé que las cosas suceden y que intentar explicarlas conduce irremediablemente al fracaso. Lo sé por propia experiencia; no es la primera vez que lo intento y, mucho me temo, tampoco será la última. Llevo años sin comprender la vida, mi vida, y tengo serias dificultades para aprehender el secreto. Podría buscar un ejemplo entre mis apuntes de trabajo, algo que hiciera sentirme seguro; pero sólo sería un ejemplo. Wittgenstein y Bouveresse argumentan que el método freudiano confunde el crear significados con la búsqueda de las causas. El método de asociación libre puede crear nuevos significados, pero no sirve para explicar las relaciones causales. Wittgenstein puso el ejemplo de aventar objetos sobre una mesa; si empezamos a asociar libremente acerca de estos objetos, encontraremos un significado para cada objeto y sus lugares, pero no la causa de que estén en ese lugar. Una causa se encuentra experimentalmente. “Una causa –concluye Wittgenstein- se encuentra experimentalmente”. Lo que equivale a pensar que cualquier explicación es válida, o que el orden de los factores no altera el producto, el asunto, y que nunca nos conocemos satisfactoriamente. Aunque también pudiera ser que yo estuviera haciendo trampas. El poeta –escribió Fernando Pessoa- es un fingidor (aunque yo nunca miento); y yo necesito ahora, urgentemente, un calmante que me permita aliviar una impostura. Pero ya ni siquiera funcionan los calmantes, las drogas, las conjuras. Ella me aconseja que, si quiero saber cómo es, si quiero entenderla de veras, observe al jardinero y que lea a Alessandro Baricco. Mi jardinero es un tipo con cara de psicópata que ataca con saña el aligustre con una sierra mecánica que apesta a gasolina. En verano nos obliga a cerrar las ventanas y en invierno desaparece. El jardín se hiela desesperadamente y pájaros negros arañan la tierra buscando gusanos de arena. Pero el jardinero ha desaparecido como si fuese un fantasma. El jardín languidece como un libro sin palabras. Y, cuando llega la noche, la luna alumbra sombras que parecen surgidas de la nada. No hay nada en mi jardín que pueda enseñarme nada. Nada de nada. Así que lo intento con Baricco. Después de leer a Sam Shepard (que es lo que estaba leyendo cuando empiezo con Baricco: “Wipe Out”, de Luna Halcón: la historia de un guitarrista que se pasa tres días y tres noches seguidos tocando el mismo tema, hasta que tiene un orgasmo, masturbándose sobre su Les Paul Gibson, mientras sufre una descarga de electricidad procedente del ampli, y el pelo se le pone blanco y de punta) tengo la sensación de haber pasado de los 151 grados de un Navy Rum (como para matar a un caballo) a la suave levedad del agua tibia. La prosa de Baricco me trae el aroma salado del océano, Océano mar, pero no me calma; no estoy para tanta belleza; yo lo que necesito es el vigor majestuoso de un monstruo. Y, pasadas las primeras líneas, después de conocer a ese pintor que busca pintar el mar con agua de mar y que moja sus pinceles en el carmín rojo de los labios de una desconocida; después de conocer a Elisewin, enferma de una enfermedad que es algo menos, que si tiene un nombre debe ser ligerísimo, lo dices y ya ha desaparecido; después de conocer al Profesor Bartleboom, encallo cansado en los arrecifes. Aun así llego hasta mi habitación de la posada Almayer, aunque he de reconocer que no me siento a gusto del todo. Y sí, el mar, la playa. Y tiene razón Baricco: podría ser la perfección, un mundo que acaece y basta. Pero una vez más –escribe Baricco- es la redentora semilla del hombre la que ataca el mecanismo de ese paraíso. No sé cuánto tiempo permaneceré en la posada Almayer: quizás días, quizás horas. Pero sé que podría romper algo, estropearlo todo, y me aterra amenazar esa armonía. Además (y vuelvo de nuevo al libro de Shepard), Guadalupe ha tenido un accidente en la tierra prometida y la cosa parece grave. Una mancha de aceite, un patinazo, y hasta caer en la zanja. Al parecer, al levantarse, ha contemplado la luna, ha