domingo, 26 de julio de 2009

SHENANDOAH


Viajando. Un viaje oculto dentro de un viaje, antes de un viaje, después del viaje. Trozos de vida repartidos en conceptos, en objetos, en fotografías; restos de imaginación para traslados imposibles, países inexistentes, continentes falsos. Y, sin embargo, viajas en busca de ese espíritu que no tiene nombre; y esta vez lo quieres cerca, muy cerca, lo más cerca posible. Y quieres que te posea como esa roca redonda y viajera que es su santo y seña, como esa roca que se escupe con orgullo en los momentos amargos, como esa roca que se celebra bendecida en los días de gloria, en la memoria de los días pasajeros, en la ceremonia de la autopista infinita, en el sabor inolvidable de un beso. Viajando. “Las vísperas del viaje –escribió Borges en su Atlas- son una preciosa parte del viaje”. Aunque yo no estoy seguro de si estoy haciendo el equipaje, ahora, o es él, como un fantasma, quien me hace. Extraños recuerdos, oxidados, cuando abro la vieja maleta, desde no se sabe cuando. Trozos de vida que se muestran en conceptos, en objetos, en sombras desconcertantes. Y que se unen, absurdos, a las piezas elegidas para este nuevo viaje. Y que traen al presente, a la memoria, un aroma a caricias extranjeras, un perfume aún caliente a rosas rojas y secas: una guía de una ciudad en la que estuviste hace años; una pinza para el pelo de una mujer que se despidió a tiempo; un libro de poemas que dejaste allí, olvidado, porque quizá te enseñó la verdad terrible del cuento. Viajando. La caja de especias de la tierra. Leonard Cohen: “Eres valiente”, le dije a la Bella Durmiente, al subir esos escalones hasta mi casa, “pero siento que tu hombre, El Príncipe Beso, se haya ido”. “Tú no entiendes del cuento que soy”, dijo ella, “los dos sabemos quién vive en el jardín”. “Pero, a pesar de todas las noches siguientes, nunca supo llamarme Bestia o Cisne”. Y cuando cierras el libro te cortarías un dedo o te beberías el océano. Y al final dejas el libro en la maleta, al fondo, al lado de otros libros; y vuelves a pensar en el espíritu, en el viaje: en esa guía inservible de una ciudad misteriosa; en esa pinza del pelo de una mujer que no existe. “Los objetos más prosaicos –escribe Jorge Santayana, en Filosofía del viaje-, las gentes y los incidentes más corrientes, vistos como un panorama de movimientos coordinados, de viajes perpetuos de día y de noche, a través de cien tempestades, de miles de puentes y de túneles, adquieren una grandeza épica, y el mecanismo se mueve con tanta agilidad que parece vivir. Es tan subyugador para mí como las proas que parten el agua, las ruedas que giran, los planetas que se remontan en el cielo, y luego descienden, cosas todas ellas que no tienen vida en sí, pero que son amigas de la vida y nos prometen seguridad en movimiento, fuerza en el arte y novedad en lo necesario”. Viajando. Un viaje oculto dentro de un viaje, antes de un viaje, después del viaje. Trozos de vida que se muestran en conceptos, en objetos, en sombras desconcertantes. Y que se unen, absurdos, a las piezas elegidas para este nuevo viaje. Y que traen al presente, a la memoria, un aroma a destinos inverosímiles, un aliento rebelde que se funde con el mundo, un perfume aún caliente a carne joven y fresca.