sumergido tres veces la cabeza en un charco de fango y ha pronunciado en perfecto castellano: “Todo el mundo”. Y todo el mundo se ha dado cita en su pesadilla: “El y Manolete volvieron a encontrarse después del accidente y Manolete le dijo que no bastaba con ser un hombre. Había que aspirar a la santidad. Le dijo que él casi lo había logrado. Un santo del capote. Jackson Pollock se reunió luego con ellos y opinó que Manolete decía gilipolleces. Que bastaba con ser un hombre. Eso era más difícil que la santidad. Además, ya hay santos de sobra. Guadalupe no sabía qué pensar. Corrió a consultar a Jimmy Dean y Jimmy se limitó a poner una expresión indecisa. Marilyn Monroe no tenía ninguna opinión al respecto. Brecht no hacía más que hablar de Alemania y la deshonra. Satchmo siguió secándose el sudor y balanceándose de un lado para otro. Janis quería más. Crazy Horse decía: ‘Pelea y muere joven’. Brian Jones tocó el arpa y no dijo nada. Dylan Thomas repitió: ‘Rebélate’. Jimi Hendrix dijo: ‘Lárgate’. Bip Bopper dijo: ‘¿Cómo?’. Johnny Ace dijo: ‘Dispara’. Y Davey Moore dijo: ‘Arrambla con todo’. Esto sí pudo entenderlo Guadalupe. Y después se tendió para descansar un buen rato”.
miércoles, 19 de noviembre de 2008
BAJO EL VOLCÁN
Uno debería, en medio de su vaivén personal, proteger a la gente que ama. Uno debería entender que pertenece a un grupo de riesgo, a una comunidad extraña, y que no debería exponer su amenaza a amigos, o amantes, que deberían quedar al margen. Uno se da cuenta de ello siempre tarde, a destiempo, a contratiempo; y entonces entiende que su destino es reclusión o aislamiento; que alguien lo aparte con cuidado del curso natural de los sucesos; que nadie lo permita asomarse a la orilla de un balcón iluminado, perfecto, con luces de colores, sencillo, elegante, generoso, porque quizás no está preparado para ello; porque quizás (cuestiones de la vida) aún no lo merece. Siempre que me asomaba a la tapia del cementerio de La Recoleta, en Buenos Aires, me hacía la misma pregunta: ¿por qué no puedo estar aquí, tranquilo, disfrutando, y allí tampoco, en mi agujero, en Madrid, a más de 10.000 kilómetros de distancia? ¿Por qué no puedo vivir entre el hielo, cortante, caminando aunque tropiece y me levante, o en la tierra cotidiana de los hombres? Quizás la diosa punk del psicoanálisis tenía respuestas para ello; pero yo no estaba allí para entenderlo. Es como perder el tesoro que uno ansiaba, ilusionadamente, en apenas unos segundos; es como despertar del sueño y comprender que, en ocasiones, has actuado irresponsablemente. En busca de la ruta del descenso uno es siempre expulsado del paraíso. Necesitaría palabras para poder expresarlo, pero aún está aprendiéndolas (“Un alegato en pro de las excusas”, J. L. Austin). Y cuando debe justificar sus actos, el ángulo quebrado entre dos cuerpos que han escrito la historia más hermosa de todas las historias más hermosas, acude a la literatura (Bajo el volcán, Malcolm Lowry), y acepta el insulto humildemente (“fouk you”, señala ella, y a mí me duele el alma), o acepta el castigo con tormento; y dibuja el cuadro elemental que apenas sirve, pero que muestra al viejo explorador bajo el volcán, hundido en brasas; al hombre que persigue, confuso, y que no encuentra; al pariente lejano de Geoffrey Firmin que ha olvidado que las cosas, a veces, poseen un sentido; que ha olvidado que ella (tan sólo ella, tan sólo ella), tan linda, no merecía ese trato; que ha olvidado que la tierra, entre sollozos, es puta tierra. “De golpe las vio, las botellas de aguardiente, anís, jerez, Highland Queen, los vasos, una babel de vasos —hacia arriba, como ese día el humo del tren— subidos hasta el cielo y cayendo luego, los vasos quebrados, los vasos volcados cuesta abajo por los jardines del Generalife, las botellas rotas, botellas de oporto, tinto, blanco, botellas de Pernod, Oxygenée, ajenjo, botellas destrozadas, botellas descartadas que caen sordamente en parques, debajo de bancos, de camas, de sillas de teatro, escondidas en los escritorios de los consulados, botellas de calvados soltadas y quebradas, o vueltas trizas, arrojadas en los basureros, lanzadas al mar, al Mediterráneo, al Caspio, al Caribe, botellas flotando en el océano, escoceses muertos en las colinas del Atlántico —y ahora las veía todas, las olía todas, desde el comienzo mismo—, botellas, botellas, botellas y vasos, vasos, vasos, de bitter, Dubonnet, Falstaff, rye, Johnny Walker, Vieux Whiskey Blanc Canadien, los aperitivos, los digestivos, los medios, los dobles, el noch ein Herr Obers, el et Glas Araks, las botellas, las botellas, las hermosas botellas de tequila y las calabazas, calabazas, los millones de calabazas de hermoso mescal...”.
domingo, 19 de octubre de 2008
NOCHES SIN LUNA
Hace unos años escribí sobre la luna de una ciudad de un país del norte. Yo había viajado hasta allí para saludar a un viejo amigo y pude comprobar que la luna de esa ciudad era una luna inquieta, esquiva, que se escondía detrás de las nubes, oscureciéndolo todo, que se ausentaba sin causa justificada, o que se ocultaba en la noche. Sobre esta luna y esta ciudad ya habían escrito antes, pero el escritor que lo hizo no conocía la ciudad y escribió sobre una luna que, en realidad, no existía. Quizás la luna de esa ciudad del norte –escribí yo entonces- no había estado nunca en ella y se trataba tan sólo de un triste malentendido. Quizás esta luna se ocultaba porque quería revelarme un secreto, mostrarme algo, y aquella era su manera de expresarlo. ¡Quién sabe! Ahora, este viejo amigo, un hombre sabio, me ha regalado una imagen de una noche oscura, sin luna, como aquellas noches que yo pasé en aquel país del norte, hace unos años, como muchas de las noches en que vivo ahora. Aunque ahora ya no soy la misma persona de entonces; pero quizás la oscuridad sigue siendo la misma, inquieta, esquiva; porque esta noche sin luna, ahora, quizás intenta, como entonces, que yo comprenda algo. Aquella persona que vagaba sin rumbo por las calles de una ciudad del norte andaba buscando respuestas; pero la oscuridad lo empujaba a lo incierto. Quizás entonces (y aún no lo sabía) yo deseaba perderme en regiones inhóspitas, extremas, como Chris McCandless, el protagonista de Hacia rutas salvajes, y buscaba una razón convincente para justificar la evidencia de aquella experiencia. “No eches raíces –le escribió McCandless a un amigo-, no te establezcas. Cambia a menudo de lugar, lleva una vida nómada... No necesitas tener a alguien contigo para traer una nueva luz a tu vida. Está ahí fuera, sencillamente”. Aunque dudo mucho de que yo entonces tuviera la audacia y la determinación de McCandless, que pensara como McCandless, y creo en cambio que tan sólo buscaba una respuesta, una única respuesta, y que no sabía bien qué buscaba, que algo se me había extraviado en el camino, que algo nuevo se me estaba mostrando. Ahora, cuando lo pienso, creo que todo cobra sentido. Cuando se vuelve de nuevo a la autopista, en el camino, se vuelve en busca de respuestas. Y si la noche sigue a oscuras, sin luna, uno comprende enseguida que la vida será, como siempre, complicada. Sobre la enfermedad de mi amor, así se titula un hermoso poema de Leonard Cohen. En él, Cohen se pregunta: “¿Acaso he de ponerme mi capa?, ¿vagar como la luna sobre cielos y cielos de carne para partir de nuevo en la mañana?”. Aunque ahora todo es distinto, aunque el asunto entero ha cambiado, quizás mis pasos perdidos, como entonces, tan sólo necesiten de una estrella. Quizás la luna que ahora me espera ilumine la noche, seguro, despejando las dudas; y la imagen de la noche sin luna, de la noche oscura, desaparezca del todo de mi vida. Quizás ahora se trata tan sólo de descubrir el secreto, de conocer esa senda: de lunas, de cielos, de carne; de océano, de palabras y esperanza. Quizás la luna de la ciudad del país del norte ya no exista, ya no se oculte en la noche, y yo tenga ahora que encontrar mi luna, blanca y dorada, la luna que me espera, allí donde se esconde.