(Según Brice Matthieussent “El espíritu rock” sería transhistórico, irrigando no sólo a ciertas obras trascendentes de la literatura anglosajona reciente, en armonía con el contexto musical rock de su época, sino también a libros mucho más antiguos. De este modo, cogidos en un bucle temporal a la Philip K. Dick o a la Lewis Carroll, estas ficciones o estos poemas habrían a su vez sufrido la influencia del rock... Cita Matthieussent, entre otras obras, el Tristram Shandy de Laurence Sterne, En las puertas de la percepción de Aldous Huxley, o en el resplandeciente Matrimonio del cielo y el infierno de William Blake. “¿Y, porqué no –se pregunta Matthieussent-, en la novela fundadora de la literatura norteamericana que es Huckleberry Finn de Mark Twain...?”. “En su última novela –escribe Matthieussent- Mason y Dixon, situada en la América prerevolucionaria de fines del siglo XVIII, Thomas Pynchon celebra el nacimiento de la lengua norteamericana, -fluida, caprichosa, vigorosa, arrebatada, imaginativa, espontánea- en resumen, barroca, así como la emergencia de una nueva música inaudita en la que “los aires populares se convierten en cánticos, y las canciones para beber en himnos (...). ¿No es acaso el Ritmo mismo de las Máquinas, el Clamor de los Molinos, el Vaivén de los Océanos, las Rocas que ruedan?, y bien, si uno desea darle un nombre... - ¡Rock and Roll!, exclama De-Pugh”. Para Pynchon, el rock no nace ni con Chuck Berry, ni con Elvis Presley, sino hacia 1770 y, al mismo tiempo, nos asegura, que los Estados Unidos, el ketchup y la pizza inglesa...”)

(Shenandoah es una palabra nativa de los indios de Norte América cuyo significado ha sido muy discutido. Entre las diversas traducciones dadas podemos encontrar: “hija de las estrellas”; “el ciervo en el bosque”, nombre de uno de los jefes de los indios iroqueses; o “el río que corre a través de elevados cerros y montañas”. También se dice que el término Shenandoah tiene su origen en la lengua de los indios algonquinos, en la que significa “hermosa hija estrella”, “la corriente bordeada de abetos” (picea) o “la vasta pradera”. Otra de las teorías dice que el Valle Shenandoah, en Virginia, fue bautizado con este nombre por Jacob Oliver Roads, “hija de las estrellas”, y la explicación sería los intereses de éste en el carbón de la zona).

domingo, 12 de julio de 2009

GIRL OF THE NORTH COUNTRY


Ella lo llamaba “vaquero” y supo desde el primer momento que estaba completamente loco. Él la llamaba “diamante”, por el brillo de sus ojos, y porque sabía que era una joya preciosa que no estaba a su alcance. Él se acercaba a ella porque era consciente de que allí encontraría la sabiduría. Ella se vistió de negro, y encendió unas velas, y ordenó a las golondrinas que bajaran a las praderas. Y en un ocasión extendió los brazos, y cerró los ojos, y ofreció su cuerpo de ángel, mientras él fumaba en la habitación de al lado, y el deseo golpeaba contra los muros de piedra. Él soñaba con escribir un poema escrito en el siglo XXX, y no creía en los milagros, pero apretaba los dientes. Un día, viajó hasta allí en la 625. Había nubes grises, en el cielo plomizo, y nubes negras o rocas negras en las verdes montañas. Se bañaron desnudos en el lago de hielo y luego guardaron silencio. Después, la noche se hizo profunda y oscura y los labios se secaron y las estrellas mostraron el camino de vuelta. Desde la ciudad de las tinieblas, él construyó un espejismo, y rezó para que las palabras tuvieran sentido. Cada humilde regalo era la letra de un texto, quizás del texto del mundo; pero no siempre el mundo se construye con letras, y tuvo que aprender a leer entre líneas, aceptando que el destino ya estaba escrito, y que había que vivir sin más, sin hacerse preguntas. Y en los rascacielos de la ciudad estudiaron anatomía y la extraña maldición de las ciencias exactas. Y compartieron suspiros, placeres y caricias, mientras alrededor las luces eran signos de extrañeza, y el rumor de la ciudad la canción cansada de la ausencia. Y ella puso en sus manos “Niebla” y “Del sentimiento trágico de la vida”; pero él no era más que un chico de la calle, y su mística de cuero un cuerpo agujerado por las balas, y su única misión sobre la tierra vagar curioso como un perro. Un día le confesó de dónde procedía y le susurró al oído una frase que aprendió de Bruce Springsteen: “Y juro que encontré la llave del universo en el motor de un viejo coche aparcado”. Y le enseñó lo mejor de sí mismo, pero también, mientras la ciudad dormía, le mostró su lado más oscuro. Y no pudieron compartir el amanecer (una segunda oportunidad, un nuevo día) y el rascacielos de los sueños se vino abajo como un castillo de naipes. A la mañana siguiente, ella se levantó nerviosa, y dio vueltas y vueltas y más vueltas alrededor de la cama. Después, recogió sus cosas, observó el color de las señales, y decidió regresar a las montañas. Y él se tomó sus drogas, como hacía cuando el alma le dolía, buscando el paraíso de lo eterno. Y besó los labios de “diamante”, y supo que se estaba despidiendo, y pensó que la vida era mentira, y escuchó una puerta que se cierra.