domingo, 12 de octubre de 2008
EL CRONÓFAGO
¿Qué es lo que tengo entre manos? ¿Qué me tiene seducido, impaciente, obsesionado? ¿Qué es lo que me impide sentarme, a observar el mundo, o levantar el vuelo, erguido, liberado? Toda reivindicación comienza con una pregunta. Y hay preguntas que suponen una lectura exigente, incisiva, una perspectiva sugerente que ayude a despejar todas las dudas. “¿Qué es, pues el tiempo?”, se interrogaba Agustín de Hipona, en las Confesiones. Y respondía: “Si nadie me lo pregunta lo sé. Pero si quiero explicarlo a quien me pregunta, no lo sé”. Como el asunto trata de cierta patología, podría acudir a mi psicólogo, o a la ciencia; pero prefiero acudir a la filosofía. Quizás tenga razón Giacomo Marramao (Apología del tiempo oportuno, Editorial Gedisa), cuando afirma que la modernidad se proyecta en el futuro, que es futurocéntrica. El tiempo se ha convertido en nuestro mayor enemigo. Pensamos en cada instante en función del próximo, y el valor del presente no es un valor en sí mismo, sino un valor en relación con el futuro. Casi resulta imposible la experiencia del presente. Y vivir la experiencia intensiva del presente –afirma Marramao- es la condición para pensar de una manera abierta hacia el futuro. Como dice mi secretaria, siempre oportuna, se trata de leer la naturaleza, los libros, la música, o de quedarse mirando fijamente al techo; se trata de alcanzar la paz de transitar por otra dimensión del tiempo. Es entonces cuando aparece el tiempo de los árboles, el tiempo de la siembra, el tiempo de la música. En esos instantes, el tiempo, como concepto asfixiante, pierde toda trascendencia, y aparece la maravilla creadora de su paso: la obra. Aunque a veces, por más que lo intentas, no logras vencer la sensación de ansiedad y de impaciencia, la visión futurocéntrica, que hace de ti un juguete, inútil, en manos extrañas, que hace de ti una marioneta sacudida por el viento. Aunque nada está oculto, aunque todo está a la vista, cuando acudes al poeta, al filósofo, éste responde con evasivas, o responde con preguntas que carecen de la necesidad evidente de una respuesta. “¿A dónde va el pasado? (¿A dónde va la llama de la vela cuando se apaga?) ¿De dónde viene el futuro? (¿De dónde viene la luz de la bombilla cuando se enciende?)”. Wittgenstein se hacía estas preguntas para intentar disolver confusiones y aclarar analogías que nos arrastran irremediablemente. Pero la cuestión es que yo, ahora, necesito que el tiempo pase deprisa; a pesar de los consejos de la filosofía, yo mismo abrazo, voluntariamente, la patología del futuro. Y no sé qué hubieran pensado San Agustín, o Giacomo Marramao, o el mismo Wittgenstein, ante el reloj de John Taylor. Yo ahora necesito un reloj como éste, un reloj que no tiene ni números ni manecillas, un reloj de 60 hendiduras de oro que se iluminan para indicar la hora. Sobre él se desplaza un gigantesco saltamontes, bautizado como “cronófago”, o “devorador del tiempo”. Cada paso que da marca un segundo, y sus movimientos generan destellos de luces azules que viajan por la esfera hasta detenerse en la hora exacta. Pero el reloj sólo indica la hora con precisión cada cinco minutos; el resto del tiempo las luces sólo sirven de adorno. Si este reloj devora el tiempo (“Yo también quería mostrar que el tiempo es un destructor: cada minuto desaparece algo que uno no puede recuperar jamás”, afirma John Taylor), este es el reloj que necesito. Y después necesitaré un reloj que haga justamente lo contrario: que detenga el tiempo, que lo deje en suspenso, que se limite a palpitar con lentitud, con dulzura, pero en un silencio eterno. También creía Wittgenstein que quien vive el presente vive eternamente. Aunque a mi lado, Bob Dylan, susurra la pregunta que me inquieta: “¿y cuánto tiempo tiene un hombre que mirar hacia arriba antes de que pueda ver el cielo?”. Un cielo nuevo, limpio y despejado. Un cielo azul de luces y segundos. Un cielo de preguntas sin respuesta.
domingo, 5 de octubre de 2008
EL TREN DE LAS 3.10
Así definía el género el crítico de cine Ángel Fernández-Santos: “La idea de que en un universo consumado y cerrado sobre sí mismo todavía es posible cruzar la línea que los puntos sin retorno dibujan en los secretos mapas de los sueños. El simple vadeo de un río cuya orilla sigue inexplorada o la cabalgada libre sobre una planicie ilimitada son configuraciones imaginarias en las que una remota frontera histórica se convierte en una cercana frontera mental. Eso es un western”. Cuenta Anthony Kenny que Wittgenstein, después de sus agotadoras clases en Cambridge, en 1930, solía acudir al cine donde se sentaba en la primera fila de butacas, masticando una empanada de carne de cerdo, completamente absorto, y que sus películas preferidas eran las películas del Oeste; Wittgenstein decía aprender en ellas más sobre ética que en todos los tratados filosóficos sobre el tema. Creo que a Wittgenstein le hubiera gustado la nueva versión de El tren de las 3.10, de James Mangold, remake del viejo western de Delmer Daves, basado en un guión de Elmore Leonard. En El tren de las 3.10, el bien y el mal se enfrentan, cara a cara, en una lucha a muerte donde las luces y las sombras nos desvelan la complejidad eterna de los seres humanos. Como en una partida de ajedrez, juegan blancas contra negras, pero a veces los colores cambian, o parece que cambian, o al menos tenemos la duda de que las cosas, como en la vida misma, nunca son como parecen. El ranchero Dan Evans (Christian Bale) representa la honestidad y la honradez de un hombre que pone en peligro su vida para sacar adelante a su familia. Y el malvado Ben Wade (Russell Crowe) será la pieza del juego que permitirá a Evans alcanzar su destino secreto. A su alrededor, otras piezas del tablero muestran la gloria o la miseria de los hombres en el juego de la vida. Y, aunque uno se reconoce enseguida en Evans, en su honradez y en su decencia, acaba también hechizado por un forajido que cita la Biblia y que imparte su particular justicia con un revolver en cuya empuñadura lleva grabado un Cristo crucificado. Al final, cuando ambos se cuentan su historia, la seducción es mutua. Y Evans y Wade se redimen abocados a una jugada final definitiva y extrema, donde el destino se revela como linde, como límite, y las piezas en conflicto van cayendo, bruscamente, sobre un tablero de tierra envilecida con sangre. ¿Qué hace al héroe? ¿Existe el héroe? ¿O existe el hombre común que toma una decisión cívicamente justa y se decide a arrostrar las consecuencias? Como escribió Borges: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Un universo cerrado sobre sí mismo muestra la cara del héroe, al final del western, mientras el tren de las 3.10 inicia lentamente su camino, su rumbo incierto, y un alazán oscuro acude a la señal de la aventura, vuelve al misterio, cruzando al galope la pantalla, el horizonte, huyendo de las luces y las sombras, dejando tras de sí signos de muerte.
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