MUCHACHA DEL NORTE
Bob Dylan

Si viajas por la tierra del norte
Donde los vientos azotan la frontera
Dale recuerdos a una chica que allí vive
En otro tiempo ella fue mi amor

Si llegas cuando arrecia la nevada
Cuando los ríos se hielan y el verano acaba
Por favor, averigua si tiene un buen abrigo
Que la proteja contra el aullido del viento

Dime si aún cae su larga melena
Como una cascada contra su pecho
Dime si aún cae su larga melena
Así la guardo en mi recuerdo

Me pregunto si aún me recuerda
Muchas veces lo he suplicado
En la oscuridad de mi noche
En el resplandor de mi día

De modo que si viajas por la tierra del norte
Donde los vientos azotan la frontera
Dale recuerdos a una chica que allí vive
En otro tiempo ella fue mi amor

domingo, 5 de julio de 2009

DIAMANTE


Mejor así, ¿verdad? Un enigma, como un juego de niños, para poder inventar un mundo. Un enigma, como una ceremonia, o un ritual inocente, para poder expresar la vida. Estaciones, y trenes, a la hora prevista, con besos y flores secas; y habitaciones de hotel con terraza. Y la ciudad a nuestros pies, abajo, caliente, nerviosa, como un laberinto de piedra donde se esconden las palabras. Imágenes del tiempo que ha pasado y que ahora se vuelven extrañas, confusas, borrosas, porque las cosas son así, extrañas, confusas, borrosas. Y nos pasamos la vida intentando responder a las preguntas. Y nos pasamos la vida jugando en habitaciones insólitas, desconocidas, o entre la multitud exaltada que celebra el hedonismo de la carne, orgullosa, al descubierto, y la locura violenta de la música. Estaciones, y trenes, a la hora prevista, con besos y flores secas; y juguetes de papel con letras, amables, profundas, para seguir leyendo. Imágenes del tiempo que ahora se vuelven pasado, presente, futuro, en un círculo mágico, secreto, que siempre regresa a su centro. Para volver a girar de nuevo cuando menos lo esperamos; para dejar a todos en su sitio, de nuevo, extrañados, volteando al borde mismo del abismo, o en esa metafísica o poética del eterno retorno. Y sudamos perlas de mercurio, en el baño turco, mientras las imágenes vuelven. Y las imágenes vuelven porque sólo tu deseo es más fuerte, y sabes que deseas ese aliento, o que ese aliento te desea. Y todo da vueltas y vueltas en el viejo hammam de la memoria. Y todo da vueltas y vueltas, mientras llueve en nuestros cuerpos, y yo la siento cercana. Y todo da vueltas y vueltas, mientras llueve en mi memoria, y deseo empezar de nuevo. Mejor así, ¿verdad? Un enigma, como un juego de niños, para inventar un mundo. Un enigma, como una ceremonia, o un ritual inocente, para expresar la vida. “Debes dar vida a tus imágenes –escribió Rainer Maria Rilke-. Son el futuro esperando venir al mundo... No temas su extrañeza. El futuro debe entrar en ti mucho antes de manifestarse”. Y unos ojos, pequeños y curiosos, que me miran a los ojos, y que ahora serán para siempre. Y unos labios, que ahora beso en el vacío, en la añoranza, cuando la soledad me llama. Y unas manos, unos dedos delgados y afilados, que acarician el regalo de los dioses, mientras diamante se estremece.

domingo, 28 de junio de 2009

ENIGMA


Imagina que vamos a viajar al pasado, a un país extranjero. Imagina que vamos a disfrutar de una tradición nuestra, muy nuestra, que se ha perdido en la noche de los tiempos, pero que aún se puede rastrear en la memoria, y que se puede visitar con la imaginación sin apenas esfuerzo. Una tradición de nuestra tierra. Alguno pensará que estoy escribiendo una tontería, en estos tiempos; pero para entender esto hay que hacerse a la idea de que yo estoy pensando en el historiador Americo Castro, en el escritor Juan Goytisolo, y en el filólogo Miguel Asín Palacios. “El pasado –escribió Leslie Pole Hartley- es un país extranjero: allí las cosas se hacen de manera diferente”. ¿Vamos a hacer nosotros las cosas, al menos por una vez, de manera diferente? ¿A qué Oráculo podrás preguntar para poder intentar descifrar el enigma? Hace cerca de mil años un poeta sufí decía del sufismo que era un sabor, porque su objeto y su fin podrían definirse como una sabiduría directa de verdades trascendentales, más comparable con las experiencias de los sentidos que con el conocimiento que procede de la mente. “¿Donde está la sabiduría que perdimos con el conocimiento?”, anotaría para el caso un poeta de Occidente. Imagina que vamos a visitar un lugar donde todo está preparado para el placer de los sentidos. Un lugar donde el protagonista del “enigma” es un elemento de la naturaleza imprescindible para nuestra supervivencia. Un lugar construido por el hombre para tocar las estrellas y poder conversar con ellas. Para guardar silencio y discutir, en silencio, con uno mismo. Donde alcanzar el paraíso mientras el cuerpo se sumerge en una embriagadora sucesión de movimientos. O permanece quieto, muy quieto, sobre la piedra fría. O refresca sus ideas con el vino de los dioses que brota de las paredes. O se queda en un rincón, indiferente, observando la llama que se agita, que respira, o la quietud imposible de la llama. Imagina que vamos a disfrutar de suaves cambios de temperatura: caliente, templado, frío. Y que si cierras los ojos, y buscas un color para colorear el mapa asombrado de tus impresiones, te encontrarás con el azul, con toda la gama de azules, como esas impresiones fotográficas rescatadas por Walid Raad de los escombros del Líbano. Y, en un momento dado, cambiarás de estancia, y unas manos anónimas escribirán sobre tu piel el poema más hermoso con el elixir de la tinta perfumada por el viento del desierto y el aroma de los pétalos, dulces y delicados, de las flores sagradas. Y yo me encargaré después de leer ese poema con mis labios, para no dejar ni rastro, y tu piel seguirá siendo la misma, pero habrá cambiado para siempre. Y entonces, si tú quieres, escucharemos a los poetas, recostados contra el barro fresco de las paredes. Al poeta Rumi: “Si la locura le encuentra, él la toma por sabiduría”. Al poeta Ibn Arabi: “No hay bondad en un amor si la razón lo gobierna”. Al poeta Ibn al Farid: “No hay lugar digno en el mundo para quien vive sobrio, pues el saber le escapa a quien ebrio no muere”. Y jugaremos a rescatar nuestra mente liberándola de tal modo que el espíritu (en inspiración), tras dejar de caminar, pueda experimentar los movimientos espontáneos de la intuición, de la misma manera que un cuerpo sumergido en el “enigma” se libera de los gestos espontáneos de sus miembros, agitándose sin aferrarse a nada. “Serena tu espíritu y aprende a nadar”, decia Alí al Yamal a propósito del estado de perplejidad, de quietismo, de alumbramiento, que busca el iniciado. Y “Aquellos que no son peces pronto se cansan en el agua”, escribió Rumi, en un instante poético o en la intuición del instante. Y luego ya tendremos tiempo para la Tariqa, para la unión de los cuerpos: carne-espíritu, entraña-luz. Y los dos habremos viajado al pasado, a un país extraño, extranjero. Y los dos habremos viajado por el tiempo. Y nada debe preocuparte, porque este lugar ha sido levantado para celebrar las virtudes del placer y del conocimiento. Como escribió el místico quietista Miguel de Molinos, en su Guía espiritual: “Lo que tú has de hacer será no hacer nada, procura sumergirte... Lo que importa es preparar tu corazón a manera de un blanco papel, donde la divina sabiduría pueda formar los caracteres a su gusto”.

viernes, 19 de junio de 2009

EL SECRETO MEJOR GUARDADO


He entendido que no cruzaré línea alguna. Hay una línea recta que es, a la vez, límite y frontera, y por ella camino. A veces parece que lo hago sobre un alambre fino, a punto de quebrarse, como un equilibrista, y a veces cruzo a un lado u otro lado con la curiosidad nerviosa de un niño. Mi visión de las cosas, entonces, se parte en dos y, en ocasiones, me ataca la inquietud, la desazón, el desasosiego; pero nada parece que pueda llegar a descifrar el enigma. Vivo así con ello, entre la razón de las luces y las sombras de la noche. Y busco la intensidad de un amanecer inverosímil donde pueda convencerme a mí mismo que puedo comenzar de nuevo y descubrir la vida. La oscuridad, sin embargo, es un falso espejismo que se cura con la ayuda de una inteligente conversación y de un cálido abrazo. Hasta llegar hasta ello, hasta llegar hasta ese lugar donde uno se debate entre un estado de extrañeza y la lucha por superar dicho estado; hasta llegar a ese lugar donde no se trata de ser fiel a nuestro “yo”, sino al “yo” que aún no somos y que únicamente conoceremos por medio de la presencia del otro, en el otro, que nos concederá una medida más exacta de nuestras posibilidades, sólo hace falta seguir la única línea recta, la línea de la autopista. Y luego dejarse envolver por el juego encantado de la delgadez de los cuerpos y de la unión elemental de los sentidos. Y luego jugar al juego que con el habías soñado antes, mucho antes, y que ahora se hace realidad y desnudez a un mismo tiempo. Después, más tarde, desaparece como siempre la ceniza de los ojos y éstos vuelven a tener la luminosidad de aquellos que saben y esperan lo imposible. Y hay que encender un cigarrillo, y escuchar la música; y las hebras del tabaco resbalan por los labios todavía húmedos, mientras todo el humo compartido inunda los pulmones de estelas de un placer desconocido y de un polvo de estrellas llameantes y nubes de artificio. Luego, yo me quedo mirándola, observándola, y pienso en la extrañeza, la fantasía, lo cotidiano. Mientras la miro, mientras mis ojos recorren las curvas delicadas de su cuerpo, me pregunto: ¿Por qué cuesta tanto desprenderse de la belleza? ¿Por qué esta criatura me lo da todo, absolutamente todo, a cambio, apenas, de nada? Y entonces, yo debería leer un poema, de un libro de poemas que ha viajado hasta allí conmigo: Buda y otros poemas, de Jack Kerouac. Pero debo volver a la autopista y el lugar, además, no es el apropiado. Así que lo leemos en silencio, y yo estoy a punto de besarla, y lo dejamos todo, porque todo lo que llega hasta un final procede de un principio. Escrito originalmente en francés, y traducido al inglés por Allen Ginsberg, el poema es de un tal Jean-Louis Incogniteau, y dice: “Mi muy amada cuya voluntad es la de no amarme: Mi propia vida que no puede amarme: Yo seduzco a ambas. Ella con mis besos redondos... (En la sonrisa de mi amada la aprobación del cosmos) La vida es mi arte... (Escudo frente a la muerte) Por lo tanto vivo sin castigos. (¡Qué infeliz teodicea!) Uno no sabe. Uno tiene deseos. Que es la suma”. Mientras la miro, mientras mis ojos recorren las curvas delicadas de su cuerpo, me pregunto: ¿Por qué cuesta tanto desprenderse de la belleza? Uno no sabe. Uno tiene deseos. Hay una línea recta que es, a la vez, límite y frontera, y por ella camino. A veces me encuentro con serpientes, venenosas, y a veces me encuentro con diamantes. Y sigo caminando.

miércoles, 3 de junio de 2009

ADICCIONES


He entendido que debo cruzar una línea. Esta es una historia tan vieja como las historias que cuentan los jefes de la tribu para sugerir que el juego al que se juega es el juego correcto, para insinuar cuál es el papel de cada uno en el momento oportuno, para señalar cuáles son los deberes, los derechos y las obligaciones, para recordar, cuidadosamente, en qué se basa la vida, la dirección, y el juego. Uno toma el periódico de un lunes por la mañana y se encuentra con un pretexto, con una metáfora, o con una versión aceptable de lo que ha estado pensando, de lo que piensa momentos antes de leer estas palabras, de lo que acabó pensando estando allí en el momento preciso, de lo que ahora se muestra a lo largo de la línea por la que camina, la única línea recta, la línea de la autopista. “Cuando en el cine –escribe Begoña Gómez, en ADN- un director quiere explicar sin gastar mucho metraje que un personaje está en plena búsqueda/huída de sí mismo, ¿qué hace? Lo coloca en un coche y a éste en una carretera solitaria”. La imagen es una imagen tan sencilla como compleja. La imagen es la misma imagen de siempre; pero nadie puede escapar a sus fantasmas. Espero que Walter Salles lleve, finalmente, En la carretera, a las pantallas. Pero estas líneas no tratan, curiosamente, de este tema. Estas líneas hablan, precisamente, del jefe de la tribu. Del jefe de la tribu Huaroani, por ejemplo, “Mincayani”, el jefe que enseña todo lo que un hombre, en edad adulta, debe saber: que es preciso matar con una lanza para preservar la vida, o morir bajo la lanza de otro guerrero; pero que también es posible abandonar la violencia, y amar a la tribu enemiga, que en otro tiempo provocó la extrañeza. En plena búsqueda/huída de mí mismo, mientras converso, tomo notas que mañana, sin duda, cobrarán sentido. ¿Adicciones? “Todas las sustancias capaces de generar adicción, ya sean euforizantes, sedantes, estimulantes, relajantes, energizantes, desinhibidoras o apaciguadoras, tanto naturales como de diseño, tienen en común una cierta capacidad para estimular la liberación de dopamina en el núcleo accumbens cerebral. Es el área de la recompensa y del placer, donde desembocan los efectos del sexo, la comida, la bebida y también del consumo de drogas adictivas. En todos los casos se potencia una liberación de dopamina por parte de las neuronas del área ventral tegmental, que penetran en el núcleo accumbens provocando euforia y un refuerzo de la conducta que ha desencadenado el estímulo. De esa función derivan asimismo las dependencias psicológicas”. Aunque, desde el “otro lado”, desde el horizonte fronterizo donde, nos guste o no nos guste, estamos condenados –maravillosamente condenados- a convivir con los textos filosóficos, los textos filosóficos que ya, de alguna manera, hemos heredado, los textos filosóficos que, a pesar de todo, de todas las dificultades, hemos hecho nuestros, con la esperanza de que, alguien, algún día, a su vez, herede nuestros textos, las palabras del filósofo, Stanley Cavell, muestran la correspondencia, evidente, y la otra cara del asunto: “Algo de lo que pensamos entra en el área de competencia de un agente moral como tal (...) es lo mismo que entra en lo que concebimos como competencia en conocerse a uno mismo y que entra, en consecuencia, en lo que entendemos por tener un yo (de modo que la moralidad encuentra una fundamentación en el conocimiento)”. ¡Menos mal que, a estas alturas, mientras todo empieza, “Mincayani” y yo nos fumamos, cara a cara, un par de cigarrillos! ¡Menos mal que, mientras todo pasa, y todo termina, unas líneas del periódico se muestran como un pretexto, como una versión aceptable, como una metáfora!

domingo, 24 de mayo de 2009

LA MALLA


Quiero creer que a un científico del pop (Nacho Cano dixit) como Antonio Vega no le hubiera disgustado una analogía como ésta: “Imaginemos –escribió Wittgenstein describiendo su particular visión del conocimiento científico de la realidad- una superficie blanca con manchas negras irregulares. Al margen de la imagen de conjunto que adopten, siempre podremos aproximarnos a ella con toda la exactitud que queramos cubriéndola con una malla tan fina como sea necesario y anotando en cada espacio si es blanco o negro. De esta manera habremos impuesto una estructura uniforme en la descripción de la superficie”. Evidentemente, la malla tendría las características que permitirían un acercamiento lo más exacto posible a esa superficie blanca con manchas negras irregulares que aquí, en estas líneas de escritura, no es más que una metáfora de la vida. Y la malla del científico del pop sería el componente subjetivo, o el elemento a priori kantiano; mientras que la superficie blanca con manchas negras irregulares, es decir, la realidad del mundo y de la vida a la que nosotros podemos tener acceso, sería el elemento objetivo, o el elemento a posteriori kantiano. A través de la malla que anteponía entre él y el mundo, Antonio alcanzaba el conocimiento de la blancura más intensa y de la oscuridad más negra; del claro amanecer de la esperanza y de las noches en vela. Y quiero creer que así se acercaba a la realidad Antonio, a la vida; y que así componía sus canciones, en un ejercicio de sensibilidad extrema, de precisión y de síntesis que las hacía casi perfectas. Y no creo que todas lo fueran (ni tenían porqué serlo); pero media docena de ellas, al menos, las que todos tenemos en mente, expresan lo extraordinario y lo sencillo de las cosas cotidianas; la bendita maldición de la belleza y el símbolo perverso del abismo; las virtudes y los vicios que insinúan la compleja identidad de un ser humano. A través de la malla de Antonio aún se pueden ver los signos de una historia que no se diferencia demasiado de otras historias: una tarde de lluvia, en Malasaña; una copa helada de absenta; un beso robado en la penumbra del “Penta”; pero que en manos de Antonio, en la voz de Antonio, nos recuerdan que se trata de nuestra propia historia, de quienes fuimos entonces y de cómo recorrimos el camino, de quienes somos ahora y porqué nos persiguen los fantasmas. Dejándonos desnudos ante la incógnita implacable de un espejo. Dejándonos a solas con la extrañeza inexplicable de un recuerdo. Que una simple canción consiga todo esto no dejará de asombrar a algunos. Que la cultura de masas sea la responsable de la banda sonora de una vida no debería sorprender a nadie. El rock es sólo basura, pensarán algunos; pero como la Suzanne de Leonard Cohen siempre ha caminado entre la basura y las flores. Y algunas de las flores más hermosas son hijas de la lucidez y el ruido. Y algunas de las flores más hermosas, más sublimes, aparecen donde nadie las espera. Como escribe Nöell Carroll en Una filosofía del arte de masas: “La tarea de condenar o alabar el arte de masas en virtud de su propia naturaleza me parece quijotesca. Como la mayoría de las prácticas humanas, el arte de masas involucra ejemplos dignos e indignos (moral, política y estéticamente), y la alabanza o condena parece apropiada al nivel de los ejemplos particulares. Supongo que podría decirse en su defensa que es valioso porque pone la experiencia estética al alcance de mucha gente; pero yo creo que la auténtica defensa consiste en que ha producido obras de gran calidad”. Aquellos jóvenes muchachos de 1980 olvidaron los nombres de Kierkegaard, Nietzsche, Flaubert, dejando de lado todo lo que significaba la cultura con mayúsculas. Pero, en cambio, memorizaron e hicieron suya una nueva cultura que incluía el aprendizaje de nombres rarísimos: Siouxsie & the Banshees, Echo & the Bunnymen, Joy Division. Y aquellos jóvenes muchachos leyeron a William Blake, una tarde plomiza de otoño: “Los caminos del exceso conducen al palacio de la sabiduría”. Y compartieron el elixir de la eterna juventud olvidándose del resto. Y se hicieron sabios, o al menos lo intentaron, a pesar del riesgo. Bob Spitz, crítico musical, que hizo balance de los 10 años de democracia y música pop para la revista Rolling Stone en 1985, afirmó que aquella generación buscaba emociones en lugar de soluciones. A través de la malla de Antonio se adivinan los signos de una historia que no se diferencia demasiado de nuestra propia historia. A través de la malla de Antonio no se vislumbran soluciones; pero nunca falta el amor, la emoción, el enigma